Ocho años después del derrocamiento del dictador Muamar el Gadafi, la guerra civil se ha adueñado de Libia por tercera vez. Según datos de la ONU, los combates al sur de la capital han dejado ya unos 1000 muertos y 5000 heridos. Más de 100.000 personas han tenido que abandonar sus hogares. Un comandante que lleva estos ocho años en guerra relata la tragedia que vive su país. Por Fritz Schaap y Mirco Keilberth / Fotos: Sergio Ramazzotti – Parallelozero

Libia, el juguete roto de Mussolini

Una calurosa tarde de viernes de verano, Yamal al-Aweeb se halla en un edificio de ladrillos a medio terminar en primera línea de combate, a unos 20 kilómetros al sureste del centro de Trípoli, y nos cuenta cómo empezó esta guerra.

Cincuenta de sus hombres, todos ellos de Misurata y pertenecientes al 134.º grupo de combate de las milicias de Bunyan al-Marsus, resisten en la zona oriental del frente. A unos pocos centenares de metros, en el otro lado, hay milicianos de la ciudad de Tarhuna.

«Es igual que en 2011, los de Tarhuna estaban con Gadafi y nosotros luchábamos contra ellos en Misurata», dice Aweeb. Lleva ocho años en guerra: primero, contra Gadafi; luego, contra el Estado Islámico; ahora, contra el ‘señor de la guerra’ Jalifa Haftar, cuyo Ejército Nacional Libio controla amplias zonas del país; y en abril comenzó al ataque contra Trípoli. «En aquellos combates matamos a cientos de ellos, no nos lo pueden perdonar», dice.

“El país está tan arruinado que al final acabaremos recibiendo al mismísimo diablo como a un salvador”

Los viejos conflictos han vuelto a abrirse. Entre el oeste y el este, entre ciudades y tribus. «La guerra se reproduce una y otra vez -comenta Aweeb-, es un círculo vicioso del mal».

En esta mañana ardiente, Aweeb parece cansado, aparenta más años de los 48 que en realidad tiene. «El país está tan arruinado que al final acabaremos recibiendo al mismísimo diablo como a un salvador», asegura. Como siempre que habla, un músculo tiembla junto a su ojo derecho. Apenas come, casi no duerme. Se dice que las guerras cortas cambian gobiernos y que las largas cambian a las personas. Como ya ha destruido Libia, esta guerra también lo está destruyendo a él.

UN PAÍS DIVIDIDO EN DOS

Hace tiempo que Libia ya no es un Estado, pero tiene dos gobiernos. Por un lado, el Gobierno del este, con sede en Tobruk, apoya a Haftar, de 75 años, antiguo comandante de las Fuerzas Armadas libias que en su día ayudó a Gadafi a hacerse con el poder. Después de haber perdido el favor del dictador, vivió durante casi dos décadas en Estados Unidos, donde habría trabajado para la CIA. Tras la caída de Gadafi regresó a su país y desde el año 2016 se hace llamar mariscal de campo.

En el oeste, el primer ministro Fayez al-Sarraj dirige el Gobierno de Unidad Nacional desde Trípoli. Cuenta con el reconocimiento de Naciones Unidas y la Unión Europea. Su poder real es muy limitado y depende del apoyo de las milicias, las verdaderas dueñas de la situación.

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Los habitantes de Trípoli oyen casi indiferentes -o acostumbrados- las detonaciones que llegan desde el frente, las explosiones de los ataques aéreos y el impacto de los morteros

En medio de este caos se encuentran miles de emigrantes procedentes del África subsahariana, atrapados aquí en su camino hacia Europa. Las milicias han encerrado a muchos en brutales campos de tortura o los mantienen en un estado próximo a la esclavitud, y a una parte de ellos los obligan a participar en acciones de guerra.

Es la tragedia de un país que podría ser el más rico del continente. Bajo su suelo se esconden las novenas mayores reservas de crudo del mundo. Gadafi vivió de este tesoro durante 42 años, luego solo quedó un vacío de poder. Tras su derrocamiento comenzaron las disputas entre ciudades, tribus y milicias por el futuro sistema político que debía regir el país y por el acceso a sus riquezas, enfrentamiento que se prolonga hasta hoy.

Las tribus y ciudades del este de Libia se enfrentan a las de oeste desde la ocupación italiana. El petróleo financia el conflicto. A ambos lados.

El tejido de lealtades, intereses y alianzas forzosas es muy complejo. Para asegurarse el poder, en diciembre de 2011, el por entonces Gobierno de transición empezó a pagar a las milicias que habían contribuido a la caída del dictador… y a otras muchas. Fue el error fatal de la era posterior a Gadafi. El número de milicianos empezó a crecer rápidamente.

«Si Haftar conquista Trípoli, luego tomará Misurata y nos aniquilará», les dice Aweeb a sus hombres. Ese es uno de los motivos por los que las milicias de Misurata regresaron a Trípoli en abril y apoyan al Gobierno de Unidad Nacional en su lucha contra Haftar: al hacerlo, están defendiendo también los intereses de su ciudad de origen.

INTERESES INTERNACIONALES EN JUEGO

Después de más de tres meses de combates en torno a la capital, la situación se está agravando por momentos. En tierra, el Ejército Nacional Libio ha pasado a la defensiva, aunque ha intensificado sus ataques aéreos y utiliza cada vez más armamento moderno, que está recibiendo de sus aliados. «Créanme, no siento ninguna satisfacción al decir que hemos hecho retroceder unos cuantos kilómetros a nuestros contrincantes -reconoce Aweeb-. Porque todos los días mueren jóvenes libios, jóvenes que deberían contribuir a reconstruir el país».

Aweeb asegura que nunca quiso ser militar. Como fue uno de los mejores de su escuela, el Gobierno de Gadafi lo envió a una academia de élite. A los cuatro meses huyó a Malta, luego se dirigió a Alemania, donde estudió Ingeniería durante siete años. Quería construir una nueva Libia.

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La capital, Trípoli, está a solo 20 kilómetros del frente. Sin embargo, allí la vida sigue como si nada.

Su mejor amigo murió hace dos días. Un proyectil de mortero impactó contra su vehículo, destrozó el techo y mató a todos los ocupantes. Aweeb y él llevaban luchando juntos desde 2011. En 2016 liberaron Sirte, ciudad que se encontraba en manos del Estado Islámico. «Era un hombre testarudo», confiesa Aweeb, y los ojos se le llenan de lágrimas. «Lo fue hasta anteayer».

Las tribus y ciudades del este de Libia están enfrentadas a las del oeste desde los tiempos de la ocupación italiana. Las autoridades coloniales encerraron a entre 100.000 y 120.000 civiles en campos de la zona oriental, mientras que fuerzas de la zona occidental colaboraron con los ocupantes italianos. Con la ofensiva de Haftar, el viejo conflicto entre el este y el oeste ha vuelto a estallar.

«El petróleo es lo que financia la guerra -cuenta Aweeb-. El dinero fluye desde el Banco Central de Trípoli hacia ambos bandos: hacia el este y hacia el oeste». A la muerte de Gadafi le siguió un periodo de esperanza, pero tras las primeras elecciones parlamentarias el país empezó a descomponerse cada vez más. El conflicto ha atraído a otros países, que ahora libran en Libia una guerra indirecta. Occidente respalda mayoritariamente al Gobierno de Unidad Nacional, Catar y Turquía le estarían suministrando armamento.

Enfrente, Emiratos Árabes Unidos y Egipto apoyan con armas a Haftar, con lo que estarían vulnerando el embargo decretado por la ONU en 2011. Arabia Saudí y Rusia también están del lado del mariscal.

A pesar de ello, unidades especiales francesas han colaborado con Haftar en los ataques contra presuntos grupos terroristas en el Sáhara. Y a finales de junio aparecieron en un campamento del ‘señor de la guerra’ armas que Estados Unidos le había vendido previamente a Francia, lo que alimenta la sospecha de que París podría estar revendiendo equipo norteamericano a las milicias orientales. Por su parte, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, se ha posicionado verbalmente del lado de Haftar. Ambos mantuvieron una conversación telefónica el pasado mes de abril.

EN BUSCA DE ‘UN HOMBRE FUERTE’

Al hablar con partidarios de Haftar en Trípoli, con médicos, empresarios, policías, se hace evidente que para ellos un hombre fuerte sería un mal menor. Los libios, señala un hombre de negocios de Trípoli, solo entienden la lógica de las armas. Solo la mano dura es capaz de mantener unido al país. «Si la solución no viene con las armas, no hay solución», asegura. Muchos creen que unas elecciones bajo un Gobierno sostenido por las milicias son imposibles. Primero haría falta estabilidad; luego, elecciones.

“Mañana morirá otro, pasado mañana quizá sea yo. La guerra está destrozando el país”

Por pura desesperación, muchos prefieren a Haftar (un retorno a la militarización, al Estado de vigilancia de los tiempos de Gadafi) a una guerra prolongada y a la anarquía. Un excombatiente que colaboró con los revolucionarios de 2011 dice con resignación: «A lo mejor es que nuestra gente necesita un dictador».

Aweeb recibe todas las noches una llamada desde Misurata. Su mujer trata de consolarlo. Su madre, de 89 años, lleva tiempo intentando convencerlo de que se busque un trabajo de verdad. Como antes, cuando dirigía el puerto de Misurata. «No puedo dejar a mis hombres y al país en la estacada», dice.

El móvil suena. Uno de sus combatientes ha muerto. «Mañana morirá otro, pasado mañana quizá sea yo el que muera. Estás sentado con un amigo en un café y a los cinco minutos te llaman y ha muerto otro. La guerra está destrozando este país».

MILICIANOS SIN SUELDO

Aweeb asegura que él no recibe dinero. Su milicia apoya al debilitado Ejército libio, y por lo tanto a Sarraj, pero hace más de un año que no les llega paga alguna. «Hace dos semanas nos dieron 1500 dinares. En el mercado negro son unos 300 euros. Un kilo de carne de carnero cuesta 40 dinares. ¿Cómo se supone que vamos a vivir?». Su mujer, que trabaja de profesora en Misurata, gana 840 dinares al mes. La familia se mantiene a flote gracias a su sueldo.

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El comandante Aweeb con dos de sus combatientes. Su milicia apoya al Ejército libio frente al nuevo ‘señor de la guerra’, Jalifa Haftar. Pero Aweeb no tiene mucha fe ni en sus propios líderes

Varios días más tarde, Aweeb vuelve otra vez del frente. El teléfono suena mientras su vehículo se abre paso entre el tráfico del barrio de Gurshi. Es tarde, el sol ya está bajo sobre el horizonte. Aweeb escucha con gesto serio, su cabeza se va hundiendo poco a poco, casi hasta tocar las rodillas. «No hay más dios que Alá», repite tres veces, y empieza a llorar. Se aparta el teléfono de la oreja y grita: «¡No, no, no!». Lo arroja con rabia en el hueco entre los asientos. «Ha muerto», añade. Muftah, su lugarteniente, acaba de fallecer en el hospital.

A pesar de tanta tragedia, espera que tras la guerra todo sea mejor. Que las milicias de Misurata pongan bajo control a las milicias locales, que haya una Constitución, elecciones, paz. La guerra está devorando a Aweeb por dentro, esa es la sensación que trasmite. «A veces, cuando mi mujer me manda a comprar algo, echo a andar sin rumbo, me olvido de dónde estoy y adónde voy. Una hora, dos…».

Simplemente sigue adelante. Como la guerra

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