Google acaba de admitir que «expertos del lenguaje» contratados por la firma escuchan aproximadamente el 0,2 % de las conversaciones que los usuarios mantienen con su asistente virtual, lo que implica que una parte de esas interacciones no son completamente privadas.

Asitentes de voz, un espía en casa

Solo en España se vendieron más de un millón de asistentes de voz la pasada campaña navideña. Y es solo el principio. En 2021 habrá más aparatos que se activen por voz que personas en el planeta. Pero ¿nos podemos fiar de ellos? ¿es segura esta tecnología?

Lo primero que hay que saber es que esa cosa con aspecto de termo no es inteligente. Solo es un receptor conectado a enormes bases de datos en la nube. Despierta de su letargo cuando escucha un comando de voz –«Alexa», «Ok Google»…–, lo que implica que siempre está escuchando, aunque solo graba las conversaciones cuando despierta. Entonces sí, lo registra todo con el fin de enviar el clip sonoro con nuestra petición a los servidores donde será procesada… y almacenada. Así que, ojo, advierten los paranoicos. Todo lo que digamos podrá ser usado en nuestra contra. No tiene por qué, sostienen los confiados. De hecho, Amazon apeló a la Primera Enmienda para negarse a entregar una grabación a las autoridades estadounidenses. ¿Pero qué pasaría si la víctima de un asalto a un domicilio grita: «¡Alexa!»? ¿La grabación podría ser incluida como prueba en un juicio?

El altavoz parte con ventaja para formular una respuesta en tiempo real y acertar (aunque el porcentaje de fallos sigue siendo alto). Esos servidores externos a los que transmite nuestra consulta lo saben todo sobre nosotros, nuestros gustos y rutinas. Porque llevamos años dejando que Google, Amazon y otros fisguen en nuestras cosas: correos, viajes, fotos, compras, contactos… Geolocalizados y controlados. La intromisión en la privacidad preocupa lo justo al usuario, que suele aceptar sin rechistar –y, la mayoría de las veces, sin mirar– las condiciones que se le imponen.

¿Qué pasa con los clips de audio? Se pueden consultar en el historial de Alexa y en el registro de actividad de Google. El usuario tiene algo de control sobre ellos. Los puede borrar de su cuenta, pero eso no garantiza que se eliminen de los servidores. Y no está claro quién tiene acceso a las bases de datos. Google y Amazon son corporaciones con numerosas filiales. Algunas de ellas utilizan nuestras conversaciones para que la inteligencia artificial siga aprendiendo y otras, para ofrecernos publicidad personalizada. ¿Se quedan en sus respectivos conglomerados o salen fuera? Amazon alega que solo comparte datos con terceros si sus usuarios expresan su consentimiento. ¿Es suficiente para evitar filtraciones de información comprometedora, como dónde vivimos o a qué horas salimos de casa?

La asunción habitual, y lo que a menudo reiteran las empresas que gestionan asistentes virtuales como Amazon, Samsung y Apple, además de Google, es que las conversaciones entre los usuarios y su asistente de voz eran absolutamente privadas y que la interacción se producía exclusivamente mediante inteligencia, es decir, que los únicos que “escuchan” al usuario son robots.

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