Millones de residuos ‘flotan’ en el espacio: piezas de cohetes, satélites inactivos… Orbitan la tierra a 28.000 Kilómetros por hora y pueden provocar colisiones en cadena y -sin exagerar- acabar con el mundo tal como lo conocemos. No obstante, varias compañías empiezan a valorar el cielo como el último filón publicitario, llenándolo inquietantemente de más objetos. Por Ixone Díaz Landaluce

Satélites mini: ¿por qué no se nos caen en la cabeza?

Flotarán a 450 kilómetros de la superficie terrestre, serán visibles solo de noche, pero se podrán contemplar desde cualquier punto del planeta. Anunciarán bebidas, cadenas de restaurantes, empresas de seguros o tiendas on-line. O a cualquiera que pueda pagar la desorbitada tarifa de semejante acción promocional.

Si los ambiciosos planes de la start-up rusa StartRockets terminan materializándose, en los próximos años la Luna y las estrellas dejarán de ser la única iluminación de nuestros cielos nocturnos y la órbita terrestre podría convertirse en un espacio publicitario más. «Estamos creando un nuevo medio con una audiencia potencial de 7000 millones de personas», dicen sus promotores. Lo harán utilizando decenas de minisatélites CubeSat que almacenarán la luz solar para crear enormes carteles luminosos. Aunque esperan tener su tecnología lista para el año 2021, la empresa ya ha desarrollado un prototipo y las pruebas comenzarán en menos de un año. No es, desde luego, la primera vez que el espacio se explota con fines publicitarios.

El año pasado SpaceX, la compañía aeroespacial de Elon Musk, puso en órbita un Tesla rojo en una clara acción promocional. Pero este tipo de proyectos, que podrían revolucionar (otra vez) el mundo del marketing, solo vienen a agravar un problema que compromete nuestro futuro: la proliferación de basura espacial. Y las cifras ya son preocupantes.

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Una empresa rusa trabaja en un desarrollo tecnológico para crear en el espacio enormes carteles luminosos o, como ellos prefieren llamarlos, «exhibiciones orbitales», como la de la imagen. Los expertos creen que proyectos similares acabarán materializándose; hace mucho que lanzamos objetos al espacio con fines comerciales.

Más de 7000 toneladas de residuos, desde trozos de cohetes y piezas desprendidas de satélites hasta las herramientas que un astronauta puede perder durante un paseo espacial, orbitan alrededor de nuestro planeta. «La situación es preocupante. Producimos más basura de la que podemos retirar», explica Holger Krag, director de la oficina de basura espacial de la Agencia Espacial Europea (ESA).

Basura a 28.000 kilómetros por hora

Aunque existe un catálogo de hasta 22.300 objetos más grandes que una pelota de béisbol flotando en nuestra órbita, el «inventario» de escombros espaciales es más extenso: según la ESA, existen 34.000 objetos mayores de diez centímetros y 900.000 de un tamaño superior a un centímetro. Pero también hasta 128 millones de pequeños trozos de basura que miden entre un centímetro y un milímetro. Y, aunque su tamaño pueda sonar insignificante, el problema es que su velocidad (que alcanza los 28.000 kilómetros por hora) no lo es.

En 2007, China hizo estallar uno de sus viejos satélites meteorológicos con un misil; quedó pulverizado en dos millones de objetos. Aumentó la basura espacial en más de un 30 por ciento

El poder destructivo de un pequeño trozo de basura espacial puede ser enorme cuando se encuentra en el espacio (es distinto cuando alcanza la atmósfera. «Cualquier operador de satélites ha tenido que hacer maniobras para evitar una colisión. Eso se ha convertido en parte de la rutina y cuesta mucho dinero. Además de ser peligroso. Estamos poniendo en riesgo el espacio para las generaciones futuras», explica Krag.

Cómo evitar accidentes de satélites

El problema se agravó cuando, en 2007, China hizo estallar uno de sus viejos satélites meteorológicos con un misil balístico, en lo que la comunidad internacional interpretó como pruebas de su capacidad bélica en el espacio. Situado a 865 kilómetros de altura, el satélite -según los expertos- quedó pulverizado en más de dos millones de objetos. De hecho, se calcula que solo ese evento aumentó la basura espacial en más de un 30 por ciento. Dos años más tarde, un satélite ruso y uno norteamericano colisionaron, agravando aún más el problema.

El problema, que afecta a todas las grandes potencias, se está afrontando desde distintos ángulos. «Lo primero es detectar cuantos más objetos, mejor, y ser capaces de identificarlos por su nombre y apellidos. Y eso ya es un gran reto porque muchos de estos objetos están muertos, no transmiten», explica el ingeniero Moriba Jah, de la Universidad de Texas en Austin. En eso se afana la Red de Vigilancia Espacial de Estados Unidos, que usando radares y telescopios ya ha elaborado un catálogo de más de 23.000 objetos. Algunas empresas privadas, como ExoAnalytic Solutions, han visto un filón y pretenden vender sus datos a los operadores de satélites que quieren, a toda costa, evitar accidentes multimillonarios.

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El satélite RemoveDebris ha sido creado específicamente para recoger basura espacial. No es el único que lo va a intentar. La misión e.Deorbit de la ESA intentará en 2023, mediante una red o un brazo robótico, capturar uno de los satélites en desuso de la propia ESA y dirigirlo a la atmósfera para que se desintegre en condiciones de seguridad.

Sin embargo, los expertos coinciden en que lo más urgente es apostar por la ‘mitigación’. «Es mucho más efectivo evitar la creación de más basura espacial que retirar la que ya existe», comenta Krag. Eso implica, por un lado, situar las nuevas naves y satélites en la órbita baja y, por otro, apostar por la ‘pasivación’ que consiste en quemar el combustible, descargar las baterías y liberar la presión de los aparatos cuyas misiones ya han terminado y así evitar más accidentes. «Cuando la mitigación sea una realidad, podremos empezar a retirar los objetos más viejos y pesados. Y ese es un gran reto porque son objetos que no están controlados, que no emiten ninguna señal y que giran a grandes velocidades», dice Krag. De hecho, algunas de estas misiones, como una llevada a cabo por la agencia espacial japonesa, han fracasado. Uno de los proyectos más prometedores en este sentido es RemoveDebris, desarrollado por la Universidad británica de Surrey y cofinanciado por la Comisión Europea. Se trata de un satélite que utilizando varias herramientas, como arpones y redes, atrapa la basura espacial. Las primeras pruebas, realizadas en septiembre a 300 kilómetros de la superficie terrestre, fueron un éxito.

“Ahora mismo el tiempo entre colisiones es de cinco años, pero el proceso se acelera. Solo podemos asegurarnos de no intensificar su efecto”

Y luego está la vía legal, la de los acuerdos internacionales. Aunque existe una comisión de la ONU para garantizar el uso pacífico del espacio que ya ha emitido 21 recomendaciones que apuestan por la mitigación, potencias como Rusia, China y Estados Unidos tienen sus propios intereses. Un ejemplo: el pasado mes de agosto Estados Unidos anunció la creación de una nueva rama de su Ejército. la Fuerza Espacial, que apostará por un sistema defensivo de misiles con capacidad para destruir satélites.

En España, el Consejo de Seguridad Nacional acordó el año pasado la creación de un Centro de Operaciones de Vigilancia Espacial, dependiente del Ejército del Aire, que se encargará de monitorizar la basura espacial, entre otras cosas.

Pero, si todos estos esfuerzos no dan sus frutos, nos enfrentamos a un escenario complicado. No solo por las colisiones entre satélites, sino también por las interferencias en las misiones científicas.

¿Un mundo sin satélites?

Algunos expertos creen que el riesgo de que la basura espacial inutilice nuestra órbita es real. Y un mundo sin satélites no tiene nada que ver con la realidad cotidiana a la que estamos acostumbrados. El peor escenario, sin embargo, es más apocalíptico.

En 1965 se lanzó el primer satélite artificial

En 1978, el astrofísico Donald Kessler calculó que llegaría un momento en el que la cantidad de desechos sería tan ingente que podría dar lugar a un devastador efecto cascada que provocaría explosiones múltiples generando cada vez más basura y más accidentes. Para algunos especialistas, como el profesor Jah, el ‘síndrome Kessler’ solo es una teoría; para otros, como Krag, ya está sucediendo. «Muchos expertos pensamos que ya está ocurriendo a 900 kilómetros de altura.

Ahora mismo, el tiempo entre dos colisiones es de cinco años. El síndrome Kessler hará que ese tiempo se acorte, de forma que en cien años podría haber una colisión anual. El problema es que los objetos que darán lugar al síndrome Kessler ya están ahí. Solo podemos tratar de no intensificar su efecto».

Efectivamente, todo es susceptible de empeorar. Empresas como SpaceX o Boeing ya han dicho que van a crear megaconstelaciones de satélites para, entre otros objetivos, llevar Internet a cualquier punto del planeta. De hecho, en diciembre Musk puso 64 satélites en órbita y ya tienen permiso de la Administración norteamericana para lanzar otros 12.000 satélites en los próximos años.

PARA SABER MÁS

Centro de vigilancia espacial (Ejército del Aire).