Cuando el módulo del Apolo 11 sobre la Luna, los primeros en saberlo no fueron los ingenieros de Houston, sino un equipo español de la Nasa que trabajaba en Robledo de Chavela (Madrid). Así vivieron aquella gesta. Por Fátima Uribarri/ Fotografía Juan Plasencia

Españoles en la Misión Apolo 11

Neil Armstrong y Buzz Aldrin ya estaban en el módulo lunar. Michael Collins se quedó en el módulo de mando. A los tripulantes del Apolo 11 les faltaban minutos para completar una misión de enorme trascendencia para la humanidad. Y de pronto hubo un fallo en el funcionamiento del módulo lunar.
Una opción era regresar al módulo de mando. Pero Neil Armstrong decidió jugársela y pilotar en modo semiautomático. Era muy arriesgado. El alunizaje era complicado por lo irregular de la superficie lunar, porque no sabían con certeza si el peso de la nave la quebraría y caerían a un pozo y porque apenas les quedaba combustible.

Emilio Herrera: el español que creó el primer traje espacial

Armstrong se la jugó. Y salió bien, pero por poco: cuando el vehículo se posó sobre la Luna, le quedaba combustible solo para 30 segundos. Sus pulsaciones se atropellaban por la tensión. «Aquí, Base Tranquilidad, el águila ha alunizado», transmitió Armstrong.

APOLO 11

Así contó a la Tierra que ‘el águila’ (Eagle se llamaba el módulo lunar) había logrado posarse en la zona bautizada como Mar de Tranquilidad. Los primeros terrícolas en escuchar ese mensaje estaban en un pueblo de la provincia de Madrid, en Robledo de Chavela. Lo oyeron gracias a la antena gigantesca que la NASA había colocado en la estación de Fresnedillas de la Oliva, perteneciente al complejo espacial de Robledo. Desde España pasaron el mensaje a Houston, adonde llegó con un desfase total de 1,7 segundos desde que habló Armstrong.

 En Robledo de Chavela vivieron la llegada a la Luna antes que nadie. Aquel 21 de julio de 1969, sábado, sudaron y contuvieron la respiración un grupo de españoles que trabajaban para la NASA. Luis Ruiz de Gopegui era físico, se había formado en Estados Unidos y trabajaba para esa agencia desde 1966, era director de la Estación de Seguimientos de Fresnedillas de la Oliva; el ingeniero Carlos González Pintado se ocupaba del seguimiento de las comunicaciones con el Apolo 11; su compañero José Manuel Grandela supervisaba las conexiones entre la antena de Fresnedillas y el centro de Robledo de Chavela; y Valeriano Claros lo vivió trabajando en el Centro Espacial de Maspalomas (Gran Canaria).

hombres luna (1)

Carlos González Pintado, ingeniero, se ocupa del seguimiento de las comunicaciones con el Apolo 11

«Tuvimos el privilegio de que nos tocara hacer el seguimiento», cuenta Carlos González Pintado. Tuvieron también suerte porque la misión de la NASA involucró a 400.000 personas repartidas por varios países y porque las otras dos superantenas instaladas por la agencia espacial -en Goldstone (California) y en Honeysuckle Creek (Australia)- no tenían buena cobertura con la Luna en el momento crucial. Las tres antenas estaban estratégicamente ubicadas para garantizar una conexión permanente, pero fue la de España la que finalmente pudo recibir los mensajes lunares.

Una frase para la historia

El alunizaje del Eagle no fue la única primicia planetaria que llegó a Robledo de Chavela. El personal que trabajaba en este centro también escuchó antes que nadie la mítica frase que pronunció Neil Armstrong al pisar la Luna. «Es un pequeño paso para un hombre, pero un gran salto para la humanidad».

Al centro de Robledo de Chavela le tocó ser el primer en recibir las palabras de Neil Armstrong desde la luna

Esas palabras tardaron 1,3 segundos en llegar a la antena de Fresnedillas y luego invirtieron otros 0,4 segundos en viajar hasta Houston. Y de allí, a través de la radio Voz de América, rebotada por emisoras de medio mundo, llegó a una audiencia estimada de 530 millones de personas en una Tierra habitada por menos de 4000 millones.

Un imprevisto que parece de chiste

También en Robledo asistieron práctica-mente en directo a situaciones lunares imprevistas. Una de ellas parece sacada de un chiste. Primero bajó Armstrong y después lo hizo Aldrin, pero Buzz salió del Eagle más tarde de lo programado. Se dio cuenta de que no había manilla para abrir la nave lunar desde fuera. Si bajaba y se les cerraba la puerta, se quedaban atrapados en la Luna. Antes de bajar, Aldrin ingenió un mecanismo para atrancar la puerta y que no se cerrara, y eso lo retrasó unos 20 minutos.

Los dos astronautas no se detuvieron ante los inconvenientes y solventaron los apuros imprevistos. Pero eso los alteró. Durante el alunizaje, el corazón de Armstrong latió a entre 100 y 150 pulsaciones por minuto. Se percataron desde España, donde tenían acceso a la información que enviaban los sensores biomédicos que portaban los hombres de la Luna.

Desde Robledo de Chavela lo vivieron todo sumergidos en la máxima concentración. «No sentía nada, solo quería que el aparato a mi cargo no fallase», recuerda Grandela.

Llegaron instrucciones a España desde Houston. El centro de Goldstone tomaba el relevo. Podían descansar. Pero de allí no se movió nadie. «Estuvimos cuatro días sin ir a casa porque pensábamos que la tragedia podía ocurrir en cualquier momento», cuenta José Manuel Grandela.

Aldrin se dio cuenta de que no había manilla para abrir la nave desde fuera. Si se cerraba la puerta, él y Armstrong quedarían atrapados en la luna

Vivieron en tensión permanente por miedo a nuevos contratiempos… y los hubo. Otro percance se dio al regresar a la nave lunar. Armstrong y Aldrin, sin querer, rompieron con sus voluminosos trajes el interruptor que encendía el motor de la nave Eagle. De nuevo, el ingenio los sacó del apuro: usaron un bolígrafo para activar el despegue.

Lágrimas y abrazos desde España

Los españoles no descansaron hasta que el 24 de julio los astronautas amerizaron sanos y salvos en el océano Pacífico. «Nos abrazamos entre nosotros y algunos no pudimos contener las lágrimas», dice José Manuel Grandela.

En octubre de 1972, los astronautas visitaron España. Fueron recibidos como héroes. Grandela y González intentaron hablar con ellos. Pero no fue posible, eran inaccesibles con tanto séquito, prensa, autoridades… Armstrong sí hizo una declaración de reconocimiento a la labor de la gente que colaboró desde España: «Sin las vitales comunicaciones mantenidas desde el Apolo 11 y la estación madrileña de Robledo de Chavela, nuestro aterrizaje en la Luna no habría sido posible», reconoció.

Unos años después, la antena de Fresnedillas de la Oliva se trasladó al centro de Robledo de Chavela. González y Grandela siguieron trabajando para la NASA y viviendo momentos históricos; algunos, muy intensos, como la misión fallida del Apolo 13, que intentó repetir el éxito del Apolo 11, pero sufrió averías que obligaron a abortar el alunizaje. Los astronautas regresaron sanos y salvos usando la nave lunar a modo de bote salvavidas. También los españoles vivieron aquello.

Te puede interesar

¿Por qué no volvemos a la Luna?

Margaret Hamilton, la mujer que puso al hombre en la Luna