Fue el secuestro más famoso del siglo XX. Paul Getty, nieto de uno de los hombres más ricos del mundo, estuvo cinco meses cautivo. La hipótesis de que fue un autosecuestro siempre estuvo en el aire. Más de 30 años después, su exmujer habla por primera vez. Por Adam Luck/Fotos Brian Aris (amera Press, Contacto/Getty Images y Cordon Press

A Gisela Getty se le escapa la risa al pensar en lo rocambolesco del asunto: desplumar a uno de los hombres más ricos del mundo, el petrolero Jean Paul Getty, gracias a un plan trazado por su nieto, Paul Getty, que se haría pasar por víctima de un secuestro. A continuación, Paul y ella crearían un paraíso contracultural en Marruecos con el dinero del rescate.

Secuestro Paul Getty

El patriarca de la familia Getty, Jean Paul, era el hombre más rico del mundo en los años sesenta. Aun así, se negó a pagar los 17 millones que exigían los secuestradores por su nieto. Accedió a pagar 2,2 millones, el máximo fiscalmente deducible.

Todo parece sacado de una película, así que no es raro que Ridley Scott y Danny Boyle se interesaran por el caso e intentaran desentrañar uno de los mayores misterios del siglo XX.

Pero vayamos por partes. En 1973, Paul Getty desaparece en Roma y reaparece a los cinco meses sin una oreja tras pagar su abuelo y su padre 3,2 millones de dólares. Finalizado el secuestro, Paul se reúne con Gisela y su gemela, Jutta Schmidt -formaban un trío amoroso- y al poco Gisela y Paul, 7 años menor que las hermanas, se casan en una boda que acaparó titulares por todo el mundo.

“El abuelo de Paul se negó a pagar el rescate. A los cuatro meses de cautiverio recibió la oreja de su nieto y un mechón de pelo rojizo”

Más de 40 años después, Gisela se ha sentido obligada a romper la ley del silencio imperante en la familia Getty. La razón va más allá de las dos versiones cinematográficas sobre el asunto. Todo el dinero del mundo, la película de Scott, y Trust, la serie de Boyle. Su hermana Jutta murió de cáncer el año pasado, y eso la ha impulsado a afrontar el pasado. «Ambas versiones carecen de una voz femenina», indica Gisela, también cineasta.

Gisela sigue personificando todas las contradicciones del radicalismo político de los sesenta. Al igual que su hermana Jutta, sedujo a un extraordi-nario elenco de famosos –Roman Polanski y Federico Fellini, entre otros- armada de su belleza, inteligencia y seguridad en sí misma. Hija de un oficial alemán -nazi convencido-, abrazó pronto el marxismo e hizo lo posible por propiciar la revolución, aunque terminó casada con un Getty y trayendo al mundo a Balthazar Getty. El matrimonio se vino abajo mucho antes de que Paul sufriera una sobredosis con 24 años y quedara paralizado.

Secuestro paul Getty

Jutta y Gisela Schmidt eran las únicas que sabían que Paul había pensado en fingir su secuestro con unos mafiosos. Ambas, al parecer, habían tenido relaciones sexuales con el joven Getty.

«En los sesenta luchábamos por un mundo nuevo -dice Gisela a sus 69 años-. Una generación entera decía: ‘Haz el amor y no la guerra’». En su caso, las gemelas se integraron en la rama local del KPD comunista mientras estudiaban Bellas Artes. En esos días ganaron un premio internacional de cine, imponiéndose a figuras como Wim Wenders, y ambas se casaron. No tardaron, sin embargo, en desilusionarse, romper sus matrimonios y trasladarse a Roma. «Berlín se nos quedaba pequeño. Queríamos algo nuevo. No podíamos volver a una vida tradicional».

Un día, ya en Italia, sufrieron una revelación. «Fue en una playa tomando LSD. Entendimos que la verdad más profunda es el amor -dice entre risas-. No éramos muy modestas que digamos. Estábamos convencidas de ser las hijas preferidas de Dios, con la misión de llevar el amor al mundo. Nos había encargado esta misión, pero no teníamos idea de cómo llevarla a cabo».

A primera vista

En Roma, las hermanas se relacionaron con un círculo alternativo de actores, travestidos y radicales, y no tardaron en conocer a Paul Getty y a su compañero de piso, Marcello Crisi. «Nos reconocimos al momento -rememora Gisela-. Teníamos la sensación de proceder del mismo planeta, porque Paul era un bicho raro y nosotras, como gemelas e hijas del hitlerismo, también. Era un chico muy guapo, despierto, inteligente y con muchas contradicciones, pero se hacía querer. Tímido, pero también cínico y arrogante, tenía algo de insensato. Decía cosas como: ‘Yo hago lo que quiero’. ‘Soy más listo que nadie’. Resentido con el mundo, su encanto personal encubría mucha ira. No aparentaba 16 años».

A John Paul Getty III lo habían expulsado del colegio y huyó de su familia. Su padre, John Paul Getty II, Big Paul -apodo que convirtió a su hijo en Little Paul-, residía en Italia para llevar el negocio familiar por orden de su progenitor, un millonario sin escrúpulos. Big Paul dependía del alcohol y las drogas, y su adicción se agudizó tras el fracaso de su matrimonio con Abigail Harris, Gail, madre de Little Paul.

Secuestro Paul Getty

Jean Paul Getty

El hijo de la pareja disfrutó de una educación internacional, pero a los 15 años se hartó y trabó amistad con Marcello -aspirante a artista, como él-, con quien empezó a frecuentar ambientes poco recomendables.

«Al día siguiente de conocerlos, nos mudamos a su casa -recuerda Gisela-. Era enorme. Marcello dormía en la planta baja y Paul, Jutta y yo compartíamos un dormitorio arriba. Los periódicos hablaron de menage à trois, pero solo nos cogíamos de las manos. Nos devanábamos los sesos sobre la mejor forma de cambiar el mundo. Queríamos rodar películas, establecer una comunidad de visionarios… Hablábamos de poner LSD en el suministro de agua de la ciudad para facilitar que las cosas cambiaran».

“Éramos unos ingenuos. Nos equivocamos al pensar que podíamos usar el dinero del viejo mundo para financiar un mundo nuevo. Y lo pagamos con creces”

Pero tenían un problema: para construir su nuevo mundo, necesitaban dinero del viejo mundo. «Un día, Paul me dijo que había hablado con unos tipos con la idea de fingir su propio secuestro y comprar una gran casa en Marruecos con el dinero del rescate. Insistía en que era el nieto preferido de su abuelo, que todo se resolvería en menos de una semana». A través de Marcello, revela Gisele, conoció a los de la Malavita, la mafia romana, una organización que acabaría exprimiéndolo como a un limón. «Venían a la casa y traían drogas; Paul siempre estaba trapicheando con ellos».

Por aquel entonces, recuerda Gisela, ella y Jutta buscaban financiación para «una película guerrillera». Paul les dio la solución: Ciambellone, un capo mafioso, estaba dispuesto a poner el dinero. Las chicas fueron a hablar con él.

Porno y heroína

«Estaba esperándonos en un pisito de un solo dormitorio, con las paredes rojas; en el dormitorio había una cama descomunal. Ciambello estaba sentado en el colchón, con Marcello, Paul y una decena de tipos a los que no conocíamos. Paul y Marcello se fueron; nos pareció raro, pero no teníamos miedo. Ciambellone nos entregó un fajo de billetes. Al poco rato, la situación se salió de madre. Se fueron quitando las ropas, hasta quedarse en calzoncillos, comenzaron a pincharse heroína, poner películas porno… Nos mantuvieron encerradas durante dos días. No paraban de esnifar cocaína. La situación era peligrosa. Hablaban de violarnos. Ciambellone fue con Jutta al baño y le dijo: ‘Quiero que seas mi amante. Si te niegas, estoy dispuesto a matarme’. Jutta se quedó estupefacta, pero le dijo que no. Ciambellone echó mano a un cuchillo y empezó a hacerse cortes. El suelo estaba cubierto de sangre». Los de la Malavita intentaron llevarse a Jutta y a Gisela al campo, pero en el trayecto, en un atasco, las hermanas salieron corriendo del coche.

Secuestro Paul Getty

El joven Paul Getty y su esposa, Gisela

Tras aquello, Paul y Gisela se convirtieron en amantes. «No volvimos a hablar de la idea del secuestro», asegura. Paul le propuso matrimonio. Corría julio de 1973, y Gisela le dijo que sí. «Después me dijo que tenía cosas que hacer y que nos veríamos más tarde». Tardarían cinco meses en verse de nuevo.

Al principio, Gisela y Jutta patearon Roma en su busca, pero tras dos días sin noticias fueron a ver a la madre de Paul, Gail, para comunicarle la desaparición. En ningún momento dijeron que Paul había hablado de fingir su secuestro. Tampoco contactaron con la Policía. «No sabíamos qué había pasado. No podíamos descartar que se tratara de un montaje. Confiábamos en que todo fuera una comedia. Tampoco era cuestión de fastidiarle el plan».

Lo que siguió fue una farsa trágica. El abuelo de Paul se negó a pagar un centavo, y su padre, débil, no quiso saber nada. En noviembre de 1973, el cartero entregó un sobre en la redacción de un diario italiano. En el interior había un mechón rojizo y una oreja. La posibilidad de que a Paul lo fueran cortando en pedacitos acabó con las disputas monetarias entre el magnate y su hijo, Big Paul.

Paul se enganchó a la heroína. “Estaba empeñado en autodes-truirse; era incapaz de volver a integrarse en el sistema”

En la primera de sus notas, los raptores exigían 17 millones de dólares, pero el abuelo Getty solo se avino a ‘aflojar’ 2,2 millones, el máximo fiscalmente deducible, y a prestarle un millón adicional a su hijo. Millón este que Big Paul debía devolver con un interés del 4 por ciento.

Hallaron a Little Paul el 15 de diciembre de 1973 a 180 kilómetros de Nápoles. Gisela fue a verlo a la clínica y lo encontró bastante bien. Se casaron nueve meses después. Ella estaba embarazada.

El silencio de Paul

Ha pasado casi medio siglo desde entonces, y Gisela sigue sin entender qué pasó. «Para mí, continúa siendo un enigma. Paul se negaba a hablar de ello. En ningún momento aclaró si había estado involucrado o no; tampoco quiénes habían sido sus raptores. Nada. Sospecho que en su momento Paul habló con la Malavita, pero que luego olvidó la idea…, y ya era demasiado tarde. Con la mafia no se juega: si les haces una propuesta, no puedes echarte atrás. Sospecho que terminaron por secuestrarlo contra su voluntad. Eso explicaría su paranoia. Le dejaron claro que tenía que atenerse a la palabra dada. Es lo único que puedo decir. Los cínicos dirán que nos comportamos como estúpidos -prosigue Gisela-. Éramos muy ingenuos, sí. Nos equivocamos al pensar que podíamos utilizar el poder y el dinero del viejo mundo para financiar uno nuevo. Y lo pagamos con creces».

Tanto la película de Ridley Scott como la serie de Danny Boyle tratan de aclarar el secuestro. Gisela se muestra crítica con ambas versiones. Cree que no abordan bien la personalidad de Paul, menos víctima indefensa de lo que parece, y la suya propia, la de las gemelas. «Boyle nos describe como a dos tontitas ligeras de cascos -se queja Gisela-. A la serie le falta complejidad. Todo es unidimensional, hay un cliché tras otro… Echo en falta, por ejemplo, una mayor comprensión del trasfondo político».

Secuestro Paul Getty

Tras su liberación, el joven Getty se entregó a las drogas y el alcohol, hasta sufrir una embolia en 1981 que lo dejó tetrapléjico. Murió 30 años después. Abajo, en 2003, en el funeral de su padre.

Quizá nunca sepamos la verdad sobre el secuestro, pero está claro que Paul y Gisela terminaron por sentirse muy solos. «Después de lo sucedido, tuvimos claro que el verano del amor había acabado. El secuestro nos hirió en lo más hondo». Para rematarlo, Paul se enganchó a la heroína.

«Empeñado en autodestruirse, era incapaz de sentirse feliz -rememora Gisela-, incapaz de volver a integrarse en el sistema, un sistema que menospreciaba, que tan solo le había deparado violencia. En las cartas que escribió durante su cautiverio hay una pregunta recurrente. ‘ Por qué me habéis abandonado?’. Su abuelo y su padre se tomaron todo el tiempo del mundo para pagar el rescate; los raptores le cercenaron la oreja, lo torturaron, lo traumatizaron. Su familia lo dejó en la estacada. Qué importa si Paul estaba metido o no. El resultado fue trágico».
El matrimonio se fue a pique mucho antes de que Paul en 1981, por una combinación de alcohol y drogas, sufriera una embolia catastrófica. Se quedó tetrapléjico, parcialmente ciego, sin habla. Murió 30 años después. «Paul lo asumió con valentía -asegura Gisela-. La enfermedad sirvió para alejarlo de un mundo brutal que lo había dejado malherido».

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