Su reinado, de 63 años, puso nombre a la época victoriana, asociada al puritanismo, pero nada más lejos de la vida privada de Victoria. Fue testigo -y parte- de la gran expansión del Imperio británico, pero también desafió la moral de la época. Cuando se cumplen 200 años de su nacimiento, nos adentramos en los aposentos de una reina con mucha historia. Por José Segovia/Fotos: Getty Images y Cordon Press

¿Tuvo la reina Victoria un amante indio?

Sus esfuerzos por no ganar peso e fueron al traste cuando falleció su adorado esposo, el príncipe Alberto de Sajonia-Coburgo-Gotha. Deprimida por la pérdida de su gran amor, la reina Victoria se liberó de la esclavitud de las dietas y los corsés y mitigó sus penas con un continuo festín culinario en el que tenían cabida los platos hindúes, las excelencias de la cocina francesa y algunos clásicos tan británicos como el rosbif o la cabeza de jabalí con áspic. Su insaciable apetito la convirtió en poco tiempo en la mujer oronda que aparece en los retratos y fotografías de la época.

Años después, el 22 de junio de 1897, cuando celebró el día del jubileo de diamante (sus 60 años en el trono), la Corte la homenajeó con una gran cena de gala en el palacio de Buckingham. En el gran comedor de palacio se sirvieron trece platos, entre los cuales destacaban tres: bernoise à l`impératrice, caille à la d´Uzelle y canapés à la princesse. Generalmente, los banquetes de palacio duraban horas, pero su majestad podía acabar con siete platos en 30 minutos, afirma Annie Gray en su libro The greedy queen.

Es ‘la abuela de Europa’: sus 9 hijos y 26 de sus nietos contrajeron matrimonio con otros miembros de la realeza

En él detalla los hábitos alimentarios en la Corte, dado que la comida fue una de las pasiones de la reina. La otra eran las joyas. Desde que falleció su marido, Victoria siempre vistió de negro. Pero, para festejar su jubileo, accedió a cambiar sus ropajes de duelo por un espectacular sari confeccionado en oro. Ella siempre tuvo debilidad por el oro y las piedras preciosas, motivo por el que su joyero contenía piezas de incalculable valor, como el Koh-i-Noor, el mayor diamante del mundo, y una pulsera engarzada con cuatro enormes brillantes, dos de los cuales habían pertenecido a la desdichada María Antonieta; otro, a su tía, la princesa Carlota; y el cuarto, a María Estuardo, que fue decapitada por orden de la reina Isabel I.

EN BUSCA DE CONSUELO

Nacida en 1819, hace ahora 200 años, Victoria tuvo la fortuna de contraer matrimonio con su primo el príncipe Alberto, del que estaba perdidamente enamorada. Sus 9 hijos y 26 de sus 42 nietos contrajeron matrimonio con otros miembros de la realeza europea, lo que le valió el apodo de ‘abuela de Europa’.

Reina-Victoria-Inglaterra

Su reinado de 63 años y 261 días es el segundo más largo del Reino Unido, solo superado por el de su tataranieta Isabel II. La muerte de su marido fue un golpe tan duro para ella que cayó en una fuerte depresión que la apartó de la vida pública durante un tiempo.

Sin embargo, Victoria logró recuperar el ánimo gracias a un guardabosques llamado John Brown, con el que vivió una larga aventura amorosa en el castillo de Balmoral, en Escocia. En otoño de 1865, en la residencia campestre de la duquesa de Atholl, Brown ocupó una habitación contigua a la de Victoria, un detalle que pronto corrió como la pólvora por los más refinados salones de Londres.

Aquel escocés rudo y bien plantado le narraba los cotilleos que corrían por Londres y los deslices amorosos del príncipe Bertie, lo que ponía de buen humor a Victoria, que empezaba a cansarse de la altivez de su hijo -quien sería el heredero del trono- cuando la encontraba con el escocés.

Los devaneos sentimentales de Victoria eran la comidilla de la calle. Sus empleados le pusieron a sus espaldas el sobrenombre de ‘señora Brown’, y es probable que aquel mote reflejara una verdad que casi todos desconocían. Al menos eso es lo que asegura el historiador británico Michael MacDonald. «El guardabosques se casó en secreto con ella y la prueba es el testimonio de un clérigo que instantes antes de morir confesó a unos familiares que él mismo ofició esa ceremonia».

EL FALSO PURITANISMO

Cuando falleció su querido escocés, Victoria inició en secreto otro affaire con sus sirviente indio Abdul Karim, conocido como ‘el Munshi’, un escándalo que, de haberse hecho público, habría sacudido los cimientos de la puritana sociedad victoriana. El diario The Telegraph publicó en 2011 una serie de cartas, fotos y documentos que desvelaron la íntima relación de la soberana con Karim, cuyo rápido ascenso en palacio alarmó a muchos cortesanos.

reina Victoria y Abdul Karim

La reina Victoria con su secretario personal Abdul Karim

Aquel hindú de 24 años, esbelto y de buena presencia, encandiló tanto a la reina que rápidamente lo nombró su secretario personal. Victoria no tardó en instalar a Abdul en la antigua estancia del palacio de Balmoral donde había fallecido años antes su llorado John Brown. Su relación con otro hombre, en este caso con un hindú, enfureció a su hijo, quien hizo todo lo posible para que su madre rompiera con él.

Su íntima relación con un sirviente indio de 24 años enfureció a su hijo y escandalizó a la Corte, pero no inmutó a la reina

El ofendido vástago de Victoria debió de olvidar el eco social de sus propios escándalos. Y es que Bertie era un mujeriego empedernido que, entre otras jóvenes de la aristocracia británica con las que se involucró, mantuvo una relación con Alice Keppel, con la que tuvo una hija, Sonia, que fue la abuela de Camilla Parker Bowles, actual mujer de Carlos, príncipe de Gales.

Paradójicamente, aquella reina que tanto disfrutó de los placeres de la vida legó su nombre a un periodo histórico que estuvo marcado por un fuerte puritanismo. Aunque el verdadero impulsor de los valores victorianos fue su marido, Alberto, un individuo de acendrado rigor moral del que se mofaba la promiscua y alocada aristocracia británica. La doble vara de medir de las élites británicas descompuso a Alberto, que nunca pudo entender la disoluta conducta de buena parte de la alta sociedad londinense.

SIN PREJUICIOS RACISTAS

Ajena a las habladurías, la soberana le regaló a Abdul Karim una vivienda en Agra (India) y una casa junto al palacio de Balmoral. La periodista Shrabani Basu, que descubrió la íntima amistad del hindú con la reina, afirma que debió de ser una relación apasionada, aunque no cree que mantuviesen una relación física.

Lideró la expansión del Imperio británico, y sus 122 diarios demuestran que influyó en política más de lo que se pensaba

Entonces no solo la familia real se oponía a la relación, también lo hacía el personal de palacio. Los cortesanos no soportaban ver a la emperatriz de la India del brazo de un joven hindú. Les parecía indecoroso. Aquel desprecio tuvo consecuencias desastrosas en más de una ocasión. En 1889, la reina perdió un broche que apareció en una joyería, cuyo dueño declaró haberlo adquirido a través del cuñado de Abdul. Cuando sus cortesanos lo acusaron del robo, ella montó en cólera. Abdul estuvo a su lado 15 años, hasta su muerte, en 1901. Su hijo y sucesor, Eduardo VII, devolvió a Karim a la India y ordenó destruir su correspondencia con Victoria. Karim vivió en Agra hasta su muerte, a los 46 años.

Reina victoria hija

La reina Victoria adoptó o amadrinó a Aina, una princesa africana, a la que educó y trató como a sus hijos

Las cuestiones raciales nunca impresionaron ni condicionaron a la reina. Años antes había adoptado o amadrinado a una princesa africana. La niña, cuyo nombre era Aina, fue rescatada por el comandante Frederick Forbes -de quien tomó el apellido- en Benín, donde estaba presa después de que toda su familia fuese asesinada por una tribu enemiga. Forbes, para salvarla, convenció a sus captores de que la ofreciesen como regalo a ‘la reina blanca’ y la rebautizó como Sarah. Victoria no solo aceptó, sino que se ocupó de su educación y la trató como a uno de sus hijos. Sarah mostró un talento excepcional y se ganó el respeto de la Corte. A los 18 años se casó con un hombre de negocios y se fueron a vivir a Nigeria.

Victoria no fue una reina elegante; era corpulenta y bajita, medía poco más de un metro cuarenta. En los primeros años no gozó del favor del pueblo, pero sí al final de su reinado. Y las biografías, con el tiempo, también han reconocido sus valores, más allá de liderar la expansión del Imperio británico. Fue ella quien apoyó sin fisuras la política expansionista de su primer ministro, Benjamin Disraeli, convencida del efecto beneficioso que tendría el Imperio británico en sus «súbditos». Su revalorización se ha producido en gran parte tras analizar los escritos que dejó. Escribió 122 diarios, lo que dio a conocer su verdadera influencia política. Los historiadores coinciden en que fue una reina obstinada, pero también honesta.

PARA SABER MÁS

The greedy queen, libro de Annie Gray (en inglés), publicado por Profile Books.

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