Esclavos, sirvientes, vigilantes, artistas… los eunucos (hombres castrados) tuvieron a lo largo de la historia acceso a todos los círculos de poder actuando a veces como leales servidores o como  intrigantes conspiradores. Fotos: Cordon Press

El guardián de las mujeres

Eran las personas que tenían como trabajo custodiar el harén en el que vivían las mujeres de los poderosos. El empleo de estos vigilantes alcanzó su apogeo en las cortes de los emperadores bizantinos en Constantinopla, de donde lo copiaron los sultanes otomanos. En 1857, el comercio de esclavos fue prohibido en el Imperio Turco y con ello acabó también la castración organizada.

La mano derecha del emperador

En China, la práctica de emplearlos como guardianes en la corte comenzó hace 2.000 años. Aparte del emperador, eran los únicos autorizados a pasear y quedarse de noche en palacio. Esa cercanía al emperador les acabó dando un gran poder. Además, se suponía que, al no tener familia, se dedicaban enteramente a su amo. El último eunuco imperial chino fue Sun Yaoting, murió a los 93 años en 1996 y siguió en su exilio a Pu-Yi, el último emperador.

Los castrati, las voces angelicales

Eunucos: del harén a la política 1

Farinelli

Los castrati aparecieron en el siglo XVI en España, pero la práctica arraigó en Italia. Pertenecían a familias pobres y se los castraba para que conservasen un infantil y agudo timbre de voz, adecuado para la música sagrada (las mujeres cantaban en la iglesia). Algunos, como Caffarelli o Farinelli se hicieron tan famosos que para ellos escribieron Mozart o Handel. El último fue Moreschi, que murió en 1922. El papa León XIII prohibió la práctica en 1878.

Agitadores sociales

Shabnam Mausi fue el primer eunuco elegido para un cargo político en la India. Miembro de la Asamblea Legislativa de Madhya Pradesh, en el centro del país y, como la mayoría de los eunucos, vestía como una mujer. Aunque de niña no pudo asistir al colegio, emprendió una formación autodidacta y habla varios idiomas.

El lado más turbio: la prostitución

Algunos clanes de hijras fueron acusados ante la justicia india de secuestrar a jóvenes a los que habían castrado a la fuerza para dedicarlos a la prostitución. Se cree que algunos gurús hijras hacían su fortuna subastando eunucos jóvenes y sanos. Según algunos informes policiales, todos los años unos mil varones eran secuestrados y castrados por estas mafias. Otros informes, en cambio, hablaban de una práctica distinta, aunque igualmente cruel. Los gurús acudían a las maternidades y pedían a las madres que les dejaran ver a sus recién nacidos. Si los bebés tenían alguna deformidad genital, los reclaman para sus clanes. Las madres, generalmente asustadas y sin posibilidad de pagar ningún tratamiento médico para corregir la tara, se los entregaban. Aunque no hay estadísticas, el grado de hermafroditismo en la India se considera elevado.

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