Catalina II, la creadora del museo del Hermitage, era una sagaz mujer de negocios. Para ella, el coleccionismo era una mezcla de pasión y alta política.

Catalina II fue quien creó el Hermitage. La emperatriz Catalina tenía un espíritu refinado. Adquirió la primera colección de cuadros en 1763. Gran parte de las obras iniciales se las compró al comerciante alemán Gotzkowsky.

La emperatriz Catalina la Grande vivía en un ala del palacio cuyas habitaciones estaban decoradas con motivos orientales. Jugaba a las cartas y sentía por las gemas una atracción casi enfermiza. Adquirió El regreso del hijo pródigo, de Rembrandt -obra considerada como las Meninas de la pinacoteca rusa-, y la mejor colección de pintura francesa: la de Pierre Crozat. Con ella llegaron seis cuadros con el mismo asunto mitológico: la historia de Dánae.

Librepensadora y erudita, Catalina se carteaba con Voltaire y Diderot. «Intentó crear una monarquía justa y no lo consiguió. Demasiados enemigos y motines», según Piotrovsky, el actual director del Hermitage. En un principio, el museo ni siquiera se denominó así. Recibió el nombre de Hermitage (“ermita”) de acuerdo con la moda del siglo XVIII. Era un pabellón con jardines donde la zarina rusa recibía a sus invitados. Y perteneció a los zares, hasta el último de ellos, Nicolás II.

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