Empezaron como un grupito marginal. Hoy son un ‘lobby’ que convoca manifestaciones que no se veían desde las protestas contra la guerra de Irak. Quieren quedarse en Europa. Y están dispuestos a luchar contra el ‘brexit’. Su grito: «Que nos dejen votar de nuevo». Por Carlos Manuel Sánchez/ Fotos: Daniel Méndez

• Los europeístas no se rinden

¿Y si después de todo este lío al final resulta que no hay brexit? Es algo que parecía impensable hace solo unos meses. Pero hoy es una posibilidad que, sorprendentemente, está sobre la mesa.

El pasado 23 de marzo, un millón de británicos tomó las calles de Londres para pedir un segundo referéndum. No se había visto semejante movilización desde las protestas contra la guerra de Irak en 2003. Más de cuatro millones firmaron una petición on-line al Gobierno para que revoque el artículo 50 del Tratado de Lisboa y cancele el brexit. Las encuestas dicen que, de celebrarse una nueva votación, esta vez ganarían los que quieren quedarse en Europa. Por los pelos… Pero también ganaron por los pelos en 2016 los que quieren irse: en porcentajes, 52 frente a 48.

El Reino Unido salió de aquel plebiscito quebrado por el espinazo, con un trauma que lo tiene sumido en una parálisis política de la que ni los conservadores ni los laboristas saben cómo salir. Si se observan con detenimiento las radiografías, se aprecian varias fracturas: entre jóvenes y mayores; entre las grandes urbes y la Inglaterra rural; entre Londres y la periferia…

Las casas de apuestas estiman que, para el año 2022, el Reino Unido seguirá en la Unión Europea. Negociando y metido en un bucle

De momento, la UE y el Reino Unido han pactado el retraso del brexit, cuya fecha límite es ahora el 31 de octubre. La primera ministra, Theresa May, tiene hasta Halloween para convencer a los diputados, en especial a los de su propio partido, de que respalden sus negociaciones. Por el momento, no hay truco ni trato. Básicamente, porque los ingleses salen perdiendo. Los euroescépticos tienen la impresión de que May no sabe cómo jugar sus cartas. Y los eurófilos consideran que, juegue lo que juegue, todas las manos son perdedoras. El embrollo se complica porque, entre medias, se cruzan las elecciones al Parlamento Europeo. Y la prórroga obliga al Reino Unido a participar en ellas, a no ser que May consiga consumar la salida antes del 22 de mayo.

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Hagan sus apuestas

La opción de otro referéndum cobra fuerza. Las casas de apuestas, que no se caracterizan por tirar el dinero, estiman que para el año 2022 lo más probable es que el Reino Unido siga en la UE, con el Gobierno de turno negociando aún, metido en un bucle que recuerda al Día de la Marmota; y pagan menos a los que pronostican que finalmente habrá una consulta popular para ratificar un acuerdo que a los que se decantan por un brexit ‘duro’, esto es, el portazo en las narices de Merkel y Macron que proponen los más radicales.

Los bancos de inversiones manejan un escenario similar. El estadounidense JP Morgan considera que las posibilidades de que el brexit se anule han aumentado. Y diferentes think tanks también se están replanteando sus análisis. «Les guste o no, un segundo referéndum es la mejor oportunidad que tienen los tories de evitar la aniquilación –afirma Peter Starkings, director de Global Future–. La única manera que tienen los conservadores de sobrevivir y reconectar con la Gran Bretaña moderna es dejando de despotricar contra Europa. Todo apunta a un segundo referéndum. Un incómodo, doloroso y traumático proceso». Y lo compara con una endodoncia. Pero a veces no hay más remedio que ir al dentista…

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La movilización en favor de una nueva consulta la lidera un grupo heterogéneo denominado People’s Vote (‘El Voto de la Gente’), surgido de las cenizas de las diversas formaciones que defendieron la opción de quedarse en Europa durante la campaña de 2016. La madrugada del recuento, algunos activistas acabaron ahogando sus penas en alcohol en el único pub que encontraron abierto, cerca del mercado de la carne de Smithfield, rodeados de empleados de los mataderos que trasegaban pintas con los mandiles ensangrentados. La taberna en cuestión se llama The Hope (‘La Esperanza’), lo que no deja de tener su guasa. Y en aquel amanecer descorazonador se juramentaron que le darían la vuelta a la tortilla.

Más de 2o.ooo voluntarios

Aquel grupito marginal de inasequibles al desaliento no solo se ha convertido en un lobby que capta la atención de políticos, periodistas y empresarios, sino que se ha situado en el centro del debate. Hoy es uno de los mayores movimientos populares del Reino Unido, con 20.000 voluntarios y 700.000 simpatizantes. Se financiaba con pequeños donativos hasta que Julian Dunkerton, fundador de la marca de ropa Superdry, le regaló un millón de libras (1,15 millones de euros). Esto le permitió alquilar unas oficinas en la emblemática Millbank Tower, a cinco minutos a pie del Parlamento de Westminster. En los años sesenta, con sus 33 pisos, fue el rascacielos más alto del Reino Unido, y hoy es una metáfora del decaído orgullo de un antiguo imperio que no se resigna a ser un país del montón y que mira con desánimo sus maltrechas infraestructuras y su languideciente sanidad pública. No en vano recuperar el amor propio es una de las grandes preocupaciones de los ingleses, según una encuesta de People’s Vote, que recorre el país (incluidos bastiones euroescépticos) reuniendo a partidarios y detractores del brexit para propiciar un debate nacional.

Los principales argumentos giran en torno a lo que se contó en 2016 y que, visto en perspectiva, ha resultado ser incierto. «Se nos dijo que conseguir un buen acuerdo sería fácil, que nos quedaríamos con nuestro trozo del pastel, porque la UE nos necesitaba más que nosotros a ellos, pero no ha sido así», resume James McGrory, jefe de la campaña por un nuevo referéndum.

Promete que es gratis

McGrory recuerda, por ejemplo, que mucha gente votó a favor de irse por la promesa de que se liberarían 350 millones de libras semanales (404 millones de euros) para el NHS (Servicio Nacional de Salud). El Real Colegio de Radiólogos, sin embargo, ya ha advertido de que el brexit causará retrasos en las pruebas y los tratamientos oncológicos.

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Y no es más que el principio. El país estará pagando la factura del ‘divorcio’ hasta 2064, resarciendo a sus exsocios por los compromisos económicos adquiridos antes de invocar el artículo 50 que ponía en marcha la salida. Y que ascienden, por lo bajo, a 39.000 millones de libras (45.000 millones de euros). Además, la pérdida del PIB asociada a la incertidumbre le ha costado ya prácticamente lo mismo. El descenso en la actividad económica y las inversiones ha supuesto, además, una merma en la recaudación fiscal que algunas fuentes cifran en 14.000 millones de libras (16.000 millones de euros). Y la inflación generada por todo este marasmo ha arañado casi 500 euros al presupuesto anual de los hogares.

Condenar a la economía

El lío es de tales dimensiones que el Ejecutivo de May maneja hasta media docena de escenarios diferentes. Uno es el brexit por las bravas, sin periodo de transición, o, lo que es lo mismo, hacer un ‘simpa’. Pero sería catastrófico para los intereses del Reino Unido. Según los datos del propio Gobierno, condenaría a la economía británica a caer un 9 por ciento en 15 años. No es extraño que, de producirse, las casas de apuestas hayan incluido entre sus pronósticos la implantación de cupones de racionamiento de comida.

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La propuesta actual –que la primera ministra no ha conseguido ‘vender’ ni siquiera a sus correligionarios– es menos dolorosa, pero tampoco mucho menos, pues la economía se quedaría estancada o incluso retrocedería hasta 2030. Además, abandonar el espacio Schengen y la unión aduanera obligaría al Reino Unido a pagar aranceles para acceder al mercado europeo, como hacen Noruega y Suiza. Y no está claro que los ingleses puedan consolarse aduciendo que, por lo menos, han recuperado el control de sus fronteras, porque deberán seguir acatando muchas leyes europeas, aunque ya no podrán intervenir en su redacción.

Un dato que muchos desconocen, o que han olvidado, es que el resultado de la consulta de 2016 no es vinculante

La opción laborista también se aferra al brexit, pero añadiendo una declaración de intenciones para no quedarse fuera del todo en las relaciones comerciales. Luego hay otras dos alternativas: un brexit descafeinado que se ha bautizado como Mercado Común 2.0, con el Reino Unido fuera de las instituciones europeas pero dentro del espacio económico, aunque sin voz ni derecho a veto. Y un acuerdo exclusivamente comercial, como el de Canadá con Estados Unidos, que obligaría a establecer un control fronterizo duro en Irlanda del Norte, lo que traiciona los Acuerdos de Viernes Santo que pusieron fin al conflicto norirlandés. Y nadie quiere agitar fantasmas entre católicos y protestantes.

Un punto de acuerdo

La última opción sería la de revertir el proceso. No es tan descabellada… si se mira la letra pequeña. Un dato que muchos desconocen, o que han olvidado, es que el resultado de la consulta de 2016, convocada por el ex primer ministro David Cameron y que abrió la caja de Pandora, no era vinculante. «¿Vale la pena seguir adelante con el brexit? –se pregunta Rafael Behr, columnista del diario The Guardian–. Solo la gente puede responder a esta cuestión. –Y señala una paradoja–: Gran Bretaña todavía es miembro de la UE gracias a aquellos que desean que no lo sea». Y que han tumbado los acuerdos alcanzados con Bruselas. Por lo menos, partidarios y defensores de Europa parecen de acuerdo en algo: en las circunstancias actuales, los ingleses están peor fuera que dentro.

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