La ciencia ha demostrado que la inmensa mayoría de la humanidad parte con un defecto de fábrica que condiciona sus decisiones: los prejuicios inconscientes. ¿La buena noticia? Es una avería que se puede reparar. O, por lo menos, parchear. ¿Cómo? El camino hacia ser una persona mejor, dicen los expertos, comienza dejando de ser una buena persona. Por Carlos Manuel Sánchez.

Los prejuicios influyen en nuestras acciones

¿Se considera usted una buena persona? Si es así, enhorabuena. Sobre todo, por usted. El ser humano necesita creer que es una buena persona para sentirse bien.

Los ‘atajos’ de nuestra mente para procesar datos más rápido también afectan a la ética: son los prejuicios

Para creérselo del todo, también necesita ser visto por los demás como una buena persona. El problema es que quizá los demás no estén de acuerdo y piensen que usted no es tan justo, generoso, altruista y respetuoso como parece. Pueden ser pocos o muchos los que discrepen. Da igual, con que haya alguien que cuestione su bondad se pondrá a la defensiva. Se sentirá tratado injustamente.

La mala noticia es que los demás tienen razón. Usted no es tan bueno como cree. La ciencia ha demostrado que la inmensa mayoría de la humanidad ‘padece’ de prejuicios inconscientes. Pero tiene remedio. Al menos, eso piensa Dolly Chugh, una científica social estadounidense que estudia la psicología de la gente buena. Chugh es profesora de la Escuela de Negocios Leonard Stern de la Universidad de Nueva York y lidera un equipo de investigación sobre la conducta. «¿Y si le digo que nuestro apego a ser buenas personas se interpone en el camino para que seamos mejores personas? ¿Y si le digo que el camino hacia ser una persona mejor comienza dejando de ser una buena persona?», plantea.

Para explicar esto hay que entender primero cómo funciona la mente humana. «El cerebro depende de ‘atajos’ para hacer gran parte de su trabajo», prosigue Chugh. Eso significa que la mayoría de las veces los procesos mentales ocurren sin que nos demos cuenta.

La racionalidad limitada

Los científicos suponían que el cerebro humano tendría una gran capacidad de procesamiento. En cada momento debe leer unos once millones de bits. Solo descifrar la información que le llega a través de los ojos y convertirla en imágenes supone diez megas (diez millones de bits); los receptores de la piel le envían un millón de bits por segundo. Y el resto de los sentidos, unos cientos de miles… Todos esos ‘megas’ se ejecutan de manera automática, sin que nos demos cuenta. Lo que los investigadores no se esperaban es la paupérrima capacidad de la mente humana para procesar datos de manera consciente. Como máximo -por ejemplo, un pianista leyendo una partitura- es capaz de asimilar cincuenta bits por segundo.

Esta es la premisa de la que parte la racionalidad limitada, que estudia el premio Nobel de Economía Daniel Kahneman y que ha dado lugar a una rama científica que toca la sociología, la psicología, la teoría de la información y la conducta económica. En resumen, la mente humana tiene recursos limitados de almacenamiento y un poder de procesamiento muy justito. Y, como resultado, necesita salirse por la tangente para hacer la mayor parte de sus tareas. « Alguna vez ha tenido un día muy ocupado en el trabajo, condujo a casa y, al llegar a la puerta, se ha dado cuenta de que no sabe cómo ha llegado allí? Esto sucede porque la mayoría de las funciones cerebrales funciona en segundo plano. Vamos con el piloto automático», expone Chugh.

Esta investigadora y sus colaboradores, Max Bazerman y Mahzarin Banaji, están aplicando lo que sabemos sobre racionalidad limitada al campo de la ética. Hasta ahora se pensaba que tomar una decisión moral, formular un juicio de valor o diferenciar el bien del mal eran terreno exclusivo de la mente consciente. Sin embargo, los últimos experimentos apuntan a que también tomamos ‘atajos’ a la hora de decidir cómo nos portamos. Resulta que el piloto automático también limita nuestra ética.

Y uno de los campos abonados a la ética limitada es el de los prejuicios. En especial, los prejuicios inconscientes. «Los tenemos tan interiorizados que no nos percatamos de que están ahí», afirma Chugh. Analizando información de millones de personas gracias al big data, los investigadores han comprobado que la mayoría de los estadounidenses blancos puede relacionar más rápida y fácilmente a la gente blanca con cosas buenas. Sin embargo, les resulta más difícil asociar a la gente negra con cosas buenas. Otro ejemplo. La mayor parte de las personas -tanto hombres como mujeres- relaciona más rápida y fácilmente a los hombres con la ciencia. Una afinidad que no son capaces de ver de manera tan directa y automática cuando se trata de mujeres. Son ‘atajos’ que tomamos en una fracción de segundo.

Conmigo o contra mí

Hay una razón evolutiva en este esquema mental. Reaccionamos rápido para detectar enemigos, depredadores, amenazas… Nos vino fenomenal para sobrevivir en entornos hostiles. Pero en una sociedad civilizada nos hace cometer errores e injusticias. Y socavan la convivencia.

“Si vas a ser padre, lees libros sobre el tema: pero cuando se trata de ser buena persona, damos por hecho que sabemos cómo serlo”, lamenta una experta

Los ‘atajos’ funcionan de manera binaria. Y se basan en los estereotipos, porque es una manera rápida de encasillar. Los más habituales son el sexo y la orientación sexual, la edad (viejo/joven); la política (izquierda/derecha); el peso (flaco/gordo); la apariencia (guapo/feo); la inteligencia (listo/tonto)… Cualquier elemento de nuestra identidad puede convertirse en un estereotipo binario: capacitado/discapacitado; taurino/animalista… En todos estos temas, el cerebro funciona en modo automático. O eres de los míos o no lo eres. O estás conmigo o contra mí.

El problema se agrava, según Chugh, porque nuestra definición de buena persona tampoco admite matices. «En esa definición binaria no hay lugar para crecer. Para aprender. Que es lo que solemos hacer en otros ámbitos. Si necesitas aprender contabilidad, te apuntas a un curso. Si vas a ser padre o madre, lees libros sobre el tema. Hablas con expertos, aprendes de tus errores, actualizas tu conocimiento, vas mejorando… Pero cuando se trata de ser buena persona, pensamos que simplemente debemos saber cómo serlo, sin esfuerzo», explica.

« ¿Y si nos olvidáramos de ser buenas personas? Y si nos conformáramos, de momento, con ser personas decentes, medianamente buenas», propone. «Una persona decente comete errores, pero trata de aprender de ellos. No espera a que la gente los señale. Practica para encontrarlos. A veces puede ser embarazoso. Pero eso te permite progresar. En cualquier otro aspecto de la vida aprendemos así. ¿Por qué no en este?», se pregunta. Al fin y al cabo -concluye Chugh- es la única vacuna cuya eficacia está demostrada contra el populismo y la exclusión.

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