La mayor parte de la ropa que llevamos la cosen millones de mujeres asiáticas en condiciones extremas. Veinte grandes empresas han comprendido que hay que cambiar algunas cosas. Por las mujeres. Pero también por el negocio. Por Norbert Höfler

Es fácil averiguar dónde se hacen nuestras camisetas, vaqueros y jerséis. Basta con mirar la etiqueta: made in Bangladés, India, Vietnam, Pakistán, China… o Camboya. Y todos intuimos las duras historias que se ocultan detrás. Es muy probable que las mujeres que confeccionan esas prendas no reciban un salario justo. ¡Un abrigo por 39,90 euros! ¿Cómo es posible? ¡Un vestido por 19,90 euros! ¿En qué condiciones laborales se habrán fabricado para que sean tan baratos?

La industria textil, la más contaminante del planeta

En las tiendas de C&A, H&M, Zara o Primark los clientes cada vez se muestran más críticos, hacen preguntas incómodas, quieren saber qué medidas toman las marcas para garantizar un trato justo a los trabajadores o por qué no suben los precios de las camisetas unos céntimos y los destinan a las costureras, para que ellas y sus familias puedan vivir un poco mejor. Eso ¿por qué no lo hacen?

La fábrica que venimos a visitar se encuentra en el extrarradio de Nom Pen, la capital de Camboya. Un guardia abre la enorme puerta metálica que conduce a las instalaciones de la empresa Seduno. La nave donde trabajan las costureras tiene el tamaño de un campo de fútbol. En 42 largas hileras se distribuyen 2000 mujeres sentadas en bancos y ligeramente inclinadas sobre sus máquinas de coser. Estas mujeres producen 18 millones de prendas al año. Cosen sudaderas con capucha para C&A y blusas para H&M.

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Hora de comer en Seduno, bajo un techo de chapa. Muchas mujeres escatiman en su comida para dedicar más dinero a sus familias

Sobre cada puesto de costura hay una especie de semáforo. Si está en verde, la trabajadora va cumpliendo con el ritmo previsto. Si se ilumina el naranja, significa que va por detrás y que tendrá que apretar. A las seis en punto de la tarde, las máquinas de coser se detienen. Las mujeres fichan en un lector de huellas dactilares. Minutos más tarde se apagan los fluorescentes que iluminan la nave. Tres costureras se quedan para hablar con nosotros. No hay presente nadie de la dirección, pero han tenido el detalle de dejar seis botellas de agua sobre la mesa de una de las salas de reuniones.

Un euro la hora

Las mujeres dicen que sí, que pueden hablar libremente. Que la suya es una buena fábrica. Trabajan de ocho a diez horas diarias, seis días a la semana. Si su rendimiento es bueno, ganan en torno a un euro a la hora. Un salario de miseria incluso para Camboya.

La intérprete traduce nuestra pregunta: ¿cuánto más les gustaría ganar? Las tres se miran con perplejidad. Nadie se lo había preguntado nunca. En Camboya es el Gobierno el que fija cuánto se paga: concretamente, el salario mínimo de 170 dólares al mes.

Por primera vez, veinte grandes empresas -C&A, H&M, Inditex…- han llegado a un acuerdo: que se paguen salarios más altos en las plantas. Y están dispuestas a asumir que repercuta en sus ganancias

Venga, ¿quién se anima a responder? Por fin, Phorn, de 37 años y la mayor de ellas, dice: «5 dólares quizá». Se refiere a cinco dólares más a la semana. Heng, la más joven, añade. «¿Quizá 10?». Sus rostros se iluminan. Empiezan a hablar de lo que harían con ese dinero. Podrían comprar comida mejor o un ciclomotor de segunda mano. De esa manera ya no tendrían que ir a trabajar subidas en la plataforma de un camión. Estos vehículos son muy peligrosos. Todas las semanas muere alguna mujer en Camboya de camino a la fábrica. Mejor aún, podrían ahorrar el dinero para mandar a sus hijos a la escuela.

A 15 céntimos la camiseta

Solo un par de dólares más al día supondrían una gran diferencia para ellas. Y las camisas que ellas cosen solo nos costarían unos céntimos más. Ningún cliente lo notaría. El coste salarial de producir una camiseta en Camboya se sitúa entre los 15 y los 20 céntimos: 5 céntimos más, ¿por qué no se puede hacer? ¿O incluso 50?

Hasta ahora, las grandes empresas han respondido con argumentos como «las fábricas que producen la mercancía no son nuestras», «los salarios no los fijamos nosotros», «se paga el sueldo mínimo establecido por la ley»… Así ha sido hasta ahora.

En esta fábrica de Nom Pen se confecciona ropa para C&A o H&M. Las costureras llevan pañuelo naranja y las supervisoras, lila

Porque en la actualidad está teniendo lugar un cambio radical. Veinte grandes empresas internacionales de moda han llegado a un acuerdo fuera de los focos. C&A, H&M, Tchibo y Zara (Inditex) están entre ellas, también la norteamericana PVH, con sus marcas Tommy Hilfiger y Calvin Klein. Se ha sumado incluso la cadena de bajo precio Primark. Todas quieren que se paguen salarios más altos en las plantas textiles. Y, lo que resulta inaudito, están dispuestas a asumir ellas el aumento de los costes, aunque eso acabe repercutiendo en sus ganancias.

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Las costureras trabajan de ocho a diez horas diarias, seis días por semana, y fichan mediante un sistema de lectura de huella dactilar

La organización que han creado entre todas se llama ACT, siglas de Acción, Colaboración y Transformación. El alemán Frank Hoffer, que ha pasado muchos años ocupando puestos de responsabilidad en la Organización Internacional del Trabajo (OIT), coordina la iniciativa. «Nuestro concepto es nuevo y ambicioso. Es la forma más prometedora de mejorar las condiciones laborales de millones de trabajadoras textiles», asegura.

Propósito de enmienda

Hasta ahora, los empresarios de la moda trabajaban con los países donde más barato resultara producir. Eso se va a acabar. Más aún: compañías que durante mucho tiempo habían impedido la actividad de los comités de empresa en las fábricas apuestan ahora porque sindicatos y empresarios negocien los salarios mientras el Gobierno queda al margen. Además, se les consultará a los empleados: tendrán voto en cuestiones de seguridad laboral, protección de la salud o complementos salariales. Camboya es el banco de pruebas. Si el sistema funciona, seguirán Bangladés, Birmania y otros muchos países.

Camboya, una de las naciones más pobres del mundo, vive del textil, el 75 por ciento de sus exportaciones. Una de cada diez camisetas fabricadas en el mundo lleva la etiqueta made in Cambodia. Más de 730.000 mujeres están empleadas en sus plantas.

No se trata solo de filantropía. Lo que están haciendo los gigantes de la moda es reaccionar a las presiones de sus clientes, que quieren comprar ropa con la conciencia tranquila

La industria de la moda quiere hacer historia. Estamos a mediados de septiembre, y en los salones del hotel Cambodiana se reúnen los principales actores del sector: sindicalistas, fabricantes y representantes gubernamentales. Los jefes de compras de las empresas de moda y los expertos en sostenibilidad pueden hablar con los periodistas si no se mencionan sus nombres. Muchos coinciden en que todo el sector se encuentra en un callejón sin salida. Uno de estos directivos dice: «Nuestra industria apenas ha cambiado en los últimos cien años. Sigue habiendo personas sentadas delante de máquinas de coser. Nos hemos vuelto más rápidos y hemos llevado nuestras máquinas a la otra punta del mundo, pero todo ha sido una carrera siempre a la baja, barato, más barato todavía, de Europa a China, a Vietnam, a Camboya y, en breve, a África. Pero ¿hemos modernizado la industria? Pues no. Es una vergüenza».

Inspecciones adulteradas

En su lugar lo que se hizo fue implantar un sistema de control, las llamadas ‘auditorías’, para impedir los abusos más flagrantes en las fábricas. Inspectores independientes y representantes de ONG se hicieron cargo de esta labor. Se crearon decenas de miles de puestos de trabajo muy bien pagados. Y en torno a la industria fue creciendo una especie de capa de grasa. Pero las auditorías se han revelado como una mera fachada. El sistema de inspecciones se traga millones y aporta poco. No ha conseguido impedir las irregularidades.

En las pausas para el café, los expertos en sostenibilidad nos cuentan detalles de una batalla que no pueden ganar. Los directivos de las fábricas tienen comprados a los conductores que llevan a los inspectores a sus plantas y los avisan de su llegada con antelación. Camboya es uno de los países con más corrupción: ocupa uno de los últimos lugares en el ranking mundial, según Transparencia Internacional. Concretamente el puesto 161 de 180.

Herederos con conciencia

Pero una nueva generación de directivos textiles está cambiando el rumbo del negocio. Se denominan a sí mismos ‘la tercera generación’. A diferencia de sus antecesores no quieren ocultar o minimizar los abusos, aspiran a introducir cambios profundos. En vez de recurrir a controles externos, su intención es reforzar el papel de los trabajadores y sindicatos en las propias fábricas. A fin de cuentas, son ellos los primeros en saber si a las costureras las obligan a trabajar en domingo, si no se pagan horas extras o si sufren abusos sexuales.

“Las fábricas de Camboya aceptamos las condiciones, pero también deberán hacerlo las de Vietnam, Bangladés y Pakistán. Sin estas garantías, no puedo ser optimista”, advierte Ken Loo

Jenny Fagerlin trabaja desde hace diez años como experta en sostenibilidad social para el gigante sueco HandM en la India y Asia. Asegura que puede hablar sin cortapisas. Dice que tiene instrucciones claras de la central de Estocolmo de acelerar el nuevo sistema. Su misión es apoyar a los sindicatos. Si alguno de los dueños de las fábricas se resiste a colaborar, puede amenazarlo con cancelar los contratos. Estamos hablando de cifras millonarias.

Pero no se trata solo de filantropía. Lo que están haciendo los gigantes de la moda es reaccionar a las presiones de sus clientes, que quieren comprar ropa con la conciencia tranquila.

Y hay otra cosa más que ya no es como antes: está teniendo lugar un cambio generacional entre los propietarios de las compañías de moda. Gigantes como C&A, H&M, Tchibo o Zara son, en mayor o menor medida, empresas de propiedad familiar. Los hijos o nietos de los fundadores quieren cambiar las cosas. Uno de los directivos congregados estos días en el hotel Cambodiana nos dice: «Las familias propietarias han entendido que no pueden eludir sus responsabilidades».

Visitamos la central de la Asociación de la Industria Textil de Camboya, GMAC. Ken Loo, de 44 años, es el hombre más poderoso del sector textil del país. Representa los intereses de más de 560 empresas. La mayoría de ellas son propiedad de inversores de China y Hong Kong. Estamos deseando saber qué piensa un hombre como él sobre la idea de tener que negociar los acuerdos salariales con los sindicatos.

Empresas que antes impedían actuar a los comités de empresa, ahora quieren reforzarlos. Podrán negociar salarios y serán consultados sobre seguridad laboral o protección de la salud

Loo sonríe antes de responder. «Lo que está pasando es revolucionario. Si se pone en práctica, transformará la industria textil». Luego hace una larga pausa. Nos quedamos esperando un pero… Que por fin llega. «Pero queremos garantías».

O todos o ninguno

Loo exige que H&M y las demás no se vayan a otro sitio dentro de unos años porque los salarios aquí hayan subido y en otros países las fábricas les ofrezcan precios más bajos. «Las fábricas de Camboya aceptamos las condiciones, de acuerdo, pero las de Vietnam, Bangladés y Pakistán también tendrán que hacerlo». Y luego llega la amenaza. «Si no se nos dan estas garantías, no puedo ser optimista».

Cuando nos despedimos de las trabajadoras de Seduno, la costurera Phorn nos dice: «Cuando vayan de compras allí en casa y vean el made in Cambodia en una etiqueta, a lo mejor ahora se paran a pensar que toda esa ropa está hecha a mano. Que a lo mejor esa prenda la he hecho yo o alguna de mis compañeras. Sí, sería bonito que pensaran en nosotras la próxima vez que se la pongan».

Prometido.

Estas son las empresas y marcas que están en ACT. Arcadia, Asos, Bestseller (Jack & Jones), C&A, Cotton On, Debenhams, Esprit, H&M, Inditex (Zara), K Markt* (*en Australia y Nueva Zelanda), N Brown Group, New Look, Pentland, Primark, PVH (Tommy Hilfiger, Calvin Klein), Target, Tchibo, Tesco, Topman, Z-Labels (Zalando Essentials).

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