Aquel día, todos ellos estaban allí. En el lugar donde los asesinos dispararon o hicieron estallar sus bombas. Unos segundos después, los rodeaban los muertos y los heridos, pero sobrevivieron. Se convirtieron en víctimas del odio, del terrorismo. Hoy, sus historias son una lección  contra el olvido. Por Steffen Gassel y Michael Streck / Fotografía: Monika Fischer y Mathias Fraschler

¿Cómo afrontan el día a día los supervivientes de un atentado terrorista? ¿Cómo miran al mundo y a sí mismos? ¿Qué enseñanzas han extraído? ¿Y qué podemos aprender nosotros de ellos? Este reportaje es una mirada a quienes sufrieron el terrorismo en sus propias carnes y sobrevivieron. A quienes tienen que lidiar con las secuelas mucho después de que los atentados hayan desaparecido del foco de la actualidad.

Nuestro trabajo comenzó con unos cuantos kilos de material recopilado en los archivos de prensa. Rastreamos cientos de artículos en busca de pistas que nos permitieran localizar a los supervivientes. Nos costó mucho encontrarlos. Es comprensible: las personas que resultan gravemente heridas y que tienen que luchar por su vida no dan entrevistas. Además, muchos supervivientes evitan la luz pública por motivos personales que hay que respetar sin hacer preguntas.

Con el apoyo de asociaciones de víctimas y a través de otras vías, algunas de ellas bastante tortuosas, contactamos con supervivientes de atentados en Alemania, Francia, Gran Bretaña, Noruega y España. Casi todos se mostraron dispuestos a hablar con nosotros. Algunos de ellos contaban su historia por primera vez. Fue nuestra intención de poner el foco en «vivir tras sobrevivir», alejado del ritual periodístico del artículo en el aniversario de cada atentado, lo que los convenció para abrirse.

Las personas con las que nos reunimos nos hablaron de una forma tan conmovedora como impactante de su lucha para retornar a la vida. Sus palabras resultaban desasosegantes, a menudo también cargadas de sabiduría. Muchas de las víctimas alertaban del peligro de la creciente polarización en las sociedades europeas. Y del olvido buscado con el que siempre nos enfrentamos al terrorismo.

Hoy, los atentados terroristas son uno más de los riesgos habituales en nuestras vidas, según razonaba el abogado de la agencia de viajes alemana TUI, que se resistía a pagar indemnizaciones a los supervivientes tras el atentado en Yerba (Túnez) en 2002. Este fatalismo en la relación con la barbarie se ha extendido. Y es peligroso como un incendio.

LONDRES, ESTACIÓN DE METRO DE EDGWARE ROAD/ 7.7.2005

Los supervivientes de los atentados más brutales perpetrados en Europa 2

Daniel Biddle, 39 años: “Todos los actos terroristas están condenados al fracaso: solo logran reforzar nuestra fe en la libertad”

Daniel Biddle pensaba cogerse ese día libre por enfermedad, pero al final fue a trabajar. Además, se pasó su parada de metro y tuvo que seguir un itinerario distinto al habitual. Dos coincidencias fatales que lo llevaron junto con un terrorista con mochila bomba. Esa mañana murieron 52 personas  y más de 700 resultaron heridas. Daniel Biddle sobrevivió, pero perdió las piernas y estuvo 51 semanas en un hospital. Hoy vive en Gales con su mujer y echa de menos dos cosas: la espontaneidad y jugar al fútbol.

PUENTE DE LONDRES/ 3.6.2017

Los supervivientes de los atentados más brutales perpetrados en Europa 1

Marine Vincent, 37 años:”Me gustan mis cicatrices. Son parte de mi historia. He aprendido que soy más fuerte de lo que pensaba”

Marine Vincent estaba sentada con una amiga delante de un café cuando varios islamistas empezaron a acuchillar a gente por la calle. De pronto, uno de ellos se va a por su amiga y, cuando Marine intenta ayudarla, también recibe una puñalada. La escena dejó 8 muertos y 48 heridos. Marine Vincent pasó varios días en coma y, desde entonces, esta farmacóloga se considera una víctima de guerra. «Me gustaría saber sus motivos, aunque seamos incapaces de entenderlos

NORUEGA, ISLA DE UTOYA/ 22.7.2011

Los supervivientes de los atentados más brutales perpetrados en Europa 6

Tarjei Jensen Bech, 27 años: “Oía su respiración. Sus pasos. Luego, su voz. ‘¡Hoy vais a morir, marxistas!’. Lo repetía una y otra vez”

Tarjei Jensen Bech, estaba dormido en su cabaña y lo despertaron los disparos. «Petardos», pensó. Entonces lo vio: un tipo rubio con uniforme de policía caminando por el campamento  en la isla de Utoya y disparando. Avisó a sus amigos y echó a correr. Bajó por una pendiente y se lanzó al agua. Una bala le alcanzó en la pierna. Murieron 69 personas, 66 resultaron heridas y otras 650 quedaron traumatizadas. Tarjei Jensen es hoy vicegobernador de la provincia de Finnmark y lucha contra el odio y el racismo. La pierna le sigue doliendo cada día.

MADRID, ATOCHA/ 11.3.2004 // AEROPUERTO DE BARAJAS/ 30.12.2006

Los supervivientes de los atentados más brutales perpetrados en Europa 4

Luis Ahijado, 39 años, y su madre, Paloma Roque Morales, 55:  “No nos vamos a recuperar nunca. Ni con psicólogos ni con pastillas ni con nada. Han pasado muchos años y seguimos sufriendo”

El destino, y esto es aplicable a todas las víctimas del terrorismo, puede ser cruel. Pero es especialmente cierto en el caso de esta familia que sufrió dos atentados en el espacio de dos años. Luis Ahijado resultó herido de gravedad en uno de los ataques islamistas que tuvieron lugar en los trenes de cercanías de Madrid en marzo de 2004; su madre, Paloma Roque Morales, sufrió el atentado de ETA en el aeropuerto de Barajas dos años más tarde; salió físicamente indemne. Mentalmente no.

Luis quería ser bombero, pero hoy trabaja como director y fotógrafo. Dice que a él no le han quedado secuelas psicológicas. Su madre, que trabajaba en el aeropuerto Adolfo Suárez, sigue de baja. Y siempre que algún terrorista detona una bomba o dispara a alguien en algún lugar del mundo, en su cabeza se pone en marcha la misma película. Todo vuelve a ser como aquel 11 de marzo de 2004 cuando Luis se subió al tren y una bomba explotó en la estación de Atocha, cuando su mandíbula se quebró y su rostro se quemó. Fue el único superviviente de su vagón. Aquel día murieron 193 personas y otras dos mil resultaron heridas. Cuando Luis llegó cubierto de sangre al hospital, una mujer se tapó los ojos con el periódico. En ese instante intuyó el terrible aspecto que debía de tener. Y siguieron unos dolores insoportables, cuando los médicos le limpiaron la cara con un cepillo para que la piel cicatrizara mejor… Aquellos dolores los sigue teniendo su madre grabados en la memoria como si se hubiese tratado de sus propias mejillas.

Los tímpanos de su hijo siguen afectados. «Tengo que ducharme con tapones, tengo que ir a la piscina con tapones, tengo que ir a la playa con tapones». Luis prefiere pagar ese precio, no quiere volver a operarse porque, en una de las muchas intervenciones quirúrgicas a las que se sometió, la anestesia no funcionó correctamente y estuvo consciente mientras los cirujanos le cosían. Desde ese día le da miedo que lo anestesien. Y lo que quiere por encima de todo es vivir. «No lo veo como una segunda vida –dice, como si hubiera vuelto a nacer–. Siempre he querido vivir a tope porque pienso que vida hay una y ya está, no hay más». A Luis no le han quedado secuelas, a diferencia de su madre. Las heridas interiores de Paloma siguen sin estar curadas.

Una familia, dos atentados. Los compañeros de trabajo de Paloma sabían lo que le había pasado a su hijo, así que, cuando se produjo la explosión, la sacaron enseguida del edificio del aeropuerto. Durante un tiempo creyó que había superado ese terror por duplicado, pero años más tarde, cuando se fueron sucediendo los atentados en París, Niza o Barcelona, se dio cuenta de que no era cierto. Sigue sufriendo ataques de pánico, ya no puede montar en tren ni en avión y apenas sale de casa. Paloma no quiere perdonar, sigue sintiendo mucho odio hacia los terroristas. Como madre de una víctima del terrorismo y luego víctima ella misma, dice: «Todo lo que hemos tenido que pasar… no sé qué les haría, pero les haría algo, que sus madres lloraran por ellos, como otras madres y otras familias llevan llorando desde hace muchos años».

NIZA, PASEO MARÍTIMO/ 14.7.2016

Los supervivientes de los atentados más brutales perpetrados en Europa 10

Hager ben Aouissi, 34 años, con Kenza, de 6. Kenza me dice: ‘Mamá tiene poderes mágicos. Ganó al camión’. Pero desde aquel día piensa que solo  la puedo proteger yo”

Los fuegos artificiales de la fiesta nacional francesa acababan de terminar cuando el terrorista dirigió el camión de 19 toneladas contra la multitud del paseo marítimo. Hager ben Aouissi se lanzó a cubrir con su cuerpo a su hija, de 4 años. Fueron arrolladas, pero salieron prácticamente indemnes. A su alrededor había 86 personas muertas y otras 450 heridas. Desde aquel día, la pequeña tiene pesadillas. Solo consigue quedarse dormida en la cama de su madre. Cuando oye el ruido de un camión, se hace pis encima.

PARÍS, SALA  BATACLÁN/ 13.11.2015

Los supervivientes de los atentados más brutales perpetrados en Europa 9

Noumouké Sidibé, 41 años:”El piso del que salieron los terroristas está solo a cinco minutos del mío. Es algo que todavía me supera”

Tres terroristas abrieron fuego contra los asistentes al concierto.  Las salidas estaban cerradas. El jefe de seguridad de Bataclán desplegó una escalera de incendios a la izquierda del escenario. Aquella escalera fue la salvación para más de 50 personas. Francia aclama a Noumouké como a un héroe, pero él todavía no ha superado el trauma de aquella noche, con 90 muertos y 99 heridos solo en el interior de la sala. Hoy sigue de baja, aunque colabora como voluntario con los jóvenes de un club de fútbol.

INGLATERRA, MANCHESTER ARENA/ 22.5.2017

Los supervivientes de los atentados más brutales perpetrados en Europa 5

Adam Lawler, 17 años:  “He ganado yo. Hemos ganado todos nosotros. Tú has perdido. Te haremos un corte de mangas. Como sociedad. Y como ciudad”

Lo que más llama la atención de Adam Lawler, que acaba de cumplir los 17 años, es que no habla como el típico adolescente. Se expresa con énfasis y claridad, sus frases suenan pulidas, todas ellas. Adam tenía 15 años cuando, como consecuencia de un atentado suicida durante el concierto de Ariana Grande en el Manchester Arena, la vida de su novia, Olivia Campbell, llegó a su fin y la suya cambió. Él acabó con heridas graves; las piernas, rotas; el lado derecho del cuerpo, marcado por los impactos de la metralla. Un fragmento de metal le alcanzó el ojo derecho. La operación a la que fue sometido días después duró diez horas.

Su madre dice que, desde entonces, Adam tiene días buenos y malos. El día que hablamos con él es uno de esos a medio camino entre bueno y malo. Adam toma asiento en la habitación de hotel donde hemos quedado para la entrevista. Está algo cansado del instituto, dice. Tiene problemas para dormir. Adam no habla del atentado ni de lo que ocurrió esa noche. «Odio aquel día», asegura. Sí relata el momento más duro de todos, cuando comprendió que Olivia estaba muerta y que tenía que asumirlo. «’Ya está, esta es mi vida ahora’, me dije. Olivia no va a volver, se ha ido. Su espíritu y sus recuerdos siguen ahí, pero nunca volveré a verla. Me di cuenta de que no había podido despedirme de ella».

Tras el atentado, pasó varias semanas en el hospital. Cuando le dieron el alta conoció a su ídolo, Liam Gallagher, el antiguo cantante de Oasis, un verdadero icono en Mánchester. En los días que siguieron al atentado, la gente se reunía en St. Ann’s Square –una plaza en el centro de la ciudad–, llevaba flores y cantaba un clásico de Oasis, Don’t look back in anger, ‘No mires atrás con ira’.

Adam cree que el atentado ha cambiado a la ciudad de una forma positiva. Percibe una mayor unión entre la gente. «Ahora somos una sociedad más fuerte que antes. Mánchester siempre ha sido genial, pero ahora es todavía más grande». Lo único es que, a diferencia de lo que dice la canción de Oasis, él no es capaz de mirar atrás sin ira. «Me he vuelto más cínico. Siempre había creído que era posible vivir en un mundo bueno, libre, que era algo factible, que se podía alcanzar. Ya no lo creo. El realismo ha sustituido al optimismo. El realismo, a veces, es sombrío. Pero también muy hermoso», dice.

Algunos días, sus pensamientos también son sombríos. En esos momentos, lo que más le gustaría sería poder matar al terrorista otra vez. Lo considera «un monstruo, una bestia, una infección, una enfermedad». Pero al final siempre se acaba diciendo que el tipo aquel ya está muerto y que él, Adam, está vivo. «Esa es mi satisfacción personal».
También cree que la sociedad podría aprender mucho del terrorismo. «Sal y diviértete. Disfruta la vida porque nunca sabes cuándo te va a llegar el último día. Abraza a las personas a las que quieres y diles que las quieres, que lo son todo para ti». Adam vive con su madre en Tottington, al lado de la gran metrópoli del norte de Inglaterra. Es un buen estudiante. En algún momento del futuro, cuando todo esté superado, le gustaría trabajar en la radio.

BERLÍN, BREITSCHEIDPLATZ/ 19.12.2016

Los supervivientes de los atentados más brutales perpetrados en Europa 7

Russel Schulz, 74 años: “Lo que ocurrió es terriblemente injusto. Ni Las personas que perdieron la vida merecían morir ni los supervivientes merecíamos sobrevivir”

Su nombre podría haber sido uno más de los que están grabados en los escalones de la iglesia Káiser Guillermo en recuerdo del atentado. «Russel Schulz, Estados Unidos». En su lugar figura el nombre de su amigo Peter, con el que había quedado para tomarse un vino. En los escalones de la iglesia también figura el de la mujer que estaba sentada a su lado. Y el de otras diez personas más.

Eso es lo que le corroe por dentro. No solo el miedo que le provocan los ruidos intensos. No solo los arrebatos de llanto que le asaltan repentinamente. No, es esa survivor’s guilt, como él dice, la ‘culpa del superviviente’. La sensación de culpabilidad que produce seguir vivo mientras otros están muertos. «¿Por qué yo salí de entre los restos del mercadillo de Navidad con una herida en la mano mientras mi amigo Peter, que hasta hacía solo unos instantes reía sentado ante mí, yacía muerto bajo las ruedas del camión?». Esta pregunta lo llevó al borde de la desesperación. Hoy dice: «He dejado de intentar entender por qué pasó lo que pasó. Tenemos que aceptarlo. Y seguir adelante». Mucha gente lo ayudó a no perderse en los meses y años que siguieron. Su familia y un montón de personas desconocidas, cuyos pequeños gestos tanto significaron para él. La Policía que lo tomó del brazo tras el atentado. La funcionaria que lo llamó para decirle que se le había concedido una indemnización. «Es una gota en el desierto, lo sé», le dijo ella. Él respondió: «No. Hablar con usted es muy importante para mí».

A Russel Schulz, berlinés por elección, le gustaría que de aquella catástrofe creciera algo bueno, algo más allá de la pena y el dolor. «De aquella experiencia de haber estado a punto de perderlo todo nace la libertad –dice–. Ya no piensas como antes. Muchas de las cosas que antes simplemente me gustaban ahora he aprendido a valorarlas de otra manera».

Cada cuatro o cinco semanas visita el escalón donde está grabado el nombre de su amigo Peter. «Es mi pequeño peregrinaje –dice–. El terrorista quería destruirnos. Quería destruirme. Esa era su intención. Pero falló. No destruyó Berlín. Ni la cultura. Ni las cosas que amamos. Nosotros seguimos adelante. Ha perdido él».

PARÍS, LA BELLE ÉQUIPE/ 13.11.2015

Los supervivientes de los atentados más brutales perpetrados en Europa 8

Grégory Reibenberg, 49 años: “A mí no me alcanzó ninguna bala. Estoy vivo. Me digo: ‘Sonríe. Ponle una sonrisa a la vida’. Cargar con una herida y aun así sonreír, sí, es posible”

La terraza de su brasserie, La Belle Équipe, en el Distrito 11 de París, estaba abarrotada cuando los terroristas saltaron del coche y empezaron a disparar. Veinte personas murieron ante sus ojos. Entre ellas, Yamila, la madre de su hija de 8 años. Hoy, Tess tiene 11 y cada vez le recuerda más a su madre. Cuando la ve dormir. Cuando se pone los zapatos y la ropa de Yamila. A veces le cuesta ser fuerte, pero siempre se recompone. Por su hija.

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