Qué difíciles son de contentar

Pequeñas infamias

Haidy Mansfield es una defensora del medioambiente con miles de fans en las redes. Su labor de un tiempo a esta parte ha consistido en poner en marcha una campaña destinada a rescatar gallinas enjauladas y promover un modo más ético de producir huevos. Haidy, que poco antes había renunciado a su exitosa carrera profesional para dedicarse a salvar aves, se sorprendió gratamente al ver que la foto que colgó en su página de Facebook y en la que aparecía con dos de sus gallinas, Belle y Fleur, cosechó en un solo día más de veintiún mil likes. Sin embargo, de inmediato apareció también un ejército de detractores dispuestos a trolear su página. La señora Mansfield tiene en su casa de Dorset un paraíso avícola. A diferencia de sus desdichadas hermanas que son obligadas a vivir día y noche bajo un potente foco que estimula su capacidad ponedora, Belle, Fleur y otra docena de felices gallinas campan a sus anchas picoteando aquí y allá, degustando deliciosas y tiernas lombrices. Ha sido esta idílica situación ‘gallinil’ la que ha atraído las iras de no pocos veganos extremos que acusan a Mansfield de «promover un estilo de vida perverso al recomendar en Facebook que se compren huevos de granjas éticas como la suya». «Comprendo su punto de vista –ha intentado disculparse la señora Mansfield–, ellos me ven como alguien que perpetúa la salvaje costumbre de alimentarse de ‘cosas vivas’. Pero yo lo único que digo es que, si alguien va a consumir huevos, por lo menos que provengan de un ambiente ecológico». Como esta explicación no pareció apaciguar a sus detractores, que siguieron troleando furiosamente sus posts, Haidy volvió a escribir aún más contrita: «No quiero ofender a nadie. Sin embargo, existe una facción de la sociedad vegana que ha decidido sabotear cada mensaje que cuelgo y sin duda sabotearán también este. Parece como si no les importara menospreciar e insultar a personas que eligen libremente consumir huevos y que, haciéndolo, apoyan mi deseo de lograr que se ponga fin al cruel cultivo de gallinas ponedoras en jaula. Lo único que pretendo –añadió– es mostrar a la gente que puede hacer elecciones más éticas a la hora de comprar huevos». Por fortuna, y de momento, las gallinas de Haidy Mansfield siguen saboreando jugosas lombrices, ajenas a la polémica ética que han suscitado. ¿Afearán estos veganos tan levantiscos también la costumbre de Belle y Fleur de comer seres vivos, carne roja, nada menos? ¿Se presentarán en la granja para hacer pintadas y escraches: «¡Fuera huevos, aunque sean ecológicos!»? Me tiene fascinada esta noticia por lo sintomática que resulta. Yo hubiera pensado que alguien que elige no alimentarse de animales –una elección que me parece muy respetable, loable incluso– estaría encantado de que otros se dediquen a salvar a las gallinas ponedoras de su triste destino. Pero no. La ‘modernez’ hace que uno ya no consiga contentar a nadie, ni siquiera a los más afines a su modo de pensar. A este grupo de veganos –que (me apresuro a señalar, no sea que me troleen también a mí) no representa a todos los veganos– no les ha dado por vilipendiar las granjas avícolas y sus crueles métodos de producción. Han ido contra alguien que ama y respeta la naturaleza tanto o más que ellos. ¿Por qué? ¿Será porque no se atreven a enfrentarse a un adversario mucho más poderoso que ellos? No lo creo. Una de las virtudes de Internet es que, más fácilmente que nunca en la historia, David puede hundir, cuando no masacrar, a Goliat. Me inclino, por tanto, a creer que tanto cacareo indignado obedece a un fenómeno psicológico que se cumple a rajatabla. Si la señora Mansfield fuera española, tal vez podría describir lo que le ha pasado diciendo eso de «no hay peor cuña que la de la propia madera». Si se dedicara a la vida pública, quizá echaría mano de cierta frase que unos atribuyen a Andreotti y otros a Churchill: la que señala que en política hay amigos, íntimos amigos, conocidos, adversarios, enemigos, enemigos mortales… y correligionarios. Desde luego, la gente qué difícil es de contentar hoy en día y, si es de tu misma cuerda, ya ni te cuento.