Camino de Córdoba

Mi hermosa lavandería

Mi hija insiste en que escuche al rapero que acaba de morir, Mac Miller, y le digo que no me gustaba su cara. Que me recuerda las caras de los que van a First Dates a buscar el amor y se muestran superbordes y se quejan de todo y miran a la persona que les ha tocado con una expresión cercana al asco. Vuelve a insistir: «Mamá, que sé lo que te gusta y te va a gustar». Le digo que no sé yo, que el rap no es para mí, que no me gusta escuchar canciones donde la palabra motherfucker sale en cada verso. Que además, ahora que se ha muerto, me parece un poco raro ponerme a escucharlo, que era el novio de Ariana Grande y que Ariana Grande, a mí, pues… Mi hija suspira con resignación. Mañana salgo muy temprano en tren hacia Córdoba a participar en una mesa redonda en un congreso cuyo enunciado es tan amplio que no habrá por dónde empezar: el desorden del mundo. Y después de Córdoba voy a Segovia; y al día siguiente, a Madrid; y al otro, a Donosti; y al otro, ya prefiero no pensarlo. Hay un aprendizaje que no consigo domesticar, aunque estoy en el camino: el de decir que no a personas amables y bienintencionadas que organizan simposios para discutir sobre el mundo que nos rodea. Por mucho que insista en que no tengo absolutamente nada nuevo que decir, siguen invitándome y enfadándose cuando digo con toda la educación de la que soy capaz que no, muchas gracias. Pero es que cada vez que me encuentro en una sala o auditorio con un público expectante, por mi cabeza pasa esa cita de John Berger: «Sólo los predicadores están enamorados de su propia voz». Y yo no lo estoy. Más bien mi voz me aburre. Y sólo soy capaz de expresar bien un concepto: mi absoluto desconcierto sobre el orden del mundo.

Mi hija me ayuda a hacer la maleta: en realidad la hace ella, porque sabe hacerlas muy bien, mientras yo intento decidir qué libros me llevaré para el camino y para las noches de hotel que me esperan. ¿Me llevo La muerte del comendador, de Murakami? No, porque lo terminaré en el tren, que me conozco. ¿Me llevo Confabulaciones, de John Berger? Sólo cien páginas. ¿Una biografía de Kissinger? Se me caerá de las manos. ¿Los diarios completos de Sylvia Plath? Pesan tres kilos y medio. Sí: acabo llevándomelos todos. Nunca se sabe las horas de espera que me esperan en aeropuertos y estaciones y salas de reuniones. Y por la noche, sin libros en la mesilla de noche, las habitaciones, no importa de qué hotel, son feas, gélidas e inhumanas.

En el taxi a la estación, me acuerdo de las dos cosas fundamentales que he olvidado: los regalos para una amiga que espera un bebé, a la que tenía que ver en Madrid. Una vez más, me presentaré con las manos vacías ante ella. Este olvido me fastidia porque era la única cosa que me gustaba de este viaje, la posibilidad de verla y darle los regalos que llevaba semanas comprando para cuando la viera.

Ya en el tren, que va a tope, como van todos los trenes los sábados por la mañana, abro el ordenador para escribir este texto, pero antes descargo una compilación de Imprescindibles de Mac Miller. Y, como siempre, mi hija tiene razón.