Distinguido doctor

Palabrería

Mandril. El joven político de provincias era una promesa malcriada por la dirección del partido. Muy activo en las juventudes de la organización –el término ‘juventud’ era de una cómica elasticidad, ya que algunos de los activos tenían barbas de matusalén–, a donde llegó con chaqueta y corbata a la edad del pantalón corto. Lo habían educado para flotar en las aguas fétidas y, algún día, estar en disposición de liderar el partido, disputando el cargo a otros cachorros igual de fieros. Había sido diputado en el parlamento regional, donde mostró colmillo y lealtad en un par de comisiones, y maneras de mandril, imprescindible fogueo antes de arder bajo el fuego de cañón de las cortes estatales.

Quiebra. Se había licenciado en Económicas con notas al borde de la quiebra y habría entregado un currículo a sus mentores más manipulado que un coche para carreras ilegales. El trabajo de reponedor en un supermercado se había transformado en «analizador y ordenador de producto». La estancia en un campus informático durante diez días de verano, en «desarrollador de programas en condiciones adversas». La ayuda a los padres en la panadería los fines de semana, en «especialista en relaciones personales bien horneadas». Unos cursos de inglés básico ofrecidos en unas dependencias municipales, en «un competente conocimiento del idioma, especializado en lenguaje administrativo». La delgaducha licenciatura en Económicas fermentó hasta unos brillantes y sesudos estudios en Administración de Empresas, derivados de llevar la contabilidad de la tienda de pinturas de un tío.

Miope. Consiguió un escaño en el parlamento nacional, al que se presentó con falsas gafas de miope para remarcar la fama de sabio. El padrino político le aconsejó titularse como doctor o, al menos, aprobar algún máster que diera alegría de verbena al currículo. Una falsa moralidad comenzaba a desinfectar el partido, acribillado por denuncias de corrupción, así que el presidente de la entidad dio órdenes para vigilar, sin demasiado énfasis, más como acto de propaganda, la honestidad de los cargos, de los senadores y de los diputados.

Desafecto. Advertido de que tuviera cuidado a la hora de inventar, le recomendaron que se acercara a cierta universidad en la que facilitaban la vida a personas como él, de probada decencia, pero tan ocupados en salvar la patria de desafectos y traidores que no quedaba tiempo para el estudio. ¿Acaso los auténticos fieles no tenían derecho a ciertas facilidades para compensar los sacrificios? En el centro, seguía el consejero, le suministraría lo que precisara, un muestrario de trabajos con la misma variedad que el surtido de drogas cortadas que manejaban los camellos.

Imitación. Su asombro de recién llegado a la capital se multiplicó al pisar el campus, donde en los alrededores se extendían las mantas con los artículos de imitación. En este caso, los manteros, según le habían dicho, eran profesores de otros centros, que depositaban su mercancía de una forma precaria, siempre atentos a la llegada de la policía. Ojeó algunos ejemplares y le parecían burdos: fotocopias mal hechas, falsificaciones de baja calidad, con páginas enganchadas de otras tesis. El vendedor intentó un regateo, aunque él no picó. Le sonaba La riqueza de las raciones. ¿O de las ‘naciones’? ¿De Adam Smith? No estaba seguro. Entró en el edificio principal y encontró las máquinas de vending, con decenas de publicaciones a la venta.

Rúbrica. El mentor le había recomendado que fuera en busca de ‘pata negra’ y olvidara el chóped. Encontró a un vendedor autorizado que le puso sobre la mesa las últimas novedades. Le contó de qué iban, aseguró que eran originales y que los negros que las escribieron habían firmado un contrato de confidencialidad. El joven político compró un estudio bastante grueso, que incluía la documentación y un título con todas las rúbricas requeridas. Esa noche, al llegar a casa, modificó el currículo y añadió, agotado por el esfuerzo: Distinguido Doctor en Ciencias Económicas y Empresariales, tesis calificada con sobresaliente cum laude.