La izquierda madura

Artículos de ocasión

Una de las capacidades científicas de la democracia ha sido durante años la de moderar los extremos. La obligación de negociar y de acordar entre las diferentes fuerzas ideológicas, tarde o temprano, obliga a abandonar la radicalidad. Este invento de sociología política puede romperse cuando los que más sufren por esa obligada moderación deciden saltarse las reglas y echarse al monte. Estamos en ello, porque vamos de regreso hacia doctrinas que ya tiempo atrás fueron capaces de torcer los vínculos democráticos para someter a sus países a autoritarismos personalistas de cariz criminal. Entre todos los defectos del sistema democrático destaca su virtud de obligar a la negociación y permitir la alternancia en el poder. Pero conviene no olvidar jamás que la democracia no es posible sin altos niveles de educación, por lo que en el mismo momento en que se rebaja la prioridad educativa para ceder el puesto a la economía o la fuerza laboral el sistema se autodestruye. Porque es obvio que el empleo y la economía pueden funcionar bajo una dictadura con resultados correctos, pero la educación es lo que motiva a las personas para luchar por un valor mucho menos tangible llamado libertad.

Cuando surgió una nueva izquierda en España que atendía a la ira de muchos jóvenes al ver en peligro su futuro laboral, hubo algunos apuntes de radicalismo que ya era previsible que fueran aplacándose al formar parte del juego democrático. La vida parlamentaria provoca el roce y dicen los sabios que del roce viene el cariño. A todos nos encantó presenciar la solidaridad política cuando los hijos de Irene Montero y Pablo Iglesias nacieron prematuros y entender que la mano tendida de Pablo Casado hacia una experiencia que conocía servía también, en lo profundo, para hacer ver que aquellos destilados vitriólicos de la casta eran una pose sin ningún futuro. Más grave que los desbarres dialécticos era la consigna de una parte de esa izquierda española de defender con uñas y dientes el sistema de Maduro en Venezuela y el peronismo populista en Argentina. Como pasa cuando desde la derecha española se reivindica la llegada de Colón a América como un hito del liberalismo o el españolismo, sucede el mismo espanto mental cuando se trata de aplicar en Europa la consigna del radicalismo izquierdista latinoamericano.

De hecho, en el instante en que Maduro autodestruyó la divergencia política en el Parlamento venezolano con una reforma intolerable, fue bueno que la izquierda se distanciara de ese error. Quienes no lo hicieron cayeron en un error similar al de no asimilar que el nombre, por ejemplo, del sandinismo ande ahora en manos de sátrapas políticos en Nicaragua. Esa incapacidad para apreciar los tiempos políticos condena a la larga su hoja de trayectoria y concede a la derecha reaccionaria muchos valores de cambio y regeneración que no le pertenecen. Cuando estuve en Colombia o en Brasil durante sus últimas campañas electorales, pude comprobar que la mención a Venezuela era un veneno que dañaba de manera gravísima las opciones progresistas de izquierda. Tanto es así que resulta trágico ver que el continente americano gira hacia la derecha por la penosa influencia del caso venezolano. Es muy sencillo para los vecinos regionales apreciar el caos migratorio, el enfrentamiento nacional, el empobrecimiento de las libertades que el poder venezolano es incapaz de remediar. Aferrarse al poder no permite la alternancia básica que regenera la democracia misma para dotarla de futuro y se fomenta el golpismo, la otra maldición regional.

El avance de los discursos radicales de la derecha reaccionaria con su honda raíz de integrismo religioso y patriótico seduce a algunos de los que, en otro tiempo, fueron seducidos por el reverso de una izquierda más retórica que científica. El fracaso de un experimento suele provocar el cierre del laboratorio. Quienes vieron sufragados sus gastos por la potencia económica del petróleo venezolano creyeron que la negación de los evidentes errores que se estaban cometiendo en aquel país les garantizaba un nido confortable para experimentar. Pero ahora hemos visto que vuelve a suceder lo mismo, les ha estallado en las manos el combinado químico de sus teorías. Parece un juego de palabras fácil, pero el pensamiento de izquierdas, como todo pensamiento, precisa de un esfuerzo por volver a comprender las virtudes democráticas, algo tan sencillo como madurar.