Más vueltas en torno a la herencia

Artículos de ocasión

En la competición particular que sostienen varios partidos en España por demostrar que son más de derechas que el rival se gastan muchas palabras. Lo más costoso es que se exprimen los símbolos y las instituciones del país en un manoseo algo obsceno. Recuerda a esas parejas que cuando se ponen a discutir en pleno divorcio comienzan a adueñarse de los hijos, del esfuerzo hipotecario, de la televisión de plasma, del coche y de la mantelería. Esto es mío, se echan en cara uno al otro sin entender la complejidad de la vida en pareja, tan similar a la complejidad de la vida en comunidad. Se les perdona porque pugnan con todo derecho por un botín de votos. Pero, en la pelea, ha quedado casi sin comentario la propuesta de Ciudadanos de eliminar el impuesto de sucesiones. Según ellos, el tributo es un impuesto a la clase media. A toda prisa el PP también los apoyó en el Congreso, quizá porque sabían que la votación se perdería, por el momento. Aciertan al decir que el tributo por herencia castiga, y mucho, a la clase media. Pero se equivocan en algo más esencial. Si no castiga más a la clase alta, es porque encuentran atajos para eludirlo.

Los informes han detectado que las familias con más renta poseen una ingeniería fiscal sofisticada para reducir al máximo el pago de impuestos por herencia. Un rosario de asesores los advierte de la proximidad del pago y comienza el juego de cesiones en vida, cambio de nombre, rotación de propiedades, evasión vía empresas. Por desgracia, la Agencia Tributaria carece de medios, y quizá de impulso político, para frenar esta elusión fiscal de una élite. Sin embargo, la clase media española carece de recursos para plantearse una ingeniería así. Por todo ello, acaba por afrontar los impuestos sucesorios del piso heredado de unos padres ancianos recién fallecidos y piensa que el Estado le está robando algo que es suyo de todo derecho. Solo las personas con un talante más solidario entienden que el impuesto sucesorio es progresivo y, en su redacción actual, aumenta el gravamen a medida que aumenta la cantidad recaudada.

Ya otras veces hemos apuntado a la estupenda iniciativa estatal por la que una persona que detenta los derechos de autor de su progenitor músico o escritor pierde ese patrimonio al cumplirse setenta años de la muerte de aquel. Pasa entonces la propiedad a ser de dominio público. Esto se permite porque los perjudicados son artistas y sus hijos. Si esto le ocurriera a alguien con la casa de sus padres o la empresa del abuelo, tendríamos que escuchar los gritos hasta en las mezquitas. La OCDE ha señalado que España es el segundo país miembro de su organización donde mayores cantidades se heredan y, por tanto, uno de los que mayor desigualdad fomenta entre su sociedad. La consecuencia de no gravar estas herencias sería, por tanto, la contraria a la que proponen quienes hablan de suprimir el impuesto: aumentar la desigualdad social. Lo que es necesario es que el impuesto sucesorio sea igual entre todas las comunidades autónomas, tan necesario como el esfuerzo de ponerse de verdad a gravar a quien más tiene y conservar las ventajas tributarias de quienes menos tienen, como sucede ahora, pero bien ejecutado.

Pero hay otra cuestión más esencial. El millonario Bill Gates y su mujer, Melinda, declararon hace tiempo que no piensan legar a sus descendientes más dinero que una cantidad moderada. Pretenden con ello proteger a sus tres hijos de la depravada existencia de tantos ricos por herencia. Si a cualquier padre le preguntaras si prefiere que sus descendientes vivan de la herencia o, por el contrario, que sean capaces de labrarse la mejor vida posible por sí mismos, no tendrían duda de elegir lo segundo. Es el riesgo a ver a nuestros hijos padecer privaciones lo que nos hace ignorar ese ideal de vida para conformarnos con el atajo de dejarles a los descendientes la mayor cantidad posible y, en muchos casos, empujarlos a ponerse al frente de la empresa heredada, aunque quizá no sea la vocación de su vástago. La infelicidad ya sabemos que se fabrica a veces con las mejores intenciones. La herencia inmoderada es un error social, por más que ahora se utilice para arañar cuatro votos a costa del enfado comprensible que todos padecemos cuando nos toca pagar tributos fiscales al Estado.