‘Normal people’ no es una novela normal

Mi hermosa lavandería

Normal people, la nueva novela de Sally Rooney –la jovencísima autora irlandesa que ya sorprendió con Conversaciones entre amigos–, aparece ahora en las librerías y, antes de que la crítica la deconstruya y la califique y la desmenuce y la ensalce (lo van a hacer en su mayoría) y se convierta en un fenómeno interplanetario (ya están en marcha las adaptaciones cinematográficas), me gustaría contarles mis impresiones de ella, que pueden tomar simplemente como el testimonio de una lectora compulsiva que devora libros con el mismo fervor que el Cookie Monster ama las galletas. El testimonio, eso sí, de alguien que lleva leyendo desde que aprendió a leer por sí misma a los cuatro años, según la leyenda de mi familia, que yo no termino de creerme.

Vaya por delante que hacía mucho tiempo que no lloraba tanto con un libro. En los últimos años he leído buenas novelas, grandes novelas, novelas mediocres, inanes, irrelevantes, excelentes, pero puedo contar con los dedos de una mano las novelas que me han tocado la fibra, hasta el punto de que creí que quizás ya mi fibra había desaparecido. Cuando terminé Normal people, sentí el impulso de volver a leerla. Y lo hice y lloré aún más. Desde que terminé esta doble lectura, no dejo de preguntarme qué tiene este texto para conmoverme así. Los protagonistas de la novela, Marianne y Connell, tienen apenas trece años cuando empieza la novela; veintiuno, quizás veintidós, cuando esta se acaba. Son irlandeses. De clases sociales diferentes. Casi de planetas diferentes. No hay crímenes, ni mujeres en trenes o ventanas, ni asesinos en serie, ni intriga propiamente dicha, ni dragones, ni apocalipsis ni épica en esta novela. Marianne y Connell se acercan, se alejan, se aman, dudan, cada uno piensa que al otro no le importa lo bastante, se deprimen, sufren, gozan y el vals que nos narra Sally Rooney termina siendo una historia de amor cercana, honesta, pura y bellísima. No quiero contarles la trama porque la trama en realidad es lo de menos. Sólo puedo decir que, leyendo Normal people, volví a sufrir como cuando tenía catorce años, volví a ser la adolescente rara que leía Por el camino de Swan en la hora del patio en el instituto, volví a sentirme rechazada, juzgada, herida, vacía, abrumada y asustada, volví a ser la mujer que minimizaba las heridas y fingía ser valiente y capaz de afrontar la soledad y la angustia y el dolor, poniendo buena cara. La novela despertó a la Marianne que duerme en mí. Y también al Connell.

La lección de esta novela, al menos para mí, está muy clara: no existe el amor, sino las pruebas del amor, y ser mujer es llevar las de perder en el mundo y en el amor. Sólo cuando un hombre llega a entender eso, a entenderlo de verdad, a sentirlo como propio, las relaciones entre los hombres y las mujeres pueden dar un paso de gigante y ser vividas en igualdad. Mientras tanto, nos queda esta preciosa novela donde esa quimera parece posible.