Policía Militar, simpatía en el arcén

Palabrería

Tacataca. El día había sido largo, húmedo y fastidioso, zigzagueando por carreteras en la frontera entre el estado de São Paulo y Minas Gerais, en Brasil, en una furgoneta más incómoda que bailar samba con tacataca. Habíamos comido en un restaurante en ningún lado, Caminho das Gerais, donde la señora Irene dispuso un bufé al estilo minero, alimentado con fuego de leña, cuyas llamas calentaban el agua que, a su vez, mantenía las cazuelas a óptima temperatura. Los chicharrones eran crujientes y tentadores, y sorprendentemente deliciosa, la lasaña de banana. Ofrecían una feijoada light, concepto contradictorio pues quien se atrevía con esa contundencia ya aceptaba sus reglas. Era un restaurante muy sencillo que se alimentaba de viajeros despistados y no por ello la señora Irene escatimaba esfuerzos en agasajarlos.

Repecho. Con buen ánimo afrontamos el retorno a São Paulo, a dos horas y media de distancia, sin que la lluvia hubiera dejado de saludarnos desde las seis de la mañana. Al subir repechos, el estómago de la furgoneta hacía un ruido extraño. A una hora del destino, el vehículo se rindió y el chófer tuvo la amabilidad de detenerlo en el arcén al precario abrigo de los tráileres, que al pasar al lado acuchillaban el aire y recordaban los peligros de la inmovilidad. Quedarse clavado en la autopista Ayrton Senna, el legendario piloto de carreras fallecido en accidente, era una paradoja.

Patrulla. Lo inmediato era montar un operativo para rescatar a los pasajeros y al transporte averiado. El chófer se arriesgó a ser convertido en picadillo mientras se acercaba a la carrera a un punto kilométrico para dar referencia a los rescatadores. Estaba volviendo al frágil refugio cuando apareció una patrulla. A bordo, periodistas de cinco países y una funcionaria brasileña. Siendo extranjeros en Brasil –siendo periodistas extranjeros en el Brasil de Jair Bolsonaro–, el ver aparecer a gente armada no invitaba al chachachá, aunque la noche se aproximaba y las alarmantes luces del vehículo policial servían de aviso a los camiones.

Crepúsculo. Dieron la cara dos suboficiales sonrientes, uno ellos, con las facciones rejuvenecidas del actor Cuba Gooding. Se presentaron: Policía Militar. Al menos uno era sargento. Gorra, manga corta, arma reglamentaria, botas con brillos de sadomaso. Informados de lo sucedido, estaban dispuestos a la charleta mientras aparecían los taxis que tenían que sacar al grupo de allí. En el horizonte, un bello crepúsculo tras la última lluvia. Los agentes compartieron impresiones sobre el calor, el protector solar, la comida picante, se dejaron hacer fotos (¿qué poli permite sacar imágenes?), uno citó un verso de Pessoa y explicó que se había casado a los treinta años, el otro se interesó por la procedencia del pasaje.

Homófobo. En ese rondo, recomendaron a uno de los viajeros tener hijos. Al periodista catalán le inquirieron por la independencia. Fue desagradable el elogio a Bolsonaro –racista, homófobo, machista, ultraderechista– e incomodaron al preguntar a la funcionaria qué opinaba sobre el presidente electo. Temiendo agriar la visita a pie de arcén, ella se deshizo de la cuestión con gran elegancia. A ellos les parecía una noticia excelente.

Gatillo. Defendieron su labor de servicio público, proximidad y socorro. Se consideraban amables, ajenos a la violencia de otros cuerpos, aunque olvidaban las actuaciones represivas de los predecesores durante las dictaduras militares. Aquello parecía una operación de propaganda para proporcionar una imagen simpática de los de uniforme, porra y pistola. Era demasiado exagerado, teatral y dulzón, sobrepasando la cortesía debida. Tras aparecer los taxis y la grúa, convocaron a la comitiva en el cuartelillo a pie de autopista, donde ofrecieron café de termo. Después dieron la mano a cada uno de los salvados y montaron en el coche para continuar con la misión auxiliadora. En la noche cortada por los faros de los camiones, su sonrisa con gatillo era la del nuevo régimen.