Eliot y el roscón

Reinos de humo

Cada 6 de enero vienen los Reyes Magos y T. S. Eliot. Una vez me trajeron sus poemarios y desde entonces regresan sus versos, esos que empiezan diciendo: «En mi principio está mi fin» y terminan justo al revés: «En mi fin está mi principio». La Navidad marca como ningún otro fenómeno esa visión circular de la vida, las ilusiones de la conciencia y las perversiones del tiempo. Hoy empieza la felicidad de los niños que de nuevo corretean por la casa con sus juguetes recién estrenados y termina el asueto de los mayores que antecede al inicio del año y de eso que ayer llamábamos ‘futuro’. El roscón es el símbolo de la hora cero del 2019, un cero gigante. Termina un año y empieza el siguiente. No es solo un dulce para comer en compañía -nada hay más triste que comerse un roscón a solas-, sino un símbolo optimista, por su aroma a primaveral azahar, que forma parte de un rito más grande vinculado a la familia, ese artefacto humano en construcción que acaba siempre siendo el flotador, por más doloroso que resulte a veces. Me dicen que los confiteros y la industria tratan de ‘desestacionalizar’ el consumo de roscones para que se tomen durante todo el año. Dicen que no tienen que ser como las palomas bravías o los higos, frutos de la temporada, y que están tan ricos en enero como en abril, el mes más cruel, que también decía Eliot. Pero yo me niego a comerlo en verano. Hay cosas que prefiero en su sitio temporal, incólumes como un 6 de enero, que me den confianza y fe en el círculo de la vida, en el retorno de los buenos tiempos. Bastante tengo con el insondable mañana, lleno de elecciones autonómicas y generales, a cada cual más preocupante. Que Dios nos coja confesados y bien comidos en este año.