La estación de Perpignan

Mi hermosa lavandería  

Hay una frase de Dalí en la que pienso a menudo. Y con la que me identifico, hasta el punto de que una vez un periódico me la atribuyó, quizá porque en un texto que escribí no quedó suficientemente claro que yo no era la autora: «Soy capaz de proyectarme a mí mismo en mi pequeño cine interno y me libero a través de una salida secreta de los intentos de asediar mi propia alma». Recuerdo haber leído esa frase de adolescente y haber sentido con una claridad cristalina que el artista, cuya obra en aquel momento me dejaba indiferente, me hablaba a mí y sólo a mí. Dalí tiene textos así, pensamientos que saben expresar con poquísimas palabras ideas muy complejas, al lado de obviedades como la célebre sobre Picasso y él donde afirmaba que sólo los diferenciaba el hecho de que Picasso era comunista y él no.

Los trenes que unen Barcelona con París se paran un rato en la estación de Perpignan. Cambian las vías, las agujas, la velocidad, no lo sé exactamente. Siempre que cojo este tren, como supongo que a mucha gente le pasa, recuerdo el cuadro de Dalí, Estación de Perpignan. Como con tantas cosas relacionadas con él, nunca sabemos dónde empieza la verdad, la invención, la boutade o la mentira maquillada de verdad: él contaba que en este lugar se le ocurrieron sus ideas más geniales y que cuando intentaba enviar a Nueva York unos lienzos de gran tamaño este fue el único lugar desde el que pudo hacerlo. El cuadro, a su vez de gran tamaño, poco o nada tiene que ver con la estación o con Perpignan. En ambos extremos del cuadro, los campesinos del Ángelus, de Millet, esos que todavía no se sabe bien qué hacen, si rezar por haber sucumbido a la lujuria o, como otras versiones apuntan, rezar por el hijo muerto, cuyo pequeño ataúd fue suprimido por Millet en el último momento, antes de dar el cuadro por acabado. En el centro, Gala, emitiendo una energía dorada y algo maléfica; más allá, cuatro rayos luminosos convergen en Cristo en la cruz. Dalí es un maestro de la cortina de humo: cuanto más obvio parece, más se esconde, como si aplicara su argucia para ocultar sus faltas de ortografía (haciéndolo más aposta, para que pareciera que se pasaba la ortografía por el forro) en todos los niveles de su obra y de su vida. ¿Amó a Gala? O sólo jugó a amarla, conociendo su personalidad absorbente, dominante y posesiva para evitar amar a otras personas que podían decepcionarlo o desairarlo (Lorca, Buñuel…). Su bigote, su bastón, su barretina, su voz aguda, su declamación impostada crearon un personaje tan poderoso que hoy resulta imposible discernir dónde estaba el verdadero Dalí, la Avida dollars que no sabía mirar la hora, que, en palabras de Pepín Bello, era «asexuado como una mesa» y que, en su autodefinición, se creía mejor escritor que pintor.