Villanos de película

PATENTE DE CORSO

Me ha costado seleccionarlos, pero son ellos. Y no era fácil, porque la lista es larga. Surgió la otra noche, cenando con Javier Marías. Acabamos hablando de cine, como suele ocurrir, y seguimos haciéndolo mientras paseábamos hacia la Plaza Mayor y él fumaba su habitual par de cigarrillos. Villanos de cine clásico: los malos de película que en nuestra infancia fueron la primera visión del rostro del mal, y eso los convirtió en inolvidables. A medio paseo dije que iba a escribir sobre eso, y Javier se echó a reír y dijo que me mandaría una lista con los suyos, cosa que hizo al día siguiente. Setenta, juntamos entre uno y otro. Y aquí me tienen ustedes, cumpliendo. No caben todos, pero sí mis favoritos, que coinciden casi todos con los de él. Tal vez a alguno de ustedes no le suenen ciertos nombres, pero si teclea en un buscador de Internet verá sus fotos y los reconocerá al momento.

Mientras barajaba nombres los dividí en grupos. Eso no quita que muchos de esos actores puedan situarse también en otros. Incluso hicieron de buenos, como John Ireland, que era chachi en Espartaco y malo en Duelo de titanes. El primer grupo es el del western. Ahí hay villanos habituales indiscutibles, aunque mi grupo salvaje favorito lo constituyen Lee van Cleef (La muerte tenía un precio), Jack Elam (el tuerto de Encubridora o El hombre de Laramie) y Robert Wilke, la mirada más fría del Oeste en el estupendo blanco y negro de Solo ante el peligro. A ellos pueden sumarse con todos los honores Rodolfo Acosta, que se infló a hacer de mexicano malo y de indio todavía peor en películas de John Ford, y también Ted de Corsia, Leo Gordon y sobre todo Henry Brandon, inolvidable en sus papeles de Quanah Parker en Dos cabalgan juntos y jefe Cicatriz en Centauros del desierto.

Del Oeste, mediante un malo todo terreno como Dan Duryea (Winchester 73, La última bala) que también sobresalió interpretando a malvados de cine negro (La mujer del cuadro, El ministerio del miedo), podemos pasar a eso, al cine policíaco y criminal, recordando el brutal rostro de Neville Brand en la estupenda Con las horas contadas, al malevo y regordete Robert Middleton, a George Macready y su magnífica cicatriz en la cara (inolvidable enGilda), a Gert Fröbe, que tras ser supervillano en El cebo y Goldfinger rizó el rizo haciendo de malo en Chitty Chitty Bang Bang, y a Michael Madsen, cuya escena de tortura a un policía en Reservoir dogs lo sitúa en el Olimpo maloso cinematográfico, casi a la altura del gran Christopher Lee, uno de los más conspicuos villanos que en el cine han sido. Y entre los que sería injusto olvidar al formidable Erich Von Stroheim (Esposas frívolas me parece una obra maestra), a Sydney Greenstreet,  estupendo gordo en El halcón maltés Casablanca, y a uno de mis grandes favoritos, Peter Lorre, presente en esas dos películas y capaz de hacer de malísimo en El vampiro de Dusseldorf y de bueno en la extraordinaria La máscara de Dimitrios. 

Por supuesto, como el cine es el cine, hay malos del género negro que repiten sin complejos villanía en el histórico o en el western. Ocurre con Jack Palance («Un rostro que sólo una madre podría amar», dijo Elia Kazan), que con ese careto suyo casi siempre tenía que ser malo, desde Raíces profundas hasta Barrabás; o Henry Daniell, que lo mismo hizo de profesor Moriarty en tres películas de Sherlock Holmes que protagonizó uno de los mejores duelos a espada del cine (contra Errol Flynn en El halcón del mar), casi tan buenos como los que el enorme Basil Rathbone (el mejor Holmes de todos los tiempos y mi malo predilecto cuando hace de malo) ejecuta muy villanamente en El signo del Zorro, Robín de los bosques y El capitán Blood.

En fin. Se acaba la página y no caben muchos más, pero no puedo obviar a los villanos reciclados. Aquellos que tras hacer mucho de malvados acabaron interpretando papeles de buenos o se especializaron en personajes ambiguos, con un pie a cada lado de la justicia. De estos últimos, mi favorito es Arthur Kennedy (Murieron con las botas puestas, El hombre de Laramie). Y de los primeros, reverencio dos nombres fundamentales: Richard Widmark (de El beso de la muerte a Vencedores o vencidos) y ese extraordinario actor que fue Lee Marvin, capaz de hacerse matar por John Wayne siendo el perverso Liberty Balance, o de matar él a John Casavettes en Código del hampa («Ahora sé por qué no se defendió: ya estaba muerto») con la misma naturalidad que empleó para hacer de protagonista bueno en Los profesionales o Doce del patíbulo.

Y bueno, eso. De villanas y mujeres malas, si quieren, hablamos otro día.

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