Las plagas

Palabrería

Ozono. Cuando la capa de ozono se abrió como la coronilla de un monje y los científicos comenzaron a alertar –temprana-mente– del fin de los tiempos, los políticos decidieron concentrarse en una cumbre, que es como llaman a las reuniones de altura para decisiones de bajura. No dejaba de ser chocante que, para combatir los gases de efecto invernadero, los líderes del mundo viajaran en aparatos altamente contaminantes y que ellos mismos agravaran la situación con dosis masivas de C02, aunque solo fuera de un modo simbólico. Ninguno se planteó recurrir a la bicicleta o al velero para arribar al destino, entre otras cosas, porque se hubieran presentado con meses de retraso, o muerto en el camino al ser apeados de coches oficiales y edecanes. Tampoco habría pasado nada. Después de días, con el consabido gasto en organización porque todas esas personas viajaban con una tropa y necesitaban ser atendidas por un número superior de servidores y ocupaban hoteles y auditorios y salas y vehículos de gran cilindrada, pactaron –una vez identificado el problema– que lo mejor era dejar las acciones concretas para la siguiente cumbre.

Rompecabezas. Cuando los huracanes aumentaron su potencia y frecuencia y arrasaron islas y costas y llegaron mucho más lejos de lo que nunca habían llegado y dejaron tras de sí casas desmembradas y cadáveres destechados y un paisaje caótico como si se hubieran mezclado varios rompecabezas, los líderes del mundo decidieron que ya era hora de verse en una cumbre. Después de días de charlatanería, pactaron que lo mejor era dejar las acciones concretas para la próxima cumbre.

Primigenio. Cuando las lluvias torrenciales y destructivas –que reconquistaron las ramblas con ríos súbitos y caudalosos– dejaron paso a las sequías pavorosas que desertificaban amplias zonas de terreno para ser arrasadas a continuación por inundaciones y comenzar un ciclo maldito, los líderes del mundo decidieron que ya era hora de verse en una cumbre. Después de días de debates, pactaron que lo mejor era dejar las acciones concretas para otra cumbre.

Anarquía. Cuando los glaciares y los polos se derritieron y las placas de hielo navegaron por los océanos como barcos naufragados de antemano y los osos enflaquecidos tomaron el aspecto de seres humanos con abrigos blancos demasiado grandes y húmedos y el nivel del mar subió convirtiendo en inhabitables las ciudades costeras y se sucedieron las emigraciones y la consiguiente anarquía, los líderes del mundo decidieron que ya era hora de verse en una cumbre. Después de días de desavenencias, pactaron que lo mejor era dejar las acciones concretas para una nueva cumbre.

Menguante. Cuando la gente comenzó a fallecer ahogada por las complicaciones pulmonares derivadas de la contaminación y se multiplicaron las alergias y el aumento de la temperatura tropicalizó los nortes y los mosquitos que enfermaban se expandieron con la alegría del alimento sin fin y escaseó el agua y se originaron guerras por los recursos menguantes y las olas de calor pasaron como un rodillo por encima de las personas hasta aplastarlas y convertirlas en láminas de alquitrán y miles de especies desaparecieron en un truco de prestidigitador malo y el infierno se presentó en la Tierra, los líderes del mundo decidieron que ya era hora de verse en una cumbre. Después de días de broncas, pactaron que lo mejor era dejar las acciones concretas para una futura cumbre.

Climático. Cuando los líderes del mundo acordaron por fin las actuaciones concretas que debían detener o aminorar el cambio climático fue tarde. Porque no quedaba mundo. Ni pueblo al que liderar. La más letal de las plagas fue la estupidez humana, el no haber hecho nada cuando aún hubo tiempo para hacer algo.