Un donoso escrutinio

Animales de compañía

Me he embarcado en una de las labores más ingratas imaginables, la ordenación y expurgo de mi biblioteca, después de treinta años en los que los libros entraron en mi casa de los modos más diversos, algunos hijos de mis desvelos y pesquisas, otros llegados de aluvión, incluso de matute, como polizones indeseados que ahora amenazan con expulsarme a la calle. Siempre me ha llamado la atención, en estos casi cinco lustros de dedicación literaria, el empeño de muchos editores en enviarme libros que nada me interesan, sobre asuntos que jamás han requerido mi atención, o con enfoques por completo antípodas a los que defiendo. Así, por poner un ejemplo delirante, son muchas las editoriales que me han mandado a lo largo de estos años decenas de libros que exaltan las virtudes de la economía capitalista y de los desmanes antropológicos que ha propiciado (que en estos libros, por supuesto, se presentan como grandes avances de la Humanidad). ¿Me los mandarían con la esperanza de que les dedicara diatribas furibundas que redundasen en su publicidad? ¿O más bien porque, sin haberme leído nunca, pensaron que sin duda yo sería un gran paladín del capitalismo y sus destrozos? ¿O lo harían maliciosamente, aun sabiendo que no me haría eco de tales bodrios, por el gustazo de provocarme un berrinche? Es un misterio insondable.

Cuando abordamos la ordenación y expurgo de una biblioteca resulta muy instructivo (por revelador de las vanidades humanas) leer las frases ditirámbicas que casi todas las editoriales incorporan a la contraportada o a las solapas de sus libros. Cuesta imaginarse a un lector tan ingenuo como para tragarse esta alfalfa archisabida, recolectada lo mismo en tribunas esotéricas que en la prensa de mayor relumbrón. A veces, quienes recurren a esta munición atorrante de elogios son viejas glorias infladas de fatuidad, que –sabiendo que su prestigio está aupado sobre zancos de humo– necesitan apuntalarse sobre una catarata de paparruchas de lameculos que les doran la píldora, por llevarse alguna migajilla de su banquete; o bien sobre una catarata de paparruchas de otras viejas glorias, con las que se intercambian flores (según el do ut des del mamoneo), para asegurar el statu quo. Pero también recurren patéticamente a las frases ditirámbicas escritores desconocidos o postulantes, que reúnen juicios encomiásticos de su camarilla con la esperanza de embaucar a los ilusos. En cierta ocasión, comentando esta manía grotesca de las frases ditirámbicas en solapas y contraportadas, un editor me confesó sin rebozo (pero tal vez estuviese un poco piripi) que él siempre las solicitaba a sus autores; y que, en caso de que no las aportaran, él mismo se las inventaba, haciendo un refrito de frases ditirámbicas de otros autores de su catálogo. Me horrorizó tanto aquella confesión cínica que desde entonces evito incorporar estas frases a mis libros, que a mis ojos ya no son medallas, sino chafarrinones o gargajos sobre mis libros. Y ahora, mientras hago el donoso escrutinio de mi biblioteca, me desprendo de todos los libros acribillados de frases ditirámbicas.

Otra cosa que uno aprende ordenando y expurgando su biblioteca es que cada vez se editan los libros con papel de más baja calidad; y que cada vez son más las editoriales que apuestan por la conversión del libro en un objeto de consumo rápido (lo cual es tanto como apostar por su defunción). Resulta muy perturbador comprobar que muchos libros de mi biblioteca, adquiridos veinte o treinta años atrás, mantienen sus hojas todavía primorosas, blancas y primaverales como las flores del almendro; mientras que otros que incorporé hace menos de un lustro las tienen por completo amarillecidas, o más exactamente marronáceas, como una hojarasca polvorienta y hormigueante de ácaros, y tan quebradizas que si uno prueba doblar una esquina se queda con ella en la mano (y las partículas de papel desmenuzado atormentan nuestra pituitaria). Sorprende que en un tiempo en el que los editores tanto se quejan de las dificultades crecientes de su negocio se empeñen en utilizar un papel que se deteriora tan fácilmente, por ahorrar unos pocos céntimos en el precio. Las bibliotecas hechas al hilo de la vida exigen libros longevos que puedan seguir siendo leídos con gusto diez, veinte, treinta años después de su adquisición; y la conversión del libro en un objeto de consumo rápido, elaborado con un papel ínfimo y métodos de impresión lastimosos que manchan de tinta los dedos, no hará sino conspirar contra la supervivencia de los libros. Como, desde luego, conspira contra su permanencia en las bibliotecas. Sospecho que el cura y el barbero del Quijote habrían aplaudido mis criterios.