Cosas que nunca te dije sobre Tokio

Mi hermosa lavandería

Muchas veces me has preguntado, amigo lector, qué tiene Japón para gustarme tanto. Yo te respondo casi siempre con cuatro tópicos que te dejan tranquilo y que a mí me permiten reservarme cosas que he visto, vivido y sentido en este país que cuanto más conozco, más quiero. No te he dicho cuánto me gusta el letargo del desfase horario, que aquí adquiere la dulzura de las páginas de Yasunari Kawabata. Tampoco te he hablado del sonido furioso y constante de las cigarras en verano, que son capaces de hacerse oír hasta cuando llegas a la habitación del piso 32 de tu hotel. En la habitación: la disposición y forma de las toallas, una para cada parte del cuerpo. El ligero olor a menta y limón de las sábanas. La ventana que no se puede abrir y que en cualquier otro lugar del mundo sería claustrofóbica y que aquí es una pantalla silenciosa desde la que ver sin participar del estruendo de trece millones de almas respirando al unísono. La alegría desbordante e infantil de la gente comiendo en los izakayas. La elegancia del gesto de una mujer que se recoge la manga del kimono para servir sake en diminutas copas de cerámica negra mate. La cara intensamente triste de una adolescente vestida de rosa comiendo patatas fritas del McDonald’s con palillos en una esquina de Takeshi Dori. El color ligeramente ocre del arroz avinagrado que utilizan los maestros de sushi tradicionales. Los paraguas para protegerse del sol que llevan las mujeres de piel nacarada. Los cuervos. Los cuervos graznando por encima de los billones de cables que atan la ciudad como las cuerdas de las fotos de Araki marcando la piel desnuda de mujeres frágiles de mirada fiera. La piel gastada de las manos de un maestro de sushi amasando cada bola de arroz con aéreo gesto de prestidigitador. Las botas de agua de los cocineros de los puestos de ramen que derraman el líquido de la cocción de los fideos en el suelo. El olor dulzón y penetrante del curry japonés. Las mujeres que se tapan la boca cuando ríen. Las flores blancas que día tras día y año tras año coloca en la puerta de su bar diminuto en Koenji el dueño de un establecimiento enamorado de Francia. Las inmensas librerías. La gente que lee en el metro, en los cafés, en el tren, en los parques, en la calle. El orgullo de los ancianos dirigiendo el tráfico en los parkings. Los callejones de Shimokitazawa. La gente sentada en cajas de cerveza bebiendo cerveza en los callejones de Shimokitazawa. Los cafés donde sólo se escucha música clásica con altavoces de madera construidos a mano. Los canales secretos que cruzan la ciudad. Los bambús desmesurados que crecen a los lados de las autopistas. Los hombres que regalan ballenas hechas de origami a los turistas. La inmutable aceptación de que un día como hoy llegará el gran terremoto que acabará con todos los terremotos y todo esto será tan solo una colección de recuerdos empapados de melancolía.