Recuerdos de un filete

REINOS DE HUMO

Junto con la tortilla de patata, fue el protagonista de las comidas camperas de varias generaciones. Nada tan sencillo ni tan rico como un filete de ternera rebozado en huevo, pan rallado, ajo y perejil. Fue durante mucho tiempo el mejor recurso para resolver la comida de cualquier excursión o de una agotadora jornada de playa. Solución perfecta para las madres cuando en aquellos interminables viajes por carretera en ruta hacia la costa o el pueblo, a bordo de un utilitario en el que milagrosamente cabía una familia numerosa, había que hacer un alto para comer en cualquier rincón a la sombra junto a la carretera. Y tabla de salvación también para aquellos que volvíamos a casa tras una noche de fiesta. Los filetes fríos que se guardaban en la cocina, tapados con un plato, que entonces no existían ni los tupper ni el papel albal, reconfortaban el cuerpo y aligeraban los efectos del alcohol comidos solos o, aún mejor, en un bocadillo. Pan con pan. Ahora que en los hogares no se cocina, esos filetes empanados van desapareciendo. Como desaparecen de los restaurantes, donde apenas se encuentran ya en algunas veteranas y entrañables casas de comidas, reemplazados casi siempre por las inevitables hamburguesas. Seguramente ya es demasiado tarde, pero me van a permitir que reivindique esos filetes que tantas alegrías nos dieron a los que ya peinamos canas. Fríos y en bocadillo.