Ahora van a ser los ‘hippies’ los malos

Artículos de ocasión

Fue una coincidencia inesperada, pero el azar diseña su propio calendario. En el mismo fin de semana en que se estrenó la última película de Tarantino se festejaban los 50 años del festival musical de Woodstock. Y para terminar de redondear las coincidencias, en esos mismos días moría el director del documental de Woodstock, el nunca lo suficientemente reconocido D. A. Pennebaker. Y aún más. En el fin de semana fallecía Peter Fonda, impulsor, guionista y protagonista de la película Easy Rider, que precisamente representó el movimiento hippie durante el año 1969 que retrata Tarantino en Érase una vez en Hollywood. Todas estas coincidencias no significarían nada si la película de Tarantino no llamara la atención por la reiteración en el desprecio al movimiento hippie. Al contar la historia de un actor venido a menos protagonizado por Leonardo DiCaprio, cae en la tentación habitual de poner a un triunfador en la piel de un perdedor. Para interpretar a un actor en decadencia y lograr que haya verdadero dolor detrás de su mirada, es preciso que el actor conozca lo que significa que ya no suene el teléfono, que ya no llegues a fin de mes, que ya nadie te pida una foto, cuando has sido una estrella. He visto a muchos actores de éxito interpretar el fracaso en su profesión, pero no pueden evitar caer en la parodia sin dolor, en un humor sin carga de profundidad.

Mejor suerte que DiCaprio ha tenido Brad Pitt, cuyo papel de especialista menor demasiado aficionado a las grescas es una joya a la que saca todo el brillo que puede. Las mejores y más memorables secuencias de Érase una vez en Hollywood le tienen a él como protagonista. Es alguien que ha progresado mucho como actor y ha entrado en un gran momento, quizá añadidas las cicatrices de la vida y la edad a su atractiva planta de siempre. Pero a muchos espectadores les llamó la atención la insistencia algo demencial de Tarantino por identificar el movimiento hippie con la banda asesina de Charles Manson. Pareciera como si fuera más decente entonces haberse quedado con los matones conservadores, el agrio establishment de una Norteamérica violenta y autoritaria. Los asesinos eligieron precisamente a sus víctimas entre quienes llevaban una vida disipada y alegre. Eran más cercanos al verdadero hippismo los asesinados que sus verdugos.

Cuesta entender al día de hoy cómo se desprecia un movimiento pacifista que cometió miles de errores y reducciones al absurdo, pero jamás persiguió la violencia. El mejor ejemplo fue Woodstock. Una aglomeración humana sin parangón en la que todo salió mal, y sin embargo el espíritu de concordia venció sobre los elementos y el caos. La película de Pennebaker es ejemplar. No solo sigue siendo una gran película, es que, además, es la pieza más desconocida del aniversario. Ninguna tele corrió a programarla, cuando verla es toda una experiencia gozosa, algo que pasa con muy pocos documentales de entonces. Al contrario que la mayoría de documentales sobre música de hoy en día, género tan de moda, en Woodstock se respetan las piezas musicales, se permite oírlas en su integridad y se filma con tino el material de los artistas, en lugar de especular con su vida privada, sus goces o sus sombras.

En el momento en que Estados Unidos había convertido la juventud en una pesadilla, surgieron los insumisos. Sencillamente se negaban a participar en la matanza sin sentido de Vietnam. Preferían la música, el viaje, la convivencia pacífica y la experimentación con drogas. Se negaban a ser piezas de cambio en el progreso del capital. Por eso resulta tan injusto culparlos del crimen de Manson. Como se ha demostrado cuando ya fue machacado el movimiento hippie, la violencia y el asesinato forman parte intrínseca del modo de vida de los Estados Unidos, es una de las patas de su fundación y el empresariado armamentístico se dedica a nutrir el ansia de sangre de quien termina marginado, descolocado o frustrado. Sería horroroso que los jóvenes actuales fueran convencidos de que el hippismo, con todos sus errores demenciales, fue una sangrienta y caprichosa asociación de tarados. Con todos sus excesos, los excesos que vinieron después les hicieron buenos. Falsear la historia es divertido, salvo cuando salpica la verdad de los inocentes