Fogones apagados

Reinos de humo

Vivimos en un tiempo extraño. Dedicamos más tiempo a ver series sobre cocina y cocineros que a cocinar. En la época en la que la gastronomía está más de moda, los chefs son referentes sociales y los recetarios y los productos son más accesibles, preferimos comprar comida elaborada o directamente pedir que nos la manden a casa. Se calientan más los móviles que las sartenes. La mayor cadena de supermercados del país está poniendo patas arriba todos los suyos para adelantarse a la demanda y sustituir el espacio destinado al producto fresco y a las marcas blancas por comida ya cocinada para llevarse a casa o para comerla allí mismo, con lo cual también empiezan a competir con bares y restaurantes. Hablamos mucho de cocina, pero que cocinen otros. El sector de la comida a domicilio empieza a coger fuerza en España y esperan llegar a los novecientos millones de euros para el año que viene. Suma y sigue. Cocinar en casa amenaza con convertirse en una actividad esporádica y lúdica, una de esas que se hacen con familia o amigos algún fin de semana que otro. El pobre Michael Pollan, el periodista e investigador americano que lleva años defendiendo la vuelta a los fogones porque cocinar es lo que nos hace humanos y felices, debe de estar con un disgusto tremendo. Predicar en el desierto. Aquello de que preparar nuestra propia comida con ingredientes naturales es el acto más revolucionario de nuestro tiempo frente a las dinámicas consumistas de la gran industria pareciera más complicado de entender que la teoría de la relatividad. De seguir así, en una generación más habremos perdido el conocimiento básico para hacer una tortilla de patata. A mediados de siglo, saber guisar quizá acabe estando tan valorado como la física cuántica.