Miguel Gila nació hace cien años en Madrid y tuvo una vida como para echarse a llorar. Ingenioso y mordaz, sin embargo, convirtió sus penurias en humor y consiguió que se les saltaran las lágrimas de risa a varias generaciones de españoles. Un libro le rinde ahora homenaje. Por Raquel Peláez  y Carlos  M. Sánchez.

 ¿Está Gila? … que se ponga

“A veces cuento cosas que me pasaron en el frente, pero las cuento tal cual porque la vida misma tiende a ser delirante. Una vez, en Somosierra, entre varios del bando republicano arreglamos un partido de fútbol contra los del Ejército Nacional. Así que hicimos una tregua pequeñita y jugamos el partido. Ganamos por siete a cero. Ellos se enfadaron tanto que uno agarró su pistola y se lio a tiros, aunque por suerte no nos dio a ninguno. Broma, broma no es; porque nos podían haber matado. Pero algo de gracia tiene”.

El 12 de marzo se cumple un siglo del nacimiento del genial Miguel Gila (Madrid, 1919-Barcelona, 2001), el humorista que se inspiró en su propia vida y transformó la pobreza en esperpento y la guerra en surrealismo para alcanzar una de las cumbres de la cultura popular española del siglo XX.

miguel Gila madre infancia

Gila nació en 1919 en Madrid. su padre murió dos meses antes del parto. Su madre se casó poco después y él se crio con sus abuelos.

La editorial Blackie Books le rinde homenaje con El libro de Gila. Antología tragicómica de obra y vida, de Jorge de Cascante, que se publica en marzo.

«He contado la historia de mi vida muchas veces en forma de monólogo», reconocía. Fue una vida para echarse a llorar, como recoge el libro, pero consiguió que se les saltaran las lágrimas de risa a varias generaciones de españoles. Huérfano de padre; su madre, viuda muy joven, se vuelve a casar. Gila vivirá con sus abuelos paternos en una buhardilla minúscula que comparten con sus tres tíos solteros. «Me echaron del colegio a los 13 años, por travieso». A los 14 empieza a trabajar de aprendiz de mecánico. A los 17 estalla la Guerra Civil y se alista voluntario. «En la guerra hice de todo. Hasta me fusilaron…».

“En 1942 fui liberado y me obligaron a cumplir cuatro años de servicio militar. No hay nada más surrealista que combatir en una guerra y acto seguido tener que hacer la mili”

Fue el 6 de diciembre de 1938 cerca de Córdoba, donde lo capturan mercenarios del Ejército Nacional y es puesto frente a un pelotón junto con trece compañeros. «Estaba tan destruido de las heridas y el hambre, que solo quería que terminase ya –recordaba–. Nos fusilaron al anochecer, nos fusilaron mal. El piquete lo componían un grupo de moros con el estómago lleno de vino, la boca llena de gritos de júbilo y carcajadas, las manos apretando el cuello de las gallinas que habían robado. El frío y la lluvia calaban los huesos. Allí mismo, delante de un pequeño terraplén, apretaron el gatillo y caímos unos sobre otros». No hubo tiros de gracia. Gila, que no es alcanzado por las balas, se hace el muerto. «Por mi cara corría la sangre de aquellos hombres jóvenes. Por las manos de los verdugos corría la sangre de las gallinas que acababan de degollar. No puedo calcular el tiempo que permanecí inmóvil. Los moros, después de asar y comerse las gallinas, se fueron». Gila huye llevando a cuestas a otro compañero herido. Dos días después es internado en un campo de concentración.

Pasará después por varias cárceles. «En 1942 fui liberado. Al poco tiempo me obligaron a cumplir 4 años de servicio militar en Zamora. No se me ocurre nada más surrealista que combatir en una guerra durante años y acto seguido tener que hacer la mili». En 1944 contrae matrimonio con Ricarda, hija del dueño de la pensión en la que se hospeda. «Cuando le cuento a la gente que yo me casé porque en Zamora hacía mucho frío se piensan que les tomo el pelo, pero ese fue el motivo real de mi boda. Nunca hubo ni amor ni cariño».

“Pagábamos el café con un dibujo o un poema. Sobreviví gracias a Antonio Mingote, que me dejó quedarme en su casa y compartió conmigo lo poco que tenía”

Empieza a colaborar en Radio Zamora. «Anunciaba calcetines, jabones, sopas… radiaba partidos de fútbol, escribía guiones y hasta barría los pasillos». Publica viñetas en La Codorniz. Deja atrás a su esposa y vuelve a Madrid en 1951. Traba amistad con los artistas de la época. «Era gente pobre, como yo. Pagábamos el café con un dibujo o un poema. Sobreviví gracias a Antonio Mingote, que me dejó quedarme en su casa y compartió conmigo lo poco que tenía».

Ese mismo año actúa por primera vez de forma profesional interpretando una versión primigenia de su monólogo de la guerra. («Solo he traído una bala, mi sargento. Pero se me ha ocurrido que le puedo atar un hilo y así vuelve después de matar a alguien»). Es un éxito.

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Miguel Gila y Carmen Sevilla viajan a Sidi Ifni para animar a los soldados allí destinados

Se le ocurre emplear un teléfono como atrezo. Empieza a llamar al enemigo, al cura, a su esposa… Su fama se dispara y se entremezcla con una vida personal agitada. Tiene un hijo y una hija con la bailarina Carmen Visuerte. En 1961 comienza una relación con la actriz María Dolores Cabo, a la que permanecerá unido el resto de su vida y con la que tendrá una hija: Malena.

“Nunca quise quedarme en el cateto de la boina y el teléfono. Fui a cursos con Lee Strasberg, publico libros, estreno obras, estudio, escribo, me esfuerzo. Nadie me ha regalado nada”

En 1968 se exilia en Argentina. «Había un anuncio en la televisión que decía ‘España exporta calidad’. Así que decidí exportarme. Me marché por un sinfín de razones. Debía dinero, no soportaba más el ambiente de la dictadura, las multas de la censura…». Da cobijo en su apartamento de Buenos Aires a actores que tienen problemas con el Gobierno, como Héctor Alterio.

Miguel Gila historia vida

Vuelve a instalarse en España en 1987 convertido en un icono viviente, con su boina, su camisa roja y su traje negro. «Nunca he querido quedarme en el cateto de la boina y el teléfono, voy añadiendo matices todos los años. He asistido a cursos de interpretación con Lee Strasberg… Publico libros, estreno obras de teatro. Estudio mucho, escribo mucho, me esfuerzo. Nadie me ha regalado nada». Pasa a ser una presencia indeleble en televisión casi hasta su muerte, a los 82 años, a causa de una enfermedad pulmonar.

Con humildad, dejó escrito: «Debajo de la boina de cada cateto hay un filósofo escondido. Y esto lo sé porque yo soy un cateto más». Pero no, no lo era.

¿Está Gila?... que se ponga

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El próximo mes de marzo Gila habría cumplido cien años. Reunimos a cinco de nuestros mejores cómicos y admiradores, de quien hizo del teléfono un arma de diversión, para homenajearlo…

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