Con apenas 15 años comenzó a explorar el Nueva York de Andy Warhol, el Studio 54 y templos del punk como el CBGB. Allí, el joven LaChapelle profundizó en su sexualidad y creó sus primeras y oníricas fotografías en un mundo donde la heroína y el sida se llevaban por delante a sus amigos Por Fernando Goitia

David LaChapelle, el fotógrafo de las estrellas

Sobrevivió a todo ello entregado a la creación de un universo visual, colorista y delirante, poblado de fantasía, sexo, religión, sarcasmo y sentido del humor. Hoy, a sus 55 años, su inabarcable colección de retratos de celebridades lo han convertido en gran referente del arte pop del siglo XXI. Ahora dos libros, Lost + Found y Good news, reúnen sus retratos más celebrados

XL. Para usted, ¿estos dos libros son como una especie de álbum familiar?

D.L. Sí, porque sale gente que ha formado parte de mi vida y porque muestran mi propio viaje a través de la fotografía.

XL. ¿El título Lost + found (‘Perdido y encontrado’) se refiere a su propia vida?

D.L. De algún modo, así es, porque yo fui adicto al trabajo. Me exigía estar siempre en un mínimo de tres o cuatro proyectos: portadas, videoclips, publicidad, documentales; atento a lo que estuviera en boga. Tenía un miedo cerval a la irrelevancia. Acabé sumido en un desequilibrio que afectó a toda mi vida.

XL. ¿Ha conseguido superar esa adicción?

D.L. Bueno, sigo siendo bastante intenso y perfeccionista en lo que respecta a mi trabajo, pero sí, he mejorado [se ríe]. Recuerdo que, cuando mi madre se moría, me dijo: «David, jamás pierdas la luz». Nunca hablé con ella sobre espiritualidad, pero enseguida supe a qué se refería. La luz es el lugar donde te sientes bien, en equilibrio.

XL. ¿De dónde procede ese miedo a la irrelevancia?

D.L. De cuando trabajaba para Warhol en los ochenta. Me caló ver a tantos artistas que celebraban un minuto de fama y al siguiente eran olvidados. Crear es uno de mis grandes placeres y sería devastador no poder hacerlo. Por eso me embarcaba en todo lo que podía.

XL. Warhol fue su mentor. ¿Qué le debe?

D.L. Imagínate, él me abrió las puertas. Le abordé en un concierto y me dijo: «Tienes más pinta de modelo, pero pásate por mi oficina y enséñame tus fotos». Eso hice y me encargó un retrato de los Beastie Boys. Vivía con mi novio en un cuchitril sin calefacción ni teléfono, pero ¡trabajaba para Interview! Warhol, además, me enseñó a no distinguir entre alta y baja cultura. Fue el primero en verlo así.

XL. Usted le hizo su último retrato y fue su amigo al final de su vida. ¿Cómo recuerda aquellos días?

D.L. Muy tristes. Galerías y museos; el mundo del arte lo despreció. Un día fuimos a una fiesta y la gente me afeó haberlo llevado; procurando, además, que él escuchara sus comentarios. Y entonces se murió. El MOMA, que siempre lo rechazó, le dedicó el museo entero; todos decían que él era la quintaesencia de Nueva York y que era un genio. Todo muy falso y superficial.

XL. ¿Se siente uno muy solo cuando se alcanza la cima?

D.L. Sí, te puedes sentir muy solo si por el camino aparcaste todo en pos de ese objetivo. «Ya lo he conseguido. ¿Y ahora qué?». Ese vacío… Porque la vida es mucho más que eso. Dedico una sección de Lost + found, donde salen Amy y Whitney, a este asunto.

XL. ¿Cómo consigue que los famosos posen desnudos o de formas que no aceptarían con cualquier otro fotógrafo?

D.L. Con sinceridad. Procuro meterme en la piel del sujeto, hombre o mujer, y ahí surge la idea en mi cabeza, como una visión. Nunca les doy muchas pistas, solo digo que vamos a crear una imagen bella.

XL. Crear belleza es algo denostado por buena parte del arte contemporáneo…

D.L. Lo sé, pero a mí me gusta centrarme siempre en el lado luminoso de la naturaleza humana. Por ejemplo, en mi obra Rape of Africa (‘La violación de África’) usé a Naomi Campbell, bellísima, en vez de incluir una imagen con cualquiera de los horrores que aquejan a ese continente. Es una elección.

XL. ¿Se hace selfis?

D.L. Ni hablar. Ni selfis ni fotos con esos desconocidos que te asaltan y te agarran de repente. ¡Socorro!