Esta periodista alemana dio a luz a su bebé durante el año que estuvo secuestrada por terroristas en Siria. Embarazada de siete meses, Janina Findeisen entró en zona de guerra para grabar un documental. Una historia terrible, que ahora cuenta en un libro. «Sabía que, en caso de duda, mis captores me habrían cortado la cabeza delante de la cámara». Por Frederik Obermaier y Bastian Obermayer

Un periodista en el corazón del mal

Liberada en 2016, la periodista Janina Findeisen cuenta por primera vez todo sobre su cautiverio en el libro Mi habitación en la casa de la guerra. 351 días atrapada en Siria. «No pienso en aquel tiempo con rencor, aunque fue terrible. Siempre confié en volver a casa», dice. Y lo hizo, con un bebé recién nacido en los brazos.

XLSemanal. Volvió a Alemania hace dos años y medio. ¿Sigue pensando en su secuestro?

Janina Findeisen. Cada día. Es como un ruido de fondo, siempre está ahí.

XL. ¿Ha contado con ayuda?

J.F. Sí, he tenido una terapeuta excepcional, me puso en contacto con ella Reporteros sin Fronteras. Conoce muy bien Siria. Pero el efecto terapéutico de verdad lo ha tenido el libro que he escrito.

Siria

Combatientes del Frente Al-Nusra, asociado a Al Quaeda y descrito como “el más agresivo de las fuerzas rebeldes” en Siria

XL. ¿Por qué viajó a Siria en 2015, a un país sacudido por la guerra civil?

J.F. Estaba preparando un documental. Iba a tratar sobre una compañera mía del colegio, a la que llamaré Laura, aunque ese no es su verdadero nombre. Laura se sumó a la yihad hace unos diez años, lleva tiempo viviendo en Siria con sus tres hijos. Tuvimos una relación muy buena de niñas, nos conocemos desde primero.

XL. ¿De qué modo confirmó que su amiga del colegio se había unido a la yihad?

J.F. Me acuerdo muy bien de la primera vez que vi un vídeo de ella. Aparecía sentada en una silla, llevaba un cinturón con cartucheras y llamaba a la yihad.

“En Siria iba a entrevistar a una amiga de la infancia que se había unido a la yihad…”

XL. ¿Cómo planeó usted su viaje?

J.F. Fue idea de su madre. Llevaba años sin ver a su hija, quería conocer a sus nietos… Cuando supe de sus planes, decidí acompañarla. Quería entrevistarla y salir. También tenía una garantía de seguridad.

XL. ¿Una garantía de seguridad?

J.F. Sí, de Laura y de su grupo.

XL. ¿Sabía usted qué grupo era?

J.F. No. Ella había insinuado que había una vinculación con el Frente Al-Nusra, pero solo eso.

XL. El Frente Al-Nusra estuvo integrado en Al Qaeda. ¿Cómo era esa garantía de seguridad que le dieron?

J.F. Un correo electrónico. Laura me escribió diciéndome que no me harían nada. Que podía entrar y salir con total seguridad.

XL. Estaba embarazada de siete meses. ¿Entiende a quienes dicen que cómo se le ocurrió hacerlo?

J.F. Claro. Durante un tiempo, yo misma fui una de esas personas. Pero, precisamente por el embarazo, me sentía bajo presión. Quería contar la historia antes de dar a luz. No era consciente de que cometía el mayor error de mi vida.

XL. Su compañera de colegio había llamado a la guerra contra los infieles. ¿Seguía sintiendo que eran amigas?

J.F. Cuando viajé a Siria, ya no tenía la sensación de que fuese la misma amiga con la que iba al colegio a los 13 años. Nuestro comportamiento allí estuvo marcado desde el principio por la desconfianza: ella tenía miedo de que yo la traicionara y yo, de que ella me traicionara a mí.

siria

La amiga de la periodista Janina Findelsen se había unido a la yihad diez años antes. Vivíaen Siria y tenía tres hijos

XL. ¿Había estado antes en la guerra?

J.F. No, solo una vez en la frontera entre Pakistán y Afganistán. Fui una ingenua.

XL. ¿Cómo reaccionó su entorno personal a sus planes?

J.F. Casi nadie sabía nada, salvo el padre de mi hijo, que iba a ser el codirector del documental.

XL. ¿Cómo llegó hasta la zona de guerra?

J.F. Lo organizó todo Laura. Viajé en avión hasta Turquía con su madre. En Antioquía, nos reuniríamos con un traficante que Laura nos había buscado.

XL. Pero la madre de su amiga no siguió.

J.F. Así es. Se estaban produciendo los primeros bombardeos rusos en Siria y era demasiado peligroso. Me dio una bolsa con cosas para Laura y sus hijos -juguetes, una tableta, champú y golosinas- y se volvió a Alemania.

XL. ¿Y usted?

J.F. Me despedí del padre de mi hijo en Antioquía y me reuní con el traficante en el lugar acordado. Me había puesto un nicab, así que solo se me veían los ojos. Si nos paraban, pensábamos decir que era la mujer del contrabandista. Confiábamos en que, al ser mujer, no me pedirían papeles.

XL. ¿Pagó algún soborno para cruzar la frontera?

J.F. Sí. Pero no una suma elevada. La cosa funciona así: hay un lapso, digamos de 15 minutos, durante el cual el guardia fronterizo mira para otro lado. Es ahí cuando pasas. Cogimos un taxi y viajamos durante dos horas, todavía de noche. A eso de las cinco de la mañana llegamos a una ciudad. El traficante nos llevó a un piso franco en un edificio de varias alturas.

XL. ¿Pasó miedo aquella noche? Estaba totalmente en manos de los terroristas.

J.F. Claro. Pero hasta ese momento todo había ido bien. Tardé un buen rato en ser consciente de que ya estaba en Siria. Al día siguiente vino Laura y me sentí relativamente segura.

XL. ¿Cómo fue volver a encontrarse con su amiga casi diez años más tarde?

J.F. Muy impresionante. El simple hecho de poder vernos ya me hacía sentir eufórica.

XL. ¿Acudió sola?

J.F. No, estaba el hombre que la había llevado hasta allí, y también fueron sus tres hijos.

“Quería hacer el documental antes de dar a luz. No era consciente de que era el mayor error de mi vida”

XL. ¿Cuántos días se quedó en total?

J.F. Ocho.

XL. ¿Por qué tanto tiempo? Podría haber dicho: cinco horas de entrevista y vuelta.

J.F. No quería entrevistar solamente a Laura, también quería hablar con comandantes de su grupo. Laura y yo nos pasamos casi cada minuto juntas, también con sus hijos, claro. Además de la entrevista, hablamos mucho, como es natural. Sobre su vida, sobre la mía. Las dos queríamos ver si las cosas eran iguales entre nosotras o si todo había cambiado.

XL. ¿Y?

J.F. Pues un poco las dos cosas a la vez.

XL. ¿Su amiga es una fanática?

J.F. Por supuesto que lo es.

XL. ¿Qué piensa ella de matar por su ideología, cuál es su postura?

J.F. Lo asume. Legitima la violencia con su simple trayectoria vital, los yihadistas amantes de la paz no existen.

XL. ¿Ella ha matado?

J.F. Se lo pregunté, naturalmente. Y me lo negó. También que hubiera estado implicada en la planificación de atentados.

XL. ¿Qué impresión le causaron los niños?

J.F. Eran muy alegres, los tres hablaban alemán.

XL. ¿Pensó que podría llevarse a su amiga de vuelta a Alemania?

J.F. Bueno, esperaba que mi visita la removiera de alguna manera. Pero, cuando me marché, me di cuenta de que volver era algo que ni se planteaba.

XL. ¿Entonces?

J.F. Cuando salimos con dirección a la frontera, unos hombres nos cortaron el paso en la carretera. Iban encapuchados y llevaban Kaláshnikov. Pararon el coche y nos hicieron salir con brusquedad. Me vendaron los ojos. Cuando me quitaron la venda, estaba en una habitación vacía.

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“Me cambiaban de sitio cada pocas semanas. En total, estuve en nueve casas distintas”, asegura la periodista

XL. ¿Era consciente de lo que pasaba?

J.F. La primera noche pensé que me soltarían enseguida, gracias a la garantía de seguridad de mi amiga. Pero luego ya me di cuenta de que era una esperanza absurda.

XL. ¿Le dijeron sus secuestradores lo que querían?

J.F. Sí, dinero. La primera noche le conté a la mujer de uno de los secuestradores que estaba embarazada, me eché a llorar… Ella me aseguró que los hombres no me harían daño.

XL. ¿Cómo la trataron?

J.F. Tuve una suerte increíble. Todos hemos visto noticias sobre violaciones masivas cometidas por los combatientes del Estado Islámico. Gracias a Dios, yo me libré. Mis secuestradores me trataron con respeto. Pero era consciente de que, en caso de duda, me habrían cortado la cabeza delante de la cámara.

XL. ¿Sabe ya quiénes fueron sus secuestradores?

J.F. Pertenecían al grupo de Laura. El comandante a quien entrevisté estaba involucrado y también el traficante.

XL. ¿Y su antigua compañera de clase?

J.F. Los que llevaron a cabo el secuestro formaban parte de su grupo. Pero no creo que se hiciera con su conocimiento directo. Creo que a ella también la traicionó su gente.

XL. ¿Cómo consiguió superar usted un encierro tan largo?

J.F. Intentaba marcarme etapas cortas. Cuando pasaban diez días, me decía: «Bien, ahora vas a por otros diez días más». El día número cien, me dije: «Has llegado hasta aquí, puedes aguantar otros cien». Además, escribía un diario, en letra diminuta, el papel era muy valioso, igual que la tinta. Cuando dejaron de darme papel, empecé a usar los envases de comida. Como es natural, también pensé formas de burlar a mis secuestradores.

XL. ¿Por ejemplo?

J.F. Tienes un montón de tiempo, se te pasan por la cabeza los planes de fuga más descabellados. Por ejemplo, aprovechar un descuido para arrebatarle el arma a alguno. Pero no lo hice, ni siquiera sabía cómo se le quitaba el seguro a un chisme de esos.

XL. ¿Se planteó la posibilidad de convertirse al islam para ganarse el favor de sus secuestradores?

J.F. Me lo planteé, sí. Si me hubiese supuesto alguna ventaja, me habría convertido. Bueno, lo habría fingido. Pero nunca me lo ofrecieron.

XL. ¿Sabía dónde la tenían encerrada?

J.F. Intentaba averiguarlo, pero era complicado, me cambiaban de sitio cada pocas semanas. En total, estuve en nueve casas distintas.

XL. Con cada día de cautiverio se acercaba más la fecha en la que salía de cuentas.

J.F. La verdad es que pensé hasta el último momento que para el parto ya estaría de vuelta en Alemania. No podía concebir que pudiera dar a luz a mi hijo en Siria. Ignoré la realidad hasta que ya no fue posible seguir haciéndolo.

XL. ¿Hasta que empezaron las contracciones…?

J.F. No exactamente. De hecho, había empezado a fingir dolores un poco antes. Esperaba que eso les hiciera llevarme a un hospital y que quizá allí podría escaparme.

XL. ¿Y cómo reaccionaron?

J.F. Me compraron medicinas. Al cabo de unos días trajeron a una persona con el rostro tapado. Era de noche, estaba muy oscuro, y no estaba segura de si debajo del velo había una mujer. Luego, me saludó en inglés.

XL. ¿Quién era esa mujer?

J.F. Se llamaba Noor. Era ginecóloga. Fue un momento muy especial para mí. Por fin, después de meses encerrada, volvía a ver un rostro humano. Los secuestradores siempre llevaban pasamontañas. También me di cuenta enseguida de que la doctora tenía tanto miedo como yo.

XL. ¿No era islamista?

J.F. No. Tenía una consulta no muy lejos de allí. Más tarde me enteré de que, cuando mis secuestradores fueron a pedirle ayuda, en un primer momento dijo que no. Cuando volvió a su casa al cabo de unas horas, su marido había desaparecido. Encima de la mesa había una nota, que venía a decir algo así como: «Haz todo lo que te pidan». La forzaron a ayudarme.

XL. Es decir, que sus secuestradores no tenían reparos en destruir la felicidad de otras personas para que su niño naciera en las mejores condiciones.

J.F. Para ellos, yo era un objeto valioso. Si hubiese muerto, no habrían sacado nada. Noor era solo un medio para garantizar su inversión.

XL. ¿Cómo se desarrolló el parto?

J.F. Los hombres salieron de la habitación. Nos quedamos las dos solas. La doctora estaba bien preparada, llevaba instrumental y tenía mucha experiencia. Por suerte, el parto se desarrolló sin complicaciones. Mi hijo había nacido, por fin, aunque en el lugar del mundo equivocado. De repente, todo pasó a estar muy lejos: la guerra, mis secuestradores… solo estábamos mi hijo y yo. Era muy pequeñín, pero estaba sano.

“Unos encapuchados armados con Kalásnikov nos sacaron del coche. Me vendaron los ojos”

XL. ¿Con el bebé cambió la forma que tenían de tratarla?

J.F. Sí, claro. Ahora, con un niño pequeño, era mucho más vulnerable, así que se preocupaban más por mí. Me traían chocolate y zumos del bazar y compraban alimentos infantiles y pañales.

XL. ¿Cuánto tiempo se quedó la ginecóloga tras el parto?

J.F. Se marchó al día siguiente. No volvió hasta pasado un mes. Que no viniera me inquietaba mucho, pero tuve suerte, mi niño no se puso malo de verdad en todo ese tiempo.

XL. ¿Tenían juguetes?

J.F. Mis secuestradores le regalaron un oso de peluche, era de publicidad de Coca-Cola, probablemente lo sacaron de una entrega de ayuda humanitaria. Yo le hice un sonajero con una botella de plástico y huesos de aceitunas.

XL. La liberaron poco antes de que su hijo cumpliera un año. ¿Cómo sucedió?

J.F. Un día oí disparos fuera, lo que tampoco era tan raro. Pero luego se abrió la puerta, uno de mis guardianes entró y me dijo que recogiera mis cosas, que teníamos que marcharnos inmediatamente. Me llevaron a la casa de al lado. Allí estaba otra vez el tipo que más tiempo me había vigilado. Siempre llevaba puesto un pasamontañas, pero aquel día no. A su alrededor había hombres con Kaláshnikov y la cara cubierta. Gritaban: «¡Janina, freedom, libertad!».

XL. Pero no eran de las unidades especiales alemanas ni nada parecido, eran otros islamistas.

J.F. Así es. Me sacaron de la casa, sin venda en los ojos. Por fin pude ver dónde estaba. Vi bloques de viviendas, una mezquita, una furgoneta blanca. Aquellos hombres habían golpeado a mi guardián y lo habían metido en un maletero. Me monté en la furgoneta con mi hijo y arrancamos. Al cabo de un rato se quitaron los pasamontañas y me dijeron que volvía a Alemania.

XL. ¿Es posible que se haya pagado algún rescate por usted? Se dijo que sus secuestradores habían exigido cinco millones de euros.

J. F. No tengo información sobre si se pasó el rescate o no.

“Cuando nació, todo pasó a estar lejos: la guerra, mis captores… Solo estábamos mi bebé y yo”

XL. ¿Les preguntó a las autoridades alemanas si se pagó un rescate?
J.F. Sí, y me dijeron que no.
XL. ¿Volvería a viajar a Siria?
J.F. No.
XL. ¿Y a otra zona de guerra?
J.F. Otros colegas periodistas lo hacen mucho mejor que yo.
XL. ¿Ha hablado con su amiga sobre el secuestro?
J.F. Sí, nos hemos escrito a través de un servicio de mensajería encriptado.
XL. ¿Qué le dijo? ¿Lo siente?
J.F. Sí, claro. El secuestro y todo ese año también la han afectado a ella, creo yo.
XL. ¿Cree que es menos radical que antes?
J.F. No.
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