Es uno de los pintores españoles con mayor reconocimiento internacional. A sus 89 años, el autor de ‘El abrazo’ -cuadro icónico de la lucha contra el franquismo- aspira a seguir pintando como un niño. En su nueva exposición en Avilés se rodea de sus tres hijos, también artistas. «¿Jubilarme, yo? Eso es para viejos». Por Virginia Drake/ Fotografías: Carlos Luján

‘La unidad dividida por cero’, más allá de ser una inquietante ecuación aritmética, es el título de la exposición que el Centro Niemeyer inaugura el próximo 14 de junio en su sede de Avilés. Se trata de una muestra excepcional en la que la obra de Juan Genovés se expone por primera vez con la de sus tres hijos -Pablo, Ana y Silvia-, en perfecto equilibrio, fusionando pintura, escultura, fotografía y vídeo. Con motivo de este singular acontecimiento, el pintor valenciano nos concede esta entrevista en su estudio de Aravaca (Madrid).

XLSemanal. Cuesta creer que cumple 89 años.

Juan Genovés. Yo tampoco me lo creo, pero es así. Cuando cumplí los 50, empecé a cuidarme con un médico amigo y parece que funciona.

XL. ¿Cómo se cuida?

J.G. Sobre todo cuido mi alimentación: primero, quité la carne; luego, me hice vegano; y, después, empecé a hacer gimnasia. Si me encuentro bien, no es por casualidad, ¡eh! Ahora, me siento mejor que cuando era joven, que tenía muchos dolores de tripa, quizá porque pasé mucha hambre y porque vivir de la pintura es muy difícil en este país.

XL. Pero lleva más de 50 años vendiendo cuadros por los cinco continentes a través de la Marlborough Gallery.

J.G. A partir de los treinta y tantos empecé a no pasar hambre, es verdad, pero de niño pasé mucha.

XL. Y mucho miedo, según cuenta.

J.G. Sí, yo les oía decir en valenciano: «Que el niño no vea esto, tapadle los ojos». Pero yo ya lo había visto todo. Eso de que los niños no se dan cuenta es mentira. Cuando terminó la guerra, tenía miedo a todo, más todavía que durante ella.

XL. Y ese miedo lo refleja en casi todos sus cuadros: muchos hombres huyendo no se sabe de qué ni hacia dónde.

J.G. Podría decirse que siempre pinto el mismo cuadro. Pinto el miedo y la soledad del ser humano. No hay mayor soledad que la que se vive en compañía.

XL. Entonces era el miedo a la guerra, ¿pero ahora?

J.G. Ahora siento miedo a las imposiciones, a que te anulen, a que una ley te quite el sentido… Tengo mucho miedo a ser dominado. Siento que me falta libertad para vivir la vida con ilusión y con esperanza.

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“Yo quería ser futbolista, pero mi padre no me dejó. Se empeñó en que yo fuera pintor. ¡Y lo consiguió!”

XL. ¿Y cómo lo resuelve?

J.G. Dándome cabezazos contra los cuadros. Los cuadros son como un muro contra el que me doy cabezazos todos los días cuando tengo miedo.

XL. ¿Vive en un continuo desasosiego?

J.G. Totalmente.

XL. Pero este país es mucho mejor que el que conoció de niño.

J.G. Sí, claro. Estamos viviendo la mejor época que ha vivido el ser humano en esta bolita que es la Tierra. Pero me desilusiono porque veo lo que podría ser y no es.

XL. En los años sesenta empezó a abandonar la pintura en negro y plomo.

J.G. Eran recuerdos de la guerra: siempre en negro y grises, claro. Pero Francis Bacon, a quien conocí, me dijo un día que él quería pintar el drama con colores. La idea me gustó y empecé a usar colores vivos para pintar el drama.

XL. Cuenta que, en una ocasión, el Rey Juan Carlos fue a ver una de sus exposiciones y le pidió que le explicara sus cuadros.

J.G. Sí, sí [se ríe]. Él tiene esa gracia de los Borbones, sí. Y, con esa socarronería, me puso el brazo sobre los hombros y me dijo que él no entendía nada de arte, que la que entendía era la Reina; y me pidió que le explicara uno de los cuadros. Yo le dije que tan solo tenía que mirarlo y decirme qué veía él. Y me contestó: «Aquí veo que te gusta mucho el fútbol, ¿no?». Me quedé tan sorprendido que pensé: «Joder, esto sí que es gordo». Nunca nadie me había dicho eso. Y acertó, aunque no sé en qué pudo verlo.

“Me levanto a las cinco. Cuando estoy un poco dormido, es mi momento de creación más pura. Luego solo hago cosas de segunda”

XL. En el trato, usted parece un hombre feliz más que una persona atormentada.

J.G. Bueno, la procesión va por dentro. El miedo y el hambre no se olvidan nunca y la angustia por la falta de dinero tampoco. Y yo he pasado mucho de las dos cosas.

XL. ¿Sabe cuánto cuesta hoy un cuadro suyo?

J.G. Te juro que no lo sé, ni quiero saberlo. Mi hijo sí que lo sabe y yo confío en él y en la galería. El dinero es algo que no me interesa nada. Vivo de manera sencilla y todo lo demás me importa un pito. Desinteresarse por el dinero es el único lujo que tengo.

XL. Según su hijo, un cuadro suyo se ha vendido hace poco por 400.000 euros.

J.G. Me parece muy bien, pero yo no quiero saber cuánto dinero puedo ganar, me parece horroroso. Yo vivo sin dinero fenomenal. Mis hijos me han dejado en la ruina porque todo está en sus manos [se ríe]. Una vez que me dan lo necesario para comer y pintar, no consumo nada más. Incluso trato de ahorrar en los materiales.

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«Podría decirse que siempre pinto el mismo cuadro. Pinto el miedo y la soledad del ser humano. No hay mayor soledad que la que se vive en compañía»

XL. ¿Cuándo pintó su primer cuadro?

J.G. Yo creo que fue un trenecito que pinté a los cuatro años. Estaba encantado con el movimiento del tren quieto sobre el papel. Para mí, siempre ha sido un enigma que la imagen quieta se pudiera mover en el papel, esa idea tan básica me ha durado toda la vida. Debía de ser yo muy listo cuando era pequeño.

XL. ¿Cuándo quiso dedicarse a la pintura?

J.G. Yo no quería ser pintor, quería ser futbolista [su padre jugó en el Algiros y su primo Eduardo Cubells fue uno de los primeros ídolos del Valencia]. Nací muy cerca de Mestalla, desde mi casa se veía el campo de fútbol y no deseaba ser otra cosa que futbolista. Pero mi padre no me dejó, se empeñó en que fuera pintor, porque él fracasó con el balón. ¡Y el cabrón lo consiguió!

XL. Y, sin muchos recursos en la familia, pudo estudiar Bellas Artes.

J.G. Sí, y todos tan contentos, porque en Valencia Sorolla es un mito; y te lo meten en la cabeza desde que eres un niño. En cualquier familia valenciana era una ilusión muy grande tener un pintor «como Sorolla» en casa.

XL. Entró en la Escuela Superior de Bellas de Valencia con tan solo 14 años.

J.G. Sí, lo hice falsificando mi edad porque no se podía entrar allí hasta los 18 años. Todos hicimos trampa: yo dije que tenía 16 y los profesores, como durante las pruebas vieron que pintaba muy bien, me cogieron sin tener 18 y sin saber que realmente tenía 14. Pero yo aprendí mucho más de materiales y técnicas de mis amigos falleros que de los catedráticos de la escuela, que eran unos burros.

XL. ¿Y después?

J.G. Pues, como hizo Sorolla, me presenté a una beca pensionada de la Diputación que duraba dos años. Nos presentamos 60 pintores y la gané. Me vine a Madrid con 666 pesetas al mes y viví con una familia a la que le pagaba 150 pesetas. A los 19 ya era pintor.

XL. Setenta años más tarde, ¿cuántas horas trabaja al día?

J.G. Ocho o diez, me levanto a las cinco de la mañana. Cuando estoy todavía un poco dormido, es mi momento de creación más pura. Según avanza el día, solo hago cosas de segunda categoría.

XL. ¿Cuanto más despierto está, menos creatividad tiene?

J.G. Sí. Cuando me levanto, empiezo a pintar de manera intuitiva porque, cuando lo pienso un poco más, me entra el miedo a pintar. Hoy, además, he dormido poco: me he acostado a las dos de la mañana… y a las dos y media me he levantado porque me vino a la cabeza una idea para un cuadro.

XL. ¿Esto le pasa con frecuencia?

J.G. No, generalmente me suelo acostar mucho antes. Hoy ha sido una excepción por las malditas elecciones (se refiere al 26-M). Me acosté a las dos de la mañana, bien jodido por los resultados, pero que muy jodido. Me levanté a las dos y media, cuando me vino la idea, y luego dormí de seis a ocho.

XL. Pues así no va a vivir muchos años.

J.G. Es que, cuando se tiene una idea, hay que aprovechar el momento, sea cual sea… porque, si no cuidas las ideas, se van. Yo siempre estoy como un cazador, al acecho.

XL. ¿   La política le sigue afectando?

J.G. Me hierve la sangre cada mañana. Sé que no vale de nada, pero los cabreos me los llevo. Las elecciones ahora se ganan por decir chorradas. ¡A ver quién las dice más gordas! Eso es lo que da votos. Y yo me rebelo.

XL. ¿Sigue siendo comunista resistente de la vieja guardia?

J.G. Exacto; pero, cuando vino la democracia, vi que no tenía sentido mi militancia al ver a los dirigentes del PCE en sus despachitos, tan a gusto y acomodados a su nueva situación.

XL. ¿Qué certezas tiene?

J.G. Que la verdad es un valor que se ha perdido. Pensar es un delito. A la gente le gustan las apariencias, las frases cortas y chocantes, porque solo quieren aparentar. Pero a la gente que no piensa se la engaña fácilmente, y eso es lo que estamos viviendo: mentiras… El gran poema del siglo XX es la Declaración de Derechos Humanos. Todo lo demás me parece un circo.

“Yo quería ser futbolista, pero mi padre no me dejó. Se empeñó en que yo fuera pintor. ¡Y lo consiguió!”

XL. ¿El fútbol también?

J.G. El fútbol es la única alegría que tengo estos días porque el Valencia ha ganado al Barcelona la Copa del Rey, a pesar de Messi, al que no le dejamos tocar balón, ¡jajaja! Valencia hoy es una fiesta: el Ayuntamiento ha salido de izquierdas y mi equipo es campeón.

XL. Hace 46 años, la Junta Democrática, reunida clandestinamente, escogió su cuadro El abrazo para ilustrar 500.000 pósteres con los que Amnistía Internacional pedía solidaridad con los presos políticos.

J.G. Aquello fue en 1976. Yo lo había pintado unos años antes para que representara la reconciliación entre españoles tras la Guerra Civil. Hice dos o tres bocetos después de ver, desde la escalera de mi estudio, que unos niños que jugaban al balón en la calle de pronto se abrazaban porque festejaban alguna jugada. Su entusiasmo me llevó a pintar ese cuadro.

XL. Y pintó el abrazo de un grupo de hombres y una sola mujer.

J.G. Yo quería que en la reconciliación también estuvieran representadas las mujeres, porque nunca he sido machista, pese a que todos mis amigos lo eran. En aquella época, si no eras machista, te llamaban ‘marica’. Yo el tema de la igualdad lo he tenido muy claro desde pequeño.

XL. Volvamos a la única mujer del cuadro.

J.G. En esos años, si hubiese pintado varias mujeres abrazándose con hombres, habría parecido una bacanal. Por eso pinté una sola mujer abrazando el futuro, mirando al frente, sin nadie delante.

XL. Años después, El abrazo se convirtió en una enorme escultura.

J.G. Eso fue porque, tras el atentado contra los abogados laboralistas de Atocha, me enteré de que tenían colgado en la pared uno de los pósteres de El abrazo y que se había manchado de sangre durante la matanza. Me impresionó y propuse al Ayuntamiento convertir El abrazo en una escultura que homenajeara a los abogados. Yo no cobré nada por hacerla.

XL. ¿Qué pasó con el cuadro original?

J.G. Se vendió a un coleccionista de Chicago. Después, siendo presidente Adolfo Suárez, se decidió que el cuadro tenía que volver a España como un símbolo de la Transición. El comprador americano accedió a cambiarlo por otro cuadro mío, más grande eso sí [sonríe].

juan genoves el abrazo (1)

«Representa la reconciliación». En 1976 se hicieron medio millón de pósteres de la obra para Amnistía Internacional, por lo que Genovés fue detenido. Uno de ellos estaba colgado en el despacho de los abogados laboralistas de Atocha cuando fueron asesinados en 1977. En 2003 creó una escultura como homenaje. «El abrazo es del pueblo, no me pertenece». Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. Juan Genovés, Vegap, Madrid, 2019

XL. Y recaló en el Museo de Arte Moderno.

J.G. Que lo metió en una caja dentro de otra caja y lo abandonó en un rincón. Después se trasladó al Reina Sofía, pero solo lo exponían de vez en cuando y lo devolvían al sótano. Yo estaba bastante molesto y aprovechaba cualquier ocasión para decir que su sitio era el Congreso de los Diputados.

XL. Adonde llegó hace tres años, cedido por un tiempo por el Museo Reina Sofía.

J.G. Sí, pero lo colocaron en un edificio anexo, en un pasillo que no se visita y, encima, mal iluminado [protesta].

“PSOE y Ciudadanos convirtieron ‘El abrazo’ en ‘el cuadro del pacto’ cuando posaron ante él. Me he sentido muy utilizado con eso

XL. Pese a todo, el año pasado, El abrazo inmortalizó el acuerdo al que llegaron Pedro Sánchez y Albert Rivera.

J.G. Yo me he sentido muy utilizado con esto; porque, aunque PSOE y Ciudadanos lo pusieron otra vez de moda, lo convirtieron en ‘el cuadro del pacto‘ cuando eligieron hacerse la foto delante de él. Después, como protesté a Ana Pastor por su pésima ubicación, lo colocaron presidiendo el salón principal del Congreso, donde están los padres de la Constitución.

XL. Reconozca que es su cuadro más solicitado.

J.G. Parece que El abrazo les ha venido bien o mal a todos en según qué momento. Ahora, en el Congreso han colgado una copia porque el original está en el Reina Sofía hasta el año que viene, en una exposición sobre los 40 años de la Constitución Española.

XL. ¿Ha pensado en jubilarse?

J.G. ¡Noooo!, eso es para los viejos. Ahora me gustaría pintar como los niños de seis años, con ese arranque tan fuerte que tienen hasta que los estropean los profesores. Cuando los profesores les empiezan a decir que al burrito le falta una pata, ya la han jodido.

XL. Presume de haber formado una familia muy tolerante, pero ¿cree que la relación con sus hijos hubiera sido igual si alguno le hubiera salido del PP?

J.G. ¡Eso es imposible! De esta casa, no puede salir eso. A mí me hubiera gustado que uno hubiese sido filósofo; otro, matemático…, porque hablaríamos de diferentes cosas; pero a todos se les ha metido el veneno del arte. Yo nunca he sido paternalista y todos nos tenemos mucho respeto; por eso es muy ilusionante esta exposición de Avilés, porque es la primera vez que estamos los cuatro juntos.

Juan genoves y su familia

Juan Genovés con sus tres hijos

XL. Adela Parrondo, su mujer, también es pintora. ¿Ninguna de sus obras encajaba entre las de los ‘genoveses’?

J.G. Ella era pintora, pero lo dejó poco a poco, no aguantaba la marcha que llevaba yo y no tenía mucha voluntad, se dio de baja muy pronto. Su pintura era muy realista, estudió en el mismo curso que Antonio López y sacaba sobresalientes en todo.

XL. ¿Puede ser que la eclipsara?

J.G. Puede ser y lo siento. Yo la animaba a seguir pintando porque era muy buena, pero ella no se deja ordenar. Puede que yo tenga la culpa; pero, al mismo tiempo, no la tengo porque insistí mucho en que siguiera.

XL. ¿Cómo lleva ser la mujer del pintor famoso?

J.G. Ella no quiere ser la mujer ni la madre del artista, no quiere entrevistas ni quiere figurar. Adela es bastante pesimista, siempre ve lo peor en todo. De los dos, el optimista soy yo, que veo lo mejor de cada cosa. Juntos somos como una balanza y nos queremos mucho, aunque ya somos viejitos y todo es diferente. Solemos estar en desacuerdo cada dos por tres; pero, si yo repitiera la vida, me volvería a casar con ella.

EN EL NOMBRE DE LOS HIJOS

La muestra La unidad dividida por cero está formada por 67 obras -pintura, escultura y vídeos- seleccionadas por Ana Genovés, comisaria de la exposición. Se inaugura el 14 de junio y Estará abierta hasta el 6 de enero de 2020.

ANA GENOVÉS, ESCULTORA

14-AnaGenovés-Mal como el sueloSus piezas, por sus texturas o por sus usos indescifrables, producen una sensación de inquietud y desasosiego. Según la propia artista: «Mis esculturas son objetos funcionales, pero les añado un elemento inquietante que al final te deja un poco hundido».

PABLO GENOVÉS, FOTOGRAFÍA

5-PabloGenovés-Towards the the great unknownPablo Genovés escoge contextos tradicionales a los que somete a una revolución. Según Ana: «Pablo fotografía lugares tradicionales donde todo está ordenado -museos, bibliotecas…- y les introduce la naturaleza desenfrenada como elemento amenazador y destructor».

SILVIA GENOVÉS, ‘PERFORMANCE’

12-SilviaGenovés Islas Fiyi

Silvia se expresa en el mundo del vídeo y la performance. Según su hermana Ana: «Silvia, en sus vídeos, hace una crítica muy divertida de los clichés y los roles sociales, para reírse de eso. Su obra es la menos dramática de los cuatro».

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