Es el tercer hombre más rico del mundo y cada año miles de inversores se reúnen en su ciudad natal, Omaha, para verlo, tocarlo y escuchar sus palabras con la esperanza de que sus consejos les hagan aún más ricos. Bienvenido a la junta general de su empresa, Berkshire Hathaway, el Woodstock del capitalismo. Por James Coney/ Fotos: Getty Images

Los 5 mandamientos del tercer hombre más rico del mundo

Desenfadado y natural, Warren Buffett se las arregla para hacerse el sueco. Cuando le haces preguntas incómodas, emite una risita y se sale por la tangente. ¿Qué piensa de China? «Que les va muy bien sin mí». ¿Y de la sanidad pública? «Con este calor, una coca-cola no me vendría mal». ¿Y de Jeff Bezos, el multimillonario de Amazon que lo ha superado como el más rico del mundo? «Que me hagan una transfusión de su sangre».

Buffett, apodado el Oráculo de Omaha, es ya una figura legendaria. A sus 88 años es famoso por haber logrado que cada 100 dólares invertidos con su ayuda en 1965 se hayan convertido hoy en 2,59 millones de dólares y por destinar su fortuna personal, 30.000 millones, a la beneficencia. Pero ¿hasta cuándo seguirá al timón de Berkshire Hathaway, su compañía? Cuando se lo pregunto, vuelve a las risitas. «¿Qué puedo decir? Que estamos más cerca de ese momento quizá». No soy el único interesado. Las 42.000 personas que han invadido la tranquila Omaha (Nebraska) para la junta de accionistas de su compañía también desean averiguarlo.

La reunión anual de Berkshire Hathaway es un macrofestival con pícnics, cócteles, cursillos para invertir al estilo buffettiano y cenas con chuletones. Se respira un ambiente de secta y sus fieles ansían ver al gurú, escuchar sus palabras. Su rostro adorna patos de goma, chocolatinas, botas de cowboy, vasos de papel, chapas y ropa deportiva, y su nombre aparece engastado en la parte posterior de diamantes valorados en 80.000 dólares.

ASÍ SE HIZO MILLONARIO

La transformación de Buffett en billonario es mítica. Comenzó invirtiendo en lo que llamaba ‘muertos vivientes’, empresas de capa caída que compraba barato y vendía cuando las acciones subían. Así… hasta hacerse millonario.

En 1965 se convirtió en propietario de Berkshire Hathaway, una compañía textil al borde de la quiebra. Conoció entonces al hombre que sería su más leal consejero y amigo: Charlie Munger, que convenció a Warren de que cambiara de táctica. En lugar de comprar empresas ramplonas a precios de maravilla empezaron a adquirir empresas de maravilla al precio justo y a quedarse con ellas. Un principio que se denominó ‘inversión en valor’ y que se convirtió en el ‘distintivo Buffett’.

“Habéis venido a verme porque soy un vejestorio”, bromea mientras se abre paso entre centenares de fieles

Un buen ejemplo de ello es See’s Candies, una cadena de tiendas de chocolates. Buffett explica que si un hombre regala una caja de chocolatinas See’s Candies a la mujer con quien se ha citado por primera vez y al final consigue besarla, entonces tendrá «amarrado a ese cliente para siempre. Y da igual lo que cobres por las chocolatinas».

Buffett ama las compañías a las que respalda, como Coca-Cola, Heinz y Apple. En su momento transformó Berkshire en una mezcla de fondo de inversiones y holding gigantesco con decenas de marcas. La estrategia le salió mejor que bien. Tanto que no solo lo convirtió en el hombre más rico del planeta, también enriqueció a los inversores; muchos de ellos, humildes campesinos de Nebraska.

Warren Buffett: el "influencer"de 88 años y sus "followers" 1

La junta general de accionistas de Berkshire Hathaway es un festival de culto a su presidente, con todo tipo de ‘merchandising’

La gente, además, lo adora porque es un tipo normal que odia la burocracia y la ostentación a partes iguales. Dirige un imperio con 20 empleados, sin consejo de administración, sin departamento de recursos humanos y sin oficina de comunicación. Sigue viviendo en la casa que compró en las afueras de Omaha en 1958 y hasta hace poco iba al trabajo en coche conduciendo él mismo.

Hijo de un congresista republicano, Buffett se hizo demócrata por su primera mujer, Susie, que también lo convenció para que donara casi toda su fortuna. Ella murió en 2004 y, dos años después, Buffett anunció que iba a hacer exactamente lo que le había dicho Susie. Y animó a otros millonarios a seguir su ejemplo.

La primera aparición de Buffett en el fin de semana de Omaha es el viernes, cuando se acerca a uno de los centros comerciales de su propiedad a saludar a los compradores. Se presenta conduciendo un carrito de golf; Munger, que hoy tiene 95 años, camina a su lado con un bastón. «Habéis venido a verme porque estoy hecho un vejestorio, ya lo sé», bromea mientras una muralla de admiradores bloquea su paso para hacerle fotos. A continuación se dirige a la tienda de See’s Candies, prueba una chocolatina y se marcha. La visita ha durado unos minutos.

ESPERANDO A UN DIOS

El plato fuerte, como todos los años, tiene lugar el sábado en una gigantesca sala multiusos. Más de 25.000 personas hacen fila para entrar y ver a su dios. La cola no puede ser más democrática. Da igual quién seas o cuánto hayas invertido, a todos les toca esperar. El único requisito para entrar es tener una acción de Berkshire. Hay universitarios, millonarios y centenares y centenares de chinos.

Mientras hacen cola, los inversionistas comentan el inesperado anuncio de Buffett: Berkshire, por primera vez, ha comprado acciones de Amazon. Ese gesto ha hecho que el valor de Amazon se incremente en 20.000 millones de dólares en pocos minutos. Como de costumbre, Wall Street no tarda en seguir los pasos de Warren.

«La decisión de comprar estos valores no ha sido mía», explica Buffett, que reconoció haberse equivocado en su día al no anticipar el éxito de Bezos. Es una revelación significativa porque indica que alguien de su círculo más estrecho está tomando decisiones de calado, unas decisiones que antes solo tomaba él.

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Warren Buffet con Charlie Munger, de 95 años.

Las puertas del recinto se abren a las siete en punto, y los fieles corren a situarse en primera fila. No hay reservas; tampoco se permite guardar asientos para otros. Buffett llega a una sala adyacente a eso de las seis y media. ¿Qué ha desayunado?, pregunto. «Un par de sorbos de coca-cola sabor cereza».

Siempre amigable, esquiva las preguntas comprometedoras con tranquilidad. Es imposible imaginárselo perdiendo los nervios. Cuando el tema le interesa, se explaya. El bitcoin, por ejemplo. «¿Y qué es eso del bitcoin? -pregunta escéptico-. Voy a decírselo. No es más que una concha de mar. No es una inversión. Es algo de casino asociado a un montón de fraudes y estafas. Hay personas que lo han perdido todo por su culpa. No tiene valor por sí mismo. Es como si yo ahora le propongo arrancarme un botón de la americana y vendérselo por mil dólares. Igual usted puede revenderlo por dos mil, pero un botón no pasa de ser un botón. También puedo extenderle un talón por un millón de dólares. ¿Cómo se explica que ese cheque sí valga un millón? No por el valor del bolígrafo ni del papel. Sino porque tengo un millón de dólares guardados en un banco».

EL PODER DE DOS ANCIANOS SENTADOS A UNA MESA

Los accionistas de Berkshire vienen a escuchar este tipo de reflexiones. Durante las contadas horas que estoy a su lado le oigo decir que el brexit es un error y defender la necesidad de despojar de sus fortunas personales a los banqueros incompetentes y/o corruptos (así como a los cónyuges de estos) y expresa su admiración por Boeing, a pesar de que se sospecha que sus problemas informáticos provocaron dos accidentes aéreos. Sin embargo, ante tanta franqueza, uno se pregunta: ¿por qué no habla tan claro de su sucesión?

“El ‘bitcoin’ no es una inversión. Es algo de casino, asociado a un montón de fraudes y estafas”, proclama Buffett

Más de 40.000 personas abarrotan la sala de conciertos. Los rezagados se sientan en las escaleras. Cuando un foco ilumina a Buffett y a Munger, me digo que aquí está pasando algo extraordinario: todos, incluyendo a Bill Gates, Tim Cook -el jefazo de Apple– y figurones de Wall Street han venido a ver a dos ancianos sentados tras un escritorio. Quizá no sea el mayor espectáculo del mundo, pero sí del más plutocrático. Los banqueros de inversión que han venido en peregrinación, además, reciben un rapapolvo: Munger y Buffett les afean su codicia sin límites.

Empieza el turno de preguntas. Buffett bebe de una lata de coca-cola mientras Munger mordisquea una chocolatina. Cuando preguntan a este último, termina la chocolatina, se acerca al micrófono y responde con un chiste. Forman una buena pareja cómica. Una niña de 12 años acaba de preguntarle qué hace hasta que sus acciones comiencen a dar beneficios. Munger le dice: «Hay quien nace con el gen de la gratificación a largo plazo y quien lo quiere todo para ayer». Buffett interviene. «Charlie sabe mucho de esto. Tiene ocho hijos, así que el debate entre lo innato y lo adquirido no tiene secretos para él».

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Los accionistas, desde jefazos de Wall Street hasta pequeños inversores, acuden a escuchar a Buffett

Entre las preguntas del público, sale a relucir la cuestión de quién reemplazará a Buffett y Munger. Alguien sugiere que sus consejeros principales, Ajit Jain y Greg Abel, los dos favoritos para la sucesión, deberían acompañarlos en el escenario. Pero Buffett dice que no, que eso complicaría las cosas. Como de costumbre, es una respuesta, pero no la que todos estaban esperando.

Por la noche, Buffett hace una aparición sorpresa en un acto informal para mujeres inversoras. En el lugar tan solo hay un puñado de personas, y todas se quedan boquiabiertas cuando el Oráculo se acerca al escenario y acepta responder a un par de preguntas. «Ya era hora de que las cosas cambiaran -dice-. Si alguien me pregunta por ideas de inversión, a mí me da igual que ese alguien sea hombre o mujer. Exactamente igual. Porque a las acciones en Bolsa también les resulta indiferente quién invierte».

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A la cita acudieron Bill Gates y Tim Cook. En un momento del fin de semana, Buffett y el fundador de Microsoft jugaron a las cartas en el hall de unos grandes almacenes propiedad de Buffett

Los accionistas se preguntan dónde va a ir Buffett después. Los lugares que frecuenta, como el restaurante Gorat’s Steakhouse (donde el domingo cenaría con Bill Gates), están llenos de curiosos. Los accionistas también se pasan por el centro comercial donde está la joyería Borsheim’s (propiedad de ya sabemos quién). Resulta que frente al establecimiento hay una mesa de ping-pong y Buffett ha jugado allí una partidita otros años. Borsheim’s está lleno a rebosar. Hay quince diamantes a la venta con la firma de Buffett engastada, y nueve de ellos ya han sido adquiridos. Me intereso por el artículo más costoso: un anillo con un diamante rosado valorado en 2,2 millones, que alguien acaba de comprar.

Me dicen que Buffett hoy no va a jugar al ping-pong. En su lugar, el magnate está jugando a las cartas con Bill Gates. Sin dejar de beber coca-cola, pasa media hora a la mesa con tapete charlando sobre los programas de la tele. Los chinos se hacen selfies a distancia. Al final quedamos dos de los hombres más acaudalados del mundo, algunos aficionados al póker y un par de periodistas. Buffett se levanta y, cuando se dispone a salir por la puerta, le grito: «¡Adiós, señor Buffett!». Se detiene, se gira, me sonríe, saluda con la mano y desaparece.

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