En los años setenta, su rostro estaba en todas partes. La película ‘Love story’ la convirtió en una actriz famosa y premiada y su matrimonio con Steve McQueen, en lo que hoy llamaríamos una ‘influencer’. Pero en los noventa desapareció de la vida pública. Ahora ha reaparecido. Hablamos con ella. Por Jessamy Calkin/ Fotografía: Arnaud Pyvka y Getty Images

En 1972 era la actriz más taquillera del mundo, pero hoy casi todos la recuerdan por una sola película: Love story. Se las arregló para recitar los diálogos de aquella película sin despeinarse -casi no tenía experiencia como actriz- y fue nominada al Oscar por su interpretación de una universitaria de humor corrosivo que un día conocía el amor (Ryan O’Neal, quien encarnaba a un niño pijo) y al siguiente contraía un cáncer terminal. Love story sigue siendo una de las producciones de Hollywood más rentables en la historia del cine y fue nominada a siete Oscar.

Durante un tiempo, Ali MacGraw estaba hasta en la sopa. Se había casado con Robert Evans, jefe de producción de Paramount Pictures, y en 1971 tuvieron un hijo, Josh. Su marido quería evitar que la encasillaran, por lo que su siguiente película fue La huida: un thriller dirigido por Sam Peckinpah. MacGraw interpretaba a la mujer de un atracador de bancos encarnado por Steve McQueen.

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El productor de Hollywood Robert Evans fue su segundo marido, al que dejó por McQueen. Antes había estado casada, durante solo un año, con Robin Hoen, un joven estudiante de Harvard.

Su historia de amor con McQueen se inició el primer día de rodaje. En 1973 dejó a Evans y se casó con él. Pero McQueen era un hombre celoso que la obligó a abandonar su trabajo como actriz. Su carrera profesional entró en barrena después de separarse. Varios años después, MacGraw se fue a vivir a Santa Fe, un enclave bohemio de Nuevo México, y ahora ya lleva 26 años residiendo en la misma casita. La actriz tiene un aspecto inmejorable y se dedica al yoga, a la psicoterapia y a rescatar animales.

Hoy nos encontramos en el hotel Shangri-La parisino. MacGraw está en la ciudad como representante de Chanel, pues es una de las embajadoras del reloj J12. Con lo que cierra un círculo. Según explica. «El número cinco de Chanel fue lo que me llevó a trabajar en el cine».

En 1961, MacGraw fue ayudante de la legendaria Diana Vreeland, editora de moda en Vogue, y poco después se convirtió en estilista para el fotógrafo Melvin Sokolsky, con quien disfrutó, según afirma, de «los seis mejores años de mi vida».

LOS MOVIDOS AÑOS SESENTA

MacGraw llevó una vida movidita en los años sesenta. En su autobiografía, Moving pictures, relata su asistencia a un cóctel con invitados como Salvador Dalí y la mujer del pintor, Gala. A Dalí se le metió en la cabeza hacer un dibujo de MacGraw. Unos días más tarde, Ali fue al hotel del artista y subió a su habitación. Dalí le pidió que se desvistiera. Ella lo hizo y se sentó en una silla, diciéndose que su retrato algún día estaría expuesto en el Louvre. Pero de pronto Dalí empezó a reptar bajo la mesa que los separaba… y MacGraw notó con asombro que estaba chupándole los dedos de los pies.

“Dalí quería dibujarme. Me pidió que me desvistiera y lo hice. De pronto reptó debajo de la mesa y empezó a chuparme los dedos de los pies. Lo encontré nauseabundo y me fui. A modo de disculpa, me regaló una iguana”

«Lo encontré nauseabundo. Para empezar, su obra tampoco me gusta demasiado, pero pensaba que, bueno, si tantas ganas tenía de hacerme un dibujo, quizá yo luego podría venderlo. No olvidemos que por entonces ganaba 54 dólares a la semana. Tampoco es que me entrara miedo. Tenía la seguridad de que era perfectamente capaz de molerlo a palos. Al final no fue necesario».

Al constatar que Dalí, ¡sí!, estaba chupándole los dedos de los pies, se vistió y se marchó sin perder un minuto. A modo de disculpa, el artista luego le envió unas flores y una iguana viva con la cola ornada con perlas falsas.

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Mientras trabajaba para Sokolsky, un ejecutivo de publicidad propuso que ella protagonizase las fotografías de un anuncio de Chanel. Lo hizo y la fotografía con su imagen terminó expuesta en las tiendas de cosmética más lujosas. Su rostro llamó la atención de un representante que la animó a presentarse a diversos castings, sin mucha suerte al principio. Finalmente, en 1968 fue contratada para un pequeño papelito en Sindicato de asesinos, una película con Kirk Douglas. Un año después interpretó su primer papel de verdad en Goodbye, Columbus. Así empezó y ahora está con Chanel otra vez.

Desde 1993 vive en Santa Fe, en una casita que había comprado poco antes. «Han pasado 26 años desde entonces. Un día a la vez».

Lo de «un día a la vez» está sacado de la filosofía de Alcohólicos Anónimos, de la que MacGraw es seguidora. En 1986 ingresó en la clínica Betty Ford y terminó de comprender que tenía un serio problema con el alcohol y otras sustancias. Hace 32 años que no bebe.

MacGraw nunca terminó de llevarse bien con la fama. «En el fondo estaba muerta de miedo, durante todos y cada uno de los minutos de mi carrera como actriz», asegura. No había estudiado intepretación, pero eso no impidió que trabajase con los mejores. Por entonces, Steve McQueen era la mayor estrella del cine mundial. Todos lo conocían como The King of Cool, pero no había tenido una vida fácil: abandonado por su padre, pasó por un reformatorio y el cuerpo de marines y trabajó en un prostíbulo. También era alcohólico. Según afirma Ali, «estuvimos juntos seis años, y no recuerdo un solo día en que Steve no llevara un colocón encima».

LOCAMENTE ENAMORADA

Había cosas peores. En el libro, MacGraw cuenta que una noche fueron a una fiesta «y Steve empezó a coquetear con dos chicas guapas». Cuando más tarde fue a acostarse, los oyó retozar en la habitación de al lado. Por la mañana, McQueen le dijo que viniera y le preparase el desayuno. «Y lo más alucinante es que fui y se lo preparé».

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Conoció a Steve McQueen en el rodaje de su segunda película, ‘La huida’, y fue amor a primera vista. Sus cinco años de matrimonio fueron tan intensos como tormentosos… y marcados por el alcohol.

Se casaron en Wyoming en 1973, no sin que McQueen antes insistiera en que firmase un acuerdo prenupcial. Obnubilada por el amor, lo firmó, y eso que él ya le había dejado claro que no quería que siguiese trabajando. Vivieron una historia de amor explosivo… Pero el divorcio no se hizo esperar. En 1978 McQueen se marchó a vivir con Barbara Minty, quien se convirtió en su tercera esposa. Poco después le diagnosticaron un cáncer de pulmón. Murió en 1980.

“No creo que Steve McQueen tuviera hoy problemas con el #MeToo. Era tan atractivo que todas las mujeres querían acostarse con él. Es muy distinto a encontrarte con un productor en albornoz…”

Sentada frente a MacGraw, pregunto: ¿cómo pudo seguir al lado de McQueen tanto tiempo? «Porque estaba locamente enamorada de él», responde, mirándome con cierto reproche. Comento que a McQueen seguramente no le hubiera ido muy bien en nuestros tiempos del #MeToo. «Ojo, no creo que él hiciera cosas como las denunciadas por la gente del #MeToo. Era un hombre tan fascinantemente atractivo que todas las mujeres ansiaban irse a la cama con él. Lo que es muy distinto a entrar en un despacho y encontrarte a un productor que anda en albornoz y te pide que le des un masaje. Esto último es asqueroso. En su momento conocí a un tipejo de esta clase. Me escamó que me hubiera llamado a las ocho de la tarde para, supuestamente, hablar de un papelito en una película. No llegué a entrar en su despacho. Me fui a casa. Bajo la lluvia».

Según afirma, se siente completamente en paz consigo misma, más que nunca antes en la vida. «Perdóneme por el cliché, pero he tenido que trabajármelo mucho para cambiar. Y lo he conseguido».

NO ESTOY DISPUESTA A FINGIR

A finales del año pasado le entraron unos temores repentinos. Estaba a punto de cumplir los 80 años. «En noviembre comencé a despertarme en mitad de la noche pensando que me quedaba poca cuerda por delante, que casi toda mi vida había quedado atrás. Nunca había tenido una sensación parecida».

Le fue de ayuda hablar con su psicóloga. «Fui a verla y le expliqué lo que me pasaba. ‘¿Qué puedo hacer?’, pregunté. Me sentía triste y tenía miedo… No por primera vez, claro, pero la sensación esta vez era distinta. Estaba atenazada por un miedo que me paralizaba, como si el fin del mundo se encontrara a la vuelta de la esquina. La mujer me dijo que valía la pena recordar algo que había dejado de tener presente: que hoy estamos vivas y que el futuro en este momento no pasa de ser un artificio de la mente, un constructo que te impide dormir como es debido. El pasado es un guion que ya nadie puede reescribir. Una hizo las cosas lo mejor que pudo».

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Ali McGraw con Ryan O’Neal, con quien protagonizó ‘Love story’, película que dejó para la posteridad la frase «amar significa no tener que decir nunca lo siento» y el guion considerado más romántico del cine.

«Gloria Steinem, una amiga de mi edad, en su momento dijo algo muy interesante. Alguien le comentó que se conservaba muy bien para tener 40 años, y ella contestó: ‘¡Es que así es como es tener 40 años!’. Y yo pensé, ‘maldita sea, así es como es tener 80 años, y qué?’».

McGraw reflexiona con calma: «Como nos pasa a la mayoría, casi todo tiene que ver con la niñez, con una niñez que siempre es complicada. Todos hacemos lo que podemos, pero en algún momento metemos la pata. Yo también soy madre, y seguro que la he metido más de una vez. Es preciso afrontar las cosas, llorar y dejarse llevar por la rabia si hace falta… No estoy dispuesta a fingir que la vida es de color de rosa para conseguir la aprobación de los demás. Todo eso se acabó. Pero he tenido que trabajármelo y no hubiera podido conseguirlo yo sola».

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