Estas son las tres columnas más leídas de Arturo Pérez-Reverte a lo largo de 2019, en su sección Patente de Corso de XLSemanal

Hembras preñadas que paren

(09/06/2019)

Señalar que el disparate en que vivimos afecta a las palabras que utilizamos, o a las que evitamos utilizar, no es novedad a estas alturas de la verbena. Hay gente con tiempo libre y pocas necesidades expresivas que se afana por establecer listas de palabras correctas e incorrectas, incluso de permitidas y prohibidas, que luego pretende imponer con la energía de un inquisidor celoso. Si hace medio siglo aún había expresiones malsonantes que escandalizaban a las autoridades civiles y eclesiásticas, y eran objeto de sanción social y consecuencias penales, no es que las cosas estén hoy ocurriendo de nuevo, sino que empeoran respecto a las últimas décadas. Nunca, ni siquiera en mi juventud –y eso que viví los últimos tiempos del franquismo–, hubo menos libertad a la hora de abrir la boca para decir algo. Más peligro de que te cayeran encima con el fruncir de cejas y con la estaca.
El fenómeno es internacional, pero voy a referirme a España, que es donde vivo y en cuya lengua castellana, el español hablado por 570 millones de personas, escribo y me gano el jornal. Esto del jornal es importante, porque las palabras son mi herramienta de trabajo. Con ellas cuento historias, y necesito por tanto que sean limpias, variadas y eficaces. Por eso tengo ahí la misma sensibilidad, en defensa propia, que tendría un albañil con sus ladrillos y su paleta, un fontanero con la llave inglesa o un médico con su estetoscopio. Por supuesto, el lenguaje debe evolucionar con la sociedad que lo utiliza. De no ser así, seguiríamos hablando como Julio César o Almanzor. Pero una cosa es evolucionar, y otra encogerse y desaparecer. Son cada vez más las palabras sometidas a censura social, y eso reduce los confines del idioma. Limita el vocabulario, achata la capacidad de expresión y empobrece los formidables registros y matices de nuestra lengua.
Les coloco este rollo macabeo porque hay tres hermosas palabras españolas –entre muchas otras– que pocos se atreven ya a utilizar con naturalidad, pues las creen peyorativas: hembra, parir preñar. Y no es que no las utilice quien las rechaza, lo que es legítimo; sino que aumentan los inquisidores contrarios a que otros las usen cuando lo estimen oportuno. Yo mismo me los tropiezo a menudo: te caen encima como abejas enfurecidas. Supongo que eso tiene que ver con la injerencia de tanto analfabeto de ambos sexos en los ámbitos del feminismo serio y responsable; pero determinarlo no es asunto mío. Me limito a señalar que utilizarlas acarrea una inmediata sanción social, e incluso personas cultas empiezan a contagiarse del rechazo. Son palabras que suenan mal, para entendernos. Y no hay mayor equivocación ni injusticia que ésa. Las tres son hermosas, nobles, respetables y perfectas. Desterrarlas de nuestro vocabulario sería, o lo está siendo ya, una torpeza y una desgracia.
Hembra, por ejemplo, es una palabra preciosa. Significa mujer y también animal del sexo femenino. Y aplicada en su contexto a las personas adecuadas, a menudo es un elogio. Proviene del latín femina y ya fue usada en el siglo XIII por Gonzalo de Berceo en sus formas femma y fembra, que evolucionaron hasta la actual. Tiene, por tanto, una nobilísima solera que sería una lástima confinar en el siniestro calabozo de las palabras condenadas. Y lo mismo ocurre con parir, que viene del latín parere: utilizada por Séneca y Apuleyo entre muchos otros, fue de uso general en todas las épocas y significa alumbrar dar a luz; una de las palabras favoritas, por cierto, de mi profesor de Latín don Antonio Gil, quien enseñó a sus afortunados alumnos a utilizarla con propiedad y orgullo. Como también el hermoso verbo preñar, que viene de praegnare –llenar, fecundar o hacer concebir–, que da lugar a la bellísima palabra preñada: hembra que tiene una criatura en el vientre. Término usado en la lengua latina por Plauto, Terencio y Cicerón, y aplicable desde entonces a muchas cosas que no tienen que ver con la mujer, pero sí con su noble sentido etimológico. Y que, por cierto, resulta clave en uno de mis pasajes favoritos de la Historia verdadera de la conquista de Nueva España de Bernal Díaz del Castillo, cuando, al narrarse la entrada en Tenochtitlán de los españoles y las mujeres indias que los acompañan, el mestizaje de España y América aparece mencionado por primera vez en la historia y la literatura con esa hermosa palabra, cuando escribe el cronista –y fíjense en el importante adverbio ya– que «algunas de ellas estaban ya preñadas».
Resumiendo: vayan a corregirle el vocabulario a su Torquemada madre. Dicho sea sin ánimo de ofender. O tal vez con un poquito de ánimo.

La niña que ama Aquiles

05/o5/2019

La historia de hoy es una historia de resistencia y de gloria. Una historia de gente que no se rinde. De padres y niños dispuestos a vender cara su piel. Y no se trata de buscar en el pasado: ocurrió hace sólo unos días en un colegio argentino; pero si imaginan ustedes otro lugar, personajes y asunto, podría ocurrir en cualquier sitio. Especialmente –y por eso me detengo en ello– también en España. En estos tiempos grises en que cualquier independencia intelectual es aplastada desde la escuela, cuando lo que se busca es igualar a todos los críos en la mediocridad penalizando la brillantez y la inteligencia, la de la niña que ama a Aquiles me parece una historia ejemplar. Me enteré de ella hace poco, por casualidad, y busqué ponerme en contacto con el padre. Lo conseguí ayer mismo. Y como me lo contó, lo cuento.

Tiene casi cinco años y la llamaremos Helena. Con hache. Sus padres son muy aficionados a la historia antigua de Grecia, y la niña ha crecido familiarizada con los mitos clásicos. Por supuesto, se trata de una criatura normal: juega con otros niños, ve dibujos animados en la tele y cosas así. Lo que pasa es que, además, sus padres le leen cuentos mitológicos y homéricos antes de dormir, ve fotos de paisajes helénicos, conoce palabras del griego antiguo y los nombres de los dioses del Olimpo, y está familiarizada con los héroes de la guerra de Troya, Teseo y el Minotauro, los trabajos de Hércules, Ulises, los Argonautas y todo el formidable repertorio, fascinante para un niño, que ofrece la cultura clásica. Por otra parte, Helena tiene unos padres responsables que cuando le cuentan esas historias procuran suavizarlas, volviéndolas adecuadas para una niña de su edad. Y en esos días de fiesta en que los críos se disfrazan, he visto fotos suyas orgullosamente vestida de hoplita griego, con casco, escudo y lanza fabricados con cartón y papel dorado.

El primer problema surgió en el colegio, cuando los niños empezaron las clases de inglés con números y nombres de animales. A Helena no se le daba bien contar en inglés, pero conocía los números del uno al siete en griego clásico. Y como todos los críos ansiosos de expresar en clase lo que saben, cuando se le preguntaba respondía con palabras griegas que la maestra no entendía. El asunto empeoró en clase de expresión, cuando al preguntar a los niños qué dibujo animado les gustaba más o qué personaje de Marvel era su favorito, Helena dijo que su héroe preferido era Aquiles. «¿Un personaje de dibujos que no conozco?», preguntó la maestra. «No, señora –respondió Helena–. Aquiles, el que luchó en Troya». Quiso saber la docente cómo una niña de cuatro años conocía a Aquiles, y ella respondió que se lo había contado su papá. La maestra fue a decírselo a la directora del centro, concluyendo ambas que seguramente la niña había visto la película Troya, ésa de Brad Pitt, con escenas sangrientas y de sexo que los menores no debían ver. De modo que citaron a sus padres con urgencia.

La reunión con la directora, que en otros tiempos habría sido aclaratoria, fue la previsible en esta época de gilipollez y de cogérsela con papel de fumar. El padre lo explicó todo con naturalidad y ahí debió quedar el asunto, pero la directora tenía ideas propias sobre la formación humanística a los cuatro años. Demasiado pronto para eso, sostenía. Además, «su hija no debe consumir mitología griega porque cuenta historias violentas que jamás existieron y pueden confundir a la niña». Dijo eso y algunas cosas más, como «los mitos no dejan enseñanzas prácticas», «el griego clásico es una lengua muerta y no le servirá a su hija en el futuro» y acabó señalando el peligro de convertir a Helena en una marginal entre sus compañeras «normales», más familiarizadas con La Patrulla Canina y Mi Pequeño Pony. 

El padre de Helena escuchó todo aquello en silencio. Y cuando hubo acabado la directora, dijo en lenguaje rigurosamente laconio: «Se necesitan dos años para aprender a hablar, pero sesenta para aprender a callar». Después se puso en pie y añadió: «Si vuelve a citarme por estas cosas, saco a mi hija del colegio y le pongo una demanda de proporciones homéricas». Y regresó a su casa, donde aquella misma noche le contó a Helena la historia de los trescientos espartanos que murieron en las Termópilas, peleando frente a un ejército inmenso, por defender la civilización occidental. Y a la mañana siguiente, como de costumbre, la llevó al colegio, saludó a la maestra y se fue al trabajo como cualquier otro día. 

 Santuario de los guardias civiles

(03/03/2019)

 Una advertencia previa a los sectarios y los tontos: eviten este artículo. Hoy hablo de héroes, y eso tiene mala acogida entre cierta gente. Sin embargo, para los ecuánimes, capaces de reconocer la virtud en sus adversarios, los héroes no tienen etiqueta. Aquí hablé varias veces de ellos sin distinción de bando: guerras antiguas, divisionarios en Rusia, maquis antifranquistas, republicanos liberadores de París. Y hoy le toca a Picolandia, con una historia de hace ochenta y dos años. Un episodio admirable por el que todos pasan de puntillas: el santuario de Santa María de la Cabeza.
Intentaré resumir: sublevación contra la República, guardias civiles que en Jaén se unen a los rebeldes. Unos cruzan las líneas y otros quedan en zona roja, con sus familias. El capitán Santiago Cortés, que se hace con el mando –duro, decidido, implacable–, se atrinchera en el cerro de Santa María de la Cabeza, santuario donde no quedan frailes porque los milicianos los han fusilado a todos. Con trescientos veintidós combatientes (230 guardias y 92 voluntarios) armados con fusiles y novecientos no combatientes –mujeres, ancianos y niños– refugiados en el santuario, Cortés decide pelear y resistir, esperando una ayuda que no llegará nunca. El 14 de septiembre de 1936, un primer intento de las milicias republicanas por hacerse con el cerro es rechazado. Y así empieza el asedio.
Raras veces en la historia de España se dieron casos de tan extrema tenacidad. La noticia de lo que ocurre en el santuario se extiende por todas partes, y eso lo convierte en serio problema de imagen para la República. Hay que acabar con aquello, y sobre el cerro se lanza de todo: intensos bombardeos, ataques ladera arriba con carros blindados, oleadas de infantería que incluyen tropas de las brigadas internacionales y efectivos españoles bien armados y disciplinados, muy diferentes a los torpes milicianos de los primeros días. La ofensiva republicana es lenta, metódica, brutal. Se producen algunas deserciones; pero la mayor parte de los guardias, gente hecha al oficio, profesionales bajo el mando de otro profesional, vende cara su piel. En los sótanos, sin radio, sin apenas alimentos, sin medicinas, se amontonan heridos y civiles aterrados mientras los muros tiemblan bajo las bombas. Transcurren así ocho meses de combates y agonía. Ocho meses de desesperado coraje en los que se va estrechando el cerco.
Poco a poco, con muchas bajas, los republicanos avanzan ladera arriba. Desbordados, aprovechando la noche y la lluvia, los guardias que no han muerto en la posición avanzada de Lugar Nuevo se retiran con sus familias al santuario, donde siguen combatiendo. Al amanecer del 1 de mayo, apoyados por ocho carros de combate, 10.000 atacantes dan el asalto definitivo, peleando y muriendo por cada palmo de terreno que les disputa el centenar escaso de hombres que, entre las ruinas, aún está en condiciones de luchar. Algunos hijos de guardias, niños de 12 a 14 años fogueados por el asedio, toman las armas de los caídos, y cinco de ellos defienden durante horas una de las últimas posiciones. No hay rendición, pues nadie la pide. Cuando los republicanos llegan al cerro, cada cual pelea como puede a tiros y culatazos, cuerpo a cuerpo, ya sin mando ni orden ninguno, pues Cortés ha sido herido por una esquirla de metralla. A las cuatro de la tarde, cuando no queda nadie a quien disparar, 46 defensores son hechos prisioneros, ninguno ileso o en condiciones de luchar. Los demás están muertos o heridos.
Lo que sigue es un ejemplo de humanidad muy raro en esa guerra. Hay fotos e incluso una filmación: los vencedores republicanos, admirados, respetuosos, dejan con vida a los prisioneros y ayudan a salir del sótano a mujeres, niños y ancianos. Algunas mujeres de los muertos visten las guerreras de sus maridos, y se registra la conmovedora imagen de un guardia enflaquecido, agotado, que camina ladera abajo con un hijo pequeño en brazos y otro de la mano. También hay una foto del capitán Cortés, agonizante, puesto en una camilla por los republicanos que no han querido rematarlo: barbudo, flaco, mirando al fotógrafo con ojos febriles y los puños apretados, como diciendo «Volvería a hacerlo otra vez». Aunque el mejor elogio a él y a sus hombres lo hizo el comandante Martínez Cartón, uno de los que tomaron el santuario, a uno de los guardias supervivientes: «Con doscientos como vosotros llegaba yo a Burgos».
España, a fin de cuentas y otra vez. Ya saben. La pobre, trágica y dura España.

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